
No es necesario ser un fiel devoto de la Virgen del Carmen, ni un entusiasta bailarín de alguna cofradía. El magnetismo que se apodera del poblado de La Tirana es lo suficientemente fuerte para impregnar todo a su paso. Por eso debe ser que, hasta el más agnóstico de los presentes, cede al influjo de la fiesta. Los tambores y matracas marcan el ritmo contagioso y los coloridos trajes fijan el punto de vista. Es una especie de catarsis colectiva; un encuentro con lo más profundo del ethos nortino. Es la magia que, año tras año, florece en medio del desierto.









