
Tres ocasiones en que hemos hecho naturaleza en el desierto (y cómo todos hemos ganado con ello)

Núcleo Milenio AFOREST
@nucleo_aforest
Sembrando agua en Pampa Iluga
Hasta hace apenas medio siglo, Pampa Iluga —en pleno corazón del desierto de Atacama— podía convertirse en un auténtico vergel. No ocurría todo el año ni todos los años, sino cuando las comunidades aymaras agroganaderas, procedentes de las partes altas de la quebrada de Tarapacá, aprovechaban las lluvias altiplánicas para habilitar chacras, guiando el curso del agua mediante canales.
Esta práctica, documentada durante siglos en el registro arqueológico, en mapas coloniales y en la memoria de agricultores tarapaqueños, deja huellas visibles aún hoy. Basta detenerse a observar: el paisaje está cubierto de antiguas parcelas y canales que forman una alfombra de cuadrículas sobre el desierto. Cuesta creer que muchas de esas estructuras tengan cientos de años. Y no se trata de un pequeño terreno: Pampa Iluga se extiende por unas 10.000 hectáreas.
El trabajo agrícola se organizaba de manera comunitaria. Las faenas incluían la apertura de chacras, la construcción de tomas de agua, estanques y canales, siguiendo un calendario bien definido: en enero y febrero se sembraba trigo, maíz, habas, tomates, zapallos, ajíes e incluso frutales, aprovechando la bajada del agua por la quebrada. Agosto marcaba la época de cosecha.

Chacras de cultivo de Pampa Iluga por Antonio Obrien, 1765, Archivo Nacional de Chile.
Aprovechando el espejo en La Huayca
Bajo la costra salina de algunos sectores de La Huayca se encuentra el espejo, nombre con el que los habitantes locales denominan a la napa de agua subterránea que se formó hace aproximadamente 12.000 años, producto de lluvias altiplánicas que descendieron por las quebradas de la región de Tarapacá e infiltraron el subsuelo de la pampa.
Al menos desde el siglo XIX, campesinos y campesinas accedían a este recurso removiendo la capa superficial de sal y cultivando sobre la tierra fértil —o banco— irrigada por el espejo. Esta práctica, conocida como canchones, permitió abastecer a las oficinas salitreras de productos agrícolas como melones y zapallos, que dieron fama regional a La Huayca.
Asimismo, los campesinos cultivaron extensos campos de alfalfa para la alimentación de cabras y animales de carga. Alrededor de estos cultivos se desarrollaron poblados rurales como Cumiñalla, que llegó a contar con alrededor de 300 habitantes dedicados al mantenimiento de los canchones, el comercio y la producción agrícola.

Canchones de La Huayca en la actualidad
Reproduciendo bofedales en el altiplano
Los bofedales son humedales altoandinos tipo turberas, que se distribuyen como pequeños archipiélagos en la alta puna, entre los 3.000 y 5.000 metros sobre el nivel del mar. También se conocen como champeales, potreros o juqhu. Una de sus principales funciones es producir forraje para vicuñas, llamas y alpacas, a partir de las cuales pastores de tradición aymara-quechua del altiplano de Arica-Parinacota y Tarapacá obtienen lana para producir textiles.
A lo largo del tiempo, muchos bofedales han sido modificados o ampliados artificialmente, generando transformaciones significativas en los entornos de la puna. Aunque para un observador inexperto estos cambios pueden pasar inadvertidos, se trata de intervenciones clave para la vida en altura. Como ocurría con las chacras de Pampa Iluga, cada mes de agosto, cuando el hielo se derrite, pastores y pastoras realizan labores de mantenimiento: conducen el agua desde vertientes o ríos, trazan acequias de distintos tamaños y extienden las áreas verdes de los bofedales.
Sin un riego constante, el bofedal se seca, desaparece su biodiversidad y se reduce el forraje necesario para los rebaños. Por ello, las tareas de limpieza, riego superficial y abonado forman parte de un sistema de cultivo de forraje gestionado comunitariamente, en el que el bofedal funciona como una “chacra” que asegura buena alimentación al ganado y, con ello, mejora la calidad de sus fibras para la producción textil.
Más allá de su importancia local, la creación y mantenimiento de bofedales aportan beneficios globales: capturan carbono, regulan el flujo de agua, protegen los suelos y actúan como grandes reservorios hídricos, contribuyendo al equilibrio del sistema climático planetario.

De Tarapacá al mundo: lecciones para el futuro
En tiempos de crisis ambientales globales y ya experimentando los efectos del cambio climático, estas formas de hacer naturaleza son una lección para el futuro por un par de buenas razones.
La primera razón es que se trata de un win-win ecosocial: no solo resultan beneficiadas las comunidades humanas, sino también plantas, peces, animales domésticos y silvestres, y aves. Esto ha potenciado redes de crianza de animales, cultivo de plantas y también el desarrollo de microorganismos, generando salud, biodiversidad y abundancia alimentaria. En todos los ejemplos mencionados, incluso lo que no se consume directamente adquiere valor: los restos de la agricultura se destinan a forraje, y el guano producido por el ganado —tanto silvestre como doméstico— sirve de abono y contiene semillas del mismo forraje, que los animales dispersan para los ciclos siguientes mediante un proceso conocido como zoocoria.
La segunda razón es que en torno a las chacras de pampa Iluga, los canchones de La Huayca y los bofedales altiplánicos se desarrollaba -o desarrolla aún- toda una economía a escala regional que integra el consumo familiar y el intercambio a través de productos como lana, verduras, frutas, animales carneados y forraje.
¿Es posible replicar estas experiencias en un futuro próximo? Sí y no. Actualmente, existen programas estatales de recuperación ecológica que apoyan a familias aymaras en el manejo de bofedales altiplánicos. Rescatar, documentar y valorar estas prácticas tradicionales y antiguas tecnologías, integrándolas tanto en la memoria colectiva como en los planes oficiales del Estado, podría convertirlas en herramientas claves para la restauración ecológica presente y futura.
En cambio, prácticas como la construcción de canchones ya no son viables. Las aguas subterráneas del espejo han disminuido drásticamente debido a su extracción para abastecer a la gran minería y a las ciudades de Iquique y Alto Hospicio. Así, la agricultura de canchones —que durante décadas dio vida a la pampa— ha quedado como parte del pasado.
Más allá de todo lo anterior, estas experiencias demuestran que podemos ser agentes clave en el cuidado y la propagación de la naturaleza. La creación de espacios propicios para la vida —algo que los seres humanos venimos haciendo desde hace miles de años— también forma parte del paisaje socionatural. Existe una verdadera simbiosis entre las personas y el medio ambiente, un vínculo estrecho forjado a través de intervenciones como la dispersión de semillas, el cultivo de chacras, la expansión de bofedales y el desarrollo de técnicas para aprovechar cualquier curso de agua, superficial o subterráneo. En otras palabras, la naturaleza no nos necesita como simples espectadores pasivos, sino como la parte integral de su propio funcionamiento que somos.
Referencias bibliográficas
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