LA INVASIÓN DE LAS CASAS RODANTES

Humor 12 de enero de 2018 Por Rodrigo Gacitúa
Las casas rodantes suelen ser el sueño del pibe. Sobre todo del pibe amarrete: aquél que nunca ha gastado un peso en hoteles, hostales y residenciales. Ese que, antes de tomar vacaciones, examina la libreta de teléfonos y direcciones de parientes, amigos, conocidos, tíos políticos y hasta ex compañeros del kínder, para sacarle el bulto al ítem alojamiento. El homo sapiens mano de guagua. Ese ciudadano que no le hace asco al macheteo. Que llega con un par de melones tuna, una docena de choclos y media docena de cabros chicos a “saludar” en el verano.
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Casas rodantes en Iquique - https://goo.gl/iTPNTF

La mayoría de los nuevos ricos iquiqueños, flamantes y arrogantes propietarios de las casas-rodantes-chatarra, jamás han conducido una. Tampoco han viajado más allá de Pica y no tienen idea de lo que es ducharse en medio metro cuadrado. Pero están felices con la compra. Sienten que el subdesarrollo es tema del pasado. Que ya basta de andar ratoneando. Gente como uno, que ha andado en micro toda la vida y que ha dejado de ser proletario, como decía Joaquín Lavín, para convertirse en propietario y dueño, en este caso, de una casa rodante. Como buen chileno de clase media, media endeudada, media ignorante y media envidiosa, quiere salir a recorrer el mundo a bordo de su “joyita”. Es una especie de Harrison Ford en versión tercermundista, en busca del arca perdida.

Ese chileno, ese iquiqueño, ese jaguar recién nacido, piensa el próximo verano cumplir el sueño de su vida: viajar a la Carretera Austral, ex Augusto Pinochet. Gracias a su nueva adquisición, podrá vivir cuatro días y cuatro noches inolvidables, antes de llegar a destino. En el trayecto deberá soportar los gritos de la prole ansiosa, los lamentos de los adolescentes aburridos y las imprecaciones de su mujer, cansada de su rol de copiloto.

Una vez cumplido el rito de hacerlas todas en la carretera famosa, emprenderá el regreso. Otros cuatro días y sus respectivas noches con el aburrimiento, la ansiedad y el cansancio multiplicado por mil, antes de regresar a Iquique. Tan agobiado y desilusionado que –no sería de extrañar- se sumara al mantra recién aprendido de su sufrida familia: ¡de ahora en adelante, líbranos señor de la casa rodante!

 

 

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