
Dos guerreras del desierto: la brea y el cachiyuyo

No cualquiera sobrevive en el desierto. Aquí, en esta tierra de extremos, donde el sol abrasa de día y el frío muerde de noche, y el suelo está impregnado de sal, sólo las más tenaces resisten. Y entre las sobrevivientes más implacables, destacan dos veteranas del paisaje seco y áspero: la brea y el cachiyuyo.
Desde tiempos inmemoriales, los habitantes del desierto han sabido aprovechar al máximo la brea. Sus ramas largas y rectas fueron el material perfecto para fabricar mangos de herramientas de caza. Y su resina, que le da su nombre, fue clave en la construcción de casas y cercos en San Pedro de Atacama y Copiapó.
Son las guerreras silenciosas del norte chileno. No tienen espadas, pero sí estrategias milenarias: raíces profundas, hojas pequeñas, tallos duros, y una paciencia infinita. Mientras otras especies se marchitan apenas se acerca la sequía, ellas siguen ahí, firmes, austeras, imperturbables.
Desde tiempos inmemoriales, los habitantes del desierto han sabido aprovechar al máximo la brea. Sus ramas largas y rectas fueron el material perfecto para fabricar mangos de herramientas de caza. Y su resina, que le da su nombre, fue clave en la construcción de casas y cercos en San Pedro de Atacama y Copiapó.

El Cachiyuyo logró adaptar su metabolismo para sobrevivir en suelos salinos y áridos.
ECONOMÍA COLONIAL
La resina de la brea fue fundamental en la economía colonial de Copiapó. El alemán Rodulfo Amando Philippi, naturalista y explorador del desierto, cuenta cómo se cosechaba la brea para la construcción: “se cortaban las plantas en marzo, se secaban sobre cueros y se batían y sacudían después hasta que cayesen los granos de resina junto con las hojas. Esta masa se recogía, se hacía hervir con agua en pailas grandes, se despumaban las impurezas y la resina blanda se formaba en masas cuadradas de cinco arrobas (60 kilos aproximadamente)”.
Aunque no existen muchos estudios al respecto, se sabe que durante el siglo XIX el cachiyuyo fue sobreexplotado como leña. El propio Rodolfo Philippi relata que, mientras exploraba las cercanías de Copiapó, se hospedó en un lugar llamado Cachiyuyal, donde curiosamente ya no quedaba ni un solo cachiyuyo.
Philippi relata cómo la apertura del comercio tras las independencias de Chile y Perú afectó negativamente la producción de brea copiapina, que debió competir con la brea proveniente de pinos europeos y norteamericanos, más accesible en el mercado internacional. El naturalista francés Claude Gay también se refirió a este fenómeno, señalando que en tiempos anteriores el consumo de brea era muy elevado, y que se exportaban anualmente alrededor de mil quintales, lo que equivale a unas 46 toneladas. Sin embargo, hacia 1830, cuando él recorrió la zona, la exportación había disminuido drásticamente, reduciéndose a apenas 11 toneladas.
En otra de sus muchas vidas, la brea también se utilizó para construir techos y paredes, que se convirtieron en el escondite perfecto para unas inquilinas no deseadas: las vinchucas, los temidos insectos chupasangre que transmiten el mal de Chagas. Philippi cuenta que cuando se alojó en una casa con el techo de brea, al amanecer, contó 41 vinchucas en su cama, entre grandes y chicas.

El nombre científico de la brea es Tessaria absinthioides. También se conoce como sorona o hierba de la zorra.
Actualmente, la brea continúa utilizándose en la medicina tradicional. En Pica, por ejemplo, el negocio de plantas medicinales de Maximiliano Mamani la ofrecía como tratamiento para el cáncer, problemas de próstata, reumatismo y cólicos estomacales. A su vez aún es posible solicitar ‘atados’ de brea a campesinos del Salar de Atacama, quienes siguiendo prácticas antiguas las cosechan y venden para fines constructivos.
EL CACHIYUYO
Junto a la brea, es común encontrar a otra resistente habitante del desierto: el cachiyuyo. Contra todo pronóstico, esta planta logró adaptar su metabolismo para sobrevivir en suelos salinos y áridos.
Como regla general, las plantas viven gracias a la fotosíntesis, un proceso mediante el cual capturan dióxido de carbono (CO₂) del aire, lo transforman en azúcares y liberan oxígeno (O₂) —¡el mismo que respiramos!—. Sin embargo, los antepasados del cachiyuyo parecían ir a contracorriente: atrapaban oxígeno en lugar de dióxido de carbono. Este fenómeno, conocido como fotorrespiración, no es raro en el mundo vegetal, pero sí es poco eficiente y exige un alto consumo de energía.

Aun así, el cachiyuyo no se rindió. Desarrolló un mecanismo más ingenioso: incorporó proteínas especializadas que actuaban como filtros capaces de atrapar CO₂ con mayor eficacia, optimizando así el proceso fotosintético. Con este truco evolutivo (fotosíntesis C4), el cachiyuyo no sólo resistió el ambiente extremo, sino que se convirtió en una planta mejor adaptada. Porque, en esencia, eso es la evolución por selección natural: el proceso por el cual triunfan los rasgos que aumentan las probabilidades de sobrevivir y reproducirse en un entorno determinado.
Aunque no existen muchos estudios al respecto, se sabe que durante el siglo XIX el cachiyuyo fue sobreexplotado como leña. El propio Rodolfo Philippi relata que, mientras exploraba las cercanías de Copiapó, se hospedó en un lugar llamado Cachiyuyal, donde curiosamente ya no quedaba ni un solo cachiyuyo.
Tanto la brea como el cachiyuyo se utilizaron para forraje de animales, como ovejas y burros, otro elemento de su versatilidad. Además, sostienen ecosistemas enteros, estabilizan suelos, y son memoria viva de cómo la vida se abre paso incluso en los rincones más hostiles. Así que la próxima vez que recorras un sendero polvoriento del desierto y veas una planta solitaria resistiendo el sol, recuerda que puede ser una brea o un cachiyuyo. Y que, frente al rigor del desierto, ellas no solo resisten: reinan.

Cachiyuyo es un término quechua que significa “Hierba de la sal”. Como se parece a la quinoa, pero en una versión más rústica, también se conoce como quinoa de los abuelos o quinoa de los gentiles. Los habitantes del desierto también la consumen como ensalada, al ser sus hojas saladas y sabrosas para aliñar. Su nombre científico es Atriplex atacamensis.
Bibliografía
Gay, Claudio y Johnston, I. M. 1844. Historia física y política de Chile según documentos adquiridos en esta república durante doce años de residencia en ella y publicada bajo los auspicios del supremo gobierno. Vol. 4. En casa del autor. París/ Museo de Historia Natural. Santiago.
Philippi, Rodulfo. 2008. Viaje al desierto de Atacama. Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica de Chile y Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos. Santiago.
Villagrán, Carolina y Castro, María Victoria. 2004. Ciencia indígena de los Andes del norte de Chile. Editorial Universitaria. Chile.
Ilustraciones
Andrea Ugarte
Ilustradora naturalista y científica.
Fotografías
Magdalena García
Arqueóloga y Doctora en Antropología


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