
Escribir con la caracola: historia sobre una escriba maya y sus artefactos

Una escriba de la escuela real de la ciudad de Tikal sostiene en sus manos una concha de caracol. Cada cierto tiempo sumerge las cerdas en este contenedor con un líquido espeso y rojo. Las escribas crean sus propios engobes con arcillas y minerales diferentes, como la hematita, la limonita, la goethita o el rutilo. Lo aprenden de otros y otras que han hecho fórmulas para lograr los efectos que buscan: esmaltes brillantes o mates, oscuros o más claros.
La escriba de Tikal pinta y escribe sobre un recipiente de barro crudo. El pigmento se desliza sobre la superficie suave, ahora mezcla de carbón y saliva, de las cerdas que fueron de la boca a la mano, y de allí al barro. Aplica los pigmentos con suficiente cuidado para no dejar rastro de sus manos en el barro que después de pasar horas al fuego directo dejaría incluso el rastro de sus huellas dactilares.
Escribir es también pintar. Dibujar sobre una superficie y también rascarla, marcarla o grabarla. El texto inunda este mundo, las bibliotecas en Tikal están por doquier: los murales de los edificios, las estelas de las plazas, las vasijas con las que se bebe chocolate y las conchas de caracol. Todo está inscrito de lenguaje.
Saber leer y escribir el sistema formal requiere de mucho estudio. La escritura maya está compuesta por una cantidad enorme de diferentes jeroglíficos. Cada escriba además puede escribir el mismo glifo no exactamente igual para darle un estilo propio. Ser escriba es muy prestigioso, porque no solo están a cargo de escribir, sino además son los más estudiosos en el conocimiento de los astros, los calendarios sagrados, las matemáticas, la historia social y la cosmogonía. La escriba maya es además una historiadora, sacerdotisa y artista, destaca en un contexto en el que la gran mayoría de las personas en la ciudad tienen un tipo de alfabetización limitado.

Muchos otros artefactos literarios, como esta caracola, pasaron desapercibidos por los frailes que llegaron a las Américas. Fuente maya, 700 and 899 c.e. Princeton Library.
Ella tiene un estatus social alto. Es parte de la nobleza. Su profesión corre por la sangre, su linaje es de pintores que registran los sucesos políticos, el trayecto de la luna, las historias sobre la creación del mundo: las deidades que moldearon la Tierra verde y el Cielo azul, entre ellas, Xpiyacoc y Xmucane, la pareja primordial.
De los encuentros con las sacerdotisas de Ixchel, sabe de las deidades dadoras del aliento, dadoras del corazón, dadoras de todo lo que existe en el cielo y en la tierra, en los lagos y en el mar. Quizá la caracola que tiene en su mano, su tintero, ha pasado de mano en mano de una generación a otra. Es un objeto con un valor íntimo y precioso.
Los jeroglíficos mayas grabados a los costados resaltan la identidad de una de las manos que lo ha cargado y resguardan su nombre para la posteridad “El de los libros sagrados”. La palabra es poderosa, deja rastro de un tiempo, invita a indagar más, seduce. La palabra, el libro, es un instrumento de visión, alumbra, como lo deja registrado el libro sagrado El Popol Vuh.
LA CARACOLA
Esta incisión al costado de la caracola fue hecha con otro material: probablemente una piedra de jade encontrada en el valle de Motagua en Guatemala, la de color verde, distinta a la negra encontrada en las costas del Golfo de México. El jade puede atravesar la superficie de la concha y dejar una marca. La piedra se usa para adornar el cuerpo con pulseras, pendientes, anillos, y también para escribir.
La piedra y la caracola se descubren. La superficie de la caracola es relativamente fácil de perforar, cortar y dar forma con la obsidiana o el jade. Es más difícil dejar rastro sobre otras materialidades, el lenguaje prescinde de entregarse por completo.
Con la piedra inscriben, rascan otros materiales como el barro crudo, como la concha más dura. Para los mayas, las conchas marinas son muy valoradas por ser tan bellas y únicas. Traídas por los comerciantes que a pie recorren las tierras bajas del Caribe y las costas del Golfo. Y se ofrendan junto a otros objetos valiosos en tumbas y espacios fúnebres, intercambiadas además como regalos, pendientes e instrumentos musicales.
La piedra y la caracola se descubren. La superficie de la caracola es relativamente fácil de perforar, cortar y dar forma con la obsidiana o el jade. Es más difícil dejar rastro sobre otras materialidades, el lenguaje prescinde de entregarse por completo. La caligrafía Maya aparece también en huesos de animales. La materialidad alrededor se presta para contar. ¿Contar qué? Aquí: “Él, el de los libros sagrados” deja en la superficie un registro de sí mismo, una firma autoral.
La escritura está siempre viva. Despierta al universo del que proviene una y otra vez, mientras que se adapta y moldea a cada mirada que la interpreta. Es dinámica y móvil. Además, se inscribe en cuerpos orgánicos: fibras (papel, telas), huesos, piedras, caracolas y barros. Entonces lo que llamamos “artefactos” quizá también comunican. El tamaño y la forma de la caracola son en sí mismos inscripciones hechas por los moluscos que las habitan: caracoles, almejas, ostras y mejillones utilizan un órgano para crear capas de calcio que se cristaliza y endurece.
Crean poco a poco su hogar con un movimiento de espiral, hogar que cargan y que las protege adónde vayan. Nunca dejan de añadir más capas, por ello cada concha es registro de una vida, una autobiografía escrita con sus cuerpos. Y el registro en espiral de los caracoles demuestra la necesidad, no solo humana, de escribir. Quizá también la caracola enuncia, añade semántica a la escritura: un símbolo del mar, del aliento que lo recorre y sus sonidos oceánicos. Aliento y música acompañan la escritura.

Vaso maya, Princeton Library.
La escriba humedece una vez más el pincel dentro del estómago de la caracola. Desliza las cerdas sobre el barro crudo. Transforma las cosas a su alrededor: la caracola como contenedor y recipiente, mezcla minerales y barros para hacer engobes, su pincel hecho de hueso o de caña. Quizá la escriba experimenta, juega con las líneas que pinta, sólo así se aprende, y conoce el mundo con sus manos.
(*) Este artículo in extenso en www.endemico.org


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