
El resort, la chinchilla y la soberbia del progreso: la frase que desnudó una visión de país

Fue en un acto de gobierno. El presidente José Antonio Kast, con la soltura de quien cree tener la razón de su lado, lanzó la frase como quien comparte un chiste de sobremesa:
“Tenemos la energía en la zona norte, sí. No la podemos llevar al sur, porque apareció una colonia de chinchillas en la mitad de donde pasaba la línea de transmisión. Yo les aseguro que podríamos haber convertido un resort para las chinchillas, cinco kilómetros más allá, por un millón de dólares y nos habría salido más económico”.
Hubo risas. Hubo asentimientos. Porque en el fondo, Kast verbalizaba una idea que circula con comodidad en ciertos pasillos del poder: la naturaleza es un lujo que este país no puede permitirse si estorba al crecimiento. Una colonia de chinchillas —animalitos de pelaje suave y orejas redondas— se convertía así, en un instante, en la villana del relato energético. El presidente no pidió estudios de impacto. No preguntó por el estado de conservación de la especie. Simplemente propuso mudarlas a un “resort” de cinco kilómetros más allá, por un millón de dólares. Más barato, dijo, que respetar su hábitat.
La ironía —él mismo se jacta de ser irónico— era apenas un barniz sobre una forma de pensar profundamente arraigada: lo que no sirve al desarrollo inmediato, sobra.
La voz del biólogo
A unos mil kilómetros de Iquique, en la Puna argentina, un biólogo del CONICET llamado Alejandro Pietrek lleva años siguiéndole el rastro a la chinchilla de cola corta (Chinchilla chinchilla). Sus investigaciones, publicadas en revistas especializadas y difundidas por National Geographic, han confirmado la presencia de poblaciones en zonas de “desarrollo minero sin precedentes”. Con cámaras trampa y análisis genéticos, Pietrek ha demostrado que estos animales sobreviven apenas en refugios rocosos, fragmentados, al borde de una nueva extinción.
Cuando las declaraciones de Kast cruzaron la cordillera, Pietrek no se quedó callado. Y sus palabras merecen ser leídas sin recortes, porque contienen más verdad que cualquier discurso de crecimiento económico:
Creo que la visión del presidente es egoísta y lamentablemente bastante común en estos tiempos. Los humanos tienen una huella sobre cerca del 75-80 % del planeta y responsabilizar a un animalito por la falta de desarrollo económico no merece mucho análisis. Más cuando este animal ha sido casi extirpado por la persecución humana y ha sobrevivido porque existieron refugios de naturaleza relativamente intacta en sectores de los Andes. Me parece también una contradicción cuando Chile se presenta ante el mundo como un destino de naturaleza e intenta vender una imagen amigable con la vida silvestre. “Creo que lo que se necesita es más ciencia de base para entender cuáles son las tendencias poblacionales de chinchillas y pensar cómo esas actividades pueden impactar en sus poblaciones antes de tomar decisiones arbitrarias guiadas por promesas de desarrollo para Chile”, dijo.
Hay datos en sus palabras. Hay una advertencia. Hay, sobre todo, una invitación a detenerse antes de aplastar lo que queda de naturaleza con la excusa del progreso. Mientras Kast calcula en millones de dólares el desvío de una línea de transmisión, Pietrek calcula en décadas de extinción lo que falta si seguimos tratando a la fauna endémica como un accidente geográfico.
La chinchilla que Kast desprecia fue cazada hasta casi desaparecer por su piel. Un abrigo de chinchilla requería la piel de más de cien ejemplares. Las casas de moda de París y Londres se llenaron con su pelaje mientras los Andes se vaciaban de su vida. Sobrevivió porque encontró refugios intactos, lejos de los humanos. Hoy, esos refugios son los mismos que algunos quieren atravesar con líneas de alta tensión sin siquiera preguntar.
Pietrek no habla de “resorts”. Habla de corredores biológicos, de monitoreos poblacionales, de la necesidad de entender antes de decidir. Esa es la ciencia de base que él reclama. Y es exactamente lo que la frase de Kast ignoró con elegancia presidencial.
La voz de Cristiana Dorador
Pero Pietrek no es el único en alzar la voz. Del lado chileno, una de las científicas más respetadas en materia de ecosistemas altoandinos, Cristina Dorador —doctora en ciencias naturales, exconvencional constituyente, experta en salares y humedales— no se guardó nada. Sus palabras son un antídoto necesario contra la ironía oficial:
“Las declaraciones del presidente Kast, más que una ironía, son una falta de respeto y una burla. Sus palabras muestran ignorancia frente a la importancia de la biodiversidad, las especies protegidas y el patrimonio natural y cultural del país. Chile es su gente, sus especies, paisajes y naturaleza. No estamos aislados, necesitamos de la naturaleza para existir. Por ello, menospreciar el cuidado de las especies evidencia una falta de conciencia y de empatía frente a problemas complejos que exigen conocimiento previo y una mirada de futuro”, precisó.
Dorador no se detiene allí. Desmonta con precisión la falsa dicotomía entre economía y medioambiente —esa misma que Kast daba por cierta con su chiste del resort:
“Es una falsa dicotomía comparar el cuidado de la naturaleza con el desarrollo económico. De hecho, el caso de Chile es claro. Sus mayores exportaciones son bienes naturales: minerales, peces, frutas. Los proyectos deben ser analizados en su completitud y, al revés de lo que se piensa, las evaluaciones ambientales le dan un respaldo a estas actividades de acuerdo a la legislación vigente. Al relajar estos estándares, también se da una señal internacional que puede afectar la venta de estos productos”.
Y luego apunta al corazón del problema actual en el norte de Chile: los salares y su desprotección sistemática.
En el caso de la región y del norte de Chile, “el gobierno actual retiró de la toma de razón los decretos que creaban áreas protegidas de salares. Esto es preocupante, ya que actualmente muy pocos humedales altoandinos están protegidos. Los salares son los ecosistemas con mayor biodiversidad continental del norte de Chile, por lo que cualquier explotación los pone en peligro. Antofagasta debe avanzar en proteger estos ecosistemas únicos y además avanzar en justicia ambiental, la cual incluye reparación por los daños ya ocasionados a las personas por las actividades industriales. Para ello, la investigación científica es crucial”.
La chinchilla, en este punto, ya no es solo una especie. Es un símbolo. Un marcador de lo que estamos dispuestos a sacrificar en el altar del crecimiento inmediato. Si un animalito que casi exterminamos es tratado como un estorbo burocrático, ¿qué queda para los salares, los humedales, los glaciares, las comunidades enteras que dependen de esos ecosistemas?
Francisca Santana y el resort vacío
Pero hay una tercera voz que falta. Una que viene desde la investigación aplicada, desde los laboratorios y los censos de campo. Es la voz de Francisca Santana, bioantropóloga, líder de investigación de la Pontificia Universidad Católica de Chile, cuya especialidad es el estudio de las interacciones entre humanos y animales en el pasado y presente del norte de Chile. Su mirada, anclada en la evidencia empírica, es implacable y necesaria.
Mientras Kast fantaseaba con hoteles de lujo para roedores, Santana recordó la cruda realidad de los números:
“Parece que debería haber una mayor inversión en conservación de las chinchillas, considerando el grave peligro que corren hoy de desaparecer. Cuidar la flora, fauna y el patrimonio arqueológico son deberes mínimos que el Estado debe cumplir, velando por su adecuada preservación. Con respecto a lo del hotel de chinchillas que plantea (e ironiza) el presidente, lamentaría mencionarle que es tan bajo el número de chinchillas que hay en el norte de Chile que no daría para ocupar su capacidad máxima”, dijo.
La frase es devastadora en su sencillez. No se necesita un biólogo molecular para entenderlo: si hoy construyéramos ese hotel de cinco kilómetros, quedaría prácticamente vacío. No hay suficientes chinchillas en todo el norte de Chile para llenarlo. La especie que alguna vez cubrió los Andes en millones de ejemplares, cuyas pieles alimentaron una industria global de lujo, ha sido reducida a tal punto que ni siquiera podría ocupar el “resort” con el que el presidente se burla de su existencia.
Santana no solo responde con datos: establece un principio fundamental. La conservación de la flora, la fauna y el patrimonio arqueológico no es un lujo ni un capricho de ambientalistas. Es, en sus propias palabras, un “deber mínimo del Estado”. Y el deber mínimo, en este caso, no se está cumpliendo. Porque si las chinchillas son tan pocas que no llenarían un hotel, entonces no deberían estar siendo objeto de chistes presidenciales. Deberían estar siendo objeto de planes de recuperación urgente.
La contradicción del país
Chile tiene una doble vida. Hacia afuera, invierte millones en campañas de turismo que muestran Torres del Paine, San Pedro de Atacama, el cielo más limpio del planeta, ballenas en la Patagonia, bosques milenarios. La Marca País “Chile natural” es un activo que ha costado décadas construir. Los viajeros llegan con sus mochilas y sus cámaras buscando esa naturaleza prístina que la publicidad promete.
Hacia adentro, en el debate doméstico, el discurso cambia. La chinchilla es un problema de ingeniería. El humedal urbano es un baldío que impide construir viviendas. El bosque nativo es leña que no se ha cortado. El salar es un yacimiento de litio que espera ser explotado sin mayores preguntas. Y quien alza la voz para pedir estudios de impacto, líneas de base, monitoreos poblacionales, es tildado de extremista, de enemigo del desarrollo.
Kast, con su ironía del resort, no hace más que revelar esa esquizofrenia. Es el mismo presidente que posa para fotos en paisajes naturales durante giras internacionales, pero que en el gobierno desprotege los salares —como bien denuncia Dorador— y se burla de una especie que el propio país exhibe como parte de su patrimonio. La chinchilla, vale recordarlo, aparece en guías de fauna nativa, en sellos postales, en campañas de conservación. Sin embargo, cuando estorba una línea de transmisión, deja de ser patrimonio y se convierte en problema.
¿Un resort para chinchillas?
La propuesta del “resort” es técnicamente ridícula. Las chinchillas no viven en resorts. Viven en roquedales de altura, con rangos de temperatura estrechos, humedad específica, vegetación determinada. No se trasladan como muebles. La experiencia en reintroducción de chinchillas ha sido, en el mejor de los casos, compleja y costosa. Un millón de dólares no alcanza ni para el estudio de factibilidad de un traslado de esa magnitud.
Pero más allá de lo técnico, la propuesta es éticamente brutal. “Les compramos un espacio bonito, las mudamos y listo”. Como si la naturaleza fuera una colección de objetos intercambiables. Como si una quebrada en los Andes fuera un departamento en venta. No hay allí respeto, ni empatía, ni siquiera comprensión básica de lo que significa un ecosistema. Es la misma lógica que durante siglos justificó el despojo: si algo estorba, se quita.
Kast dijo que por un millón de dólares se podía resolver. Ignora —quizás voluntariamente— que las chinchillas no son el problema. El problema es que la línea de transmisión se trazó sin considerar la biodiversidad. Y en lugar de reconocer una mala planificación, se prefiere culpar al animalito. Eso no es ironía. Es soberbia.
Lo que los dichos de Kast revelan, en el fondo, es una profunda desconfianza hacia el conocimiento científico. Porque la ciencia no es neutral: cuando Pietrek coloca sus cámaras trampa, cuando Dorador analiza los microorganismos de los salares, cuando Santana revisa los censos poblacionales, no están “poniendo palos en la rueda”. Están haciendo lo que debería ser obvio en cualquier país que se respete: conocer antes de decidir.
Como bien señala Pietrek, los humanos ya hemos transformado entre el 75 % y el 80 % de la superficie terrestre libre de hielo. Ese dato no es una opinión. Es una medición.
La ciencia de base que reclaman Pietrek, Dorador y Santana es exactamente lo que falta. No sabemos con precisión cuántas chinchillas quedan en Chile, cuál es su tendencia poblacional, cómo las afectaría una línea de alta tensión o el ruido de la construcción. Esa ignorancia no es neutral: beneficia a quien quiere avanzar rápido sin rendir cuentas. Kast aprovecha esa ignorancia para hacer chistes. La ciencia intenta combatirla para tomar decisiones informadas.
La Oportunidad
Mientras Kast hace reír a sus audiencias con la chinchilla obstinada, el tiempo corre en contra. El cambio climático está secando los humedales altoandinos a una velocidad alarmante. La minería del litio —necesaria para la transición energética global— amenaza con bombear los acuíferos que sostienen esos ecosistemas únicos que Dorador estudia y defiende. Las poblaciones de chinchilla siguen fragmentadas, genéticamente aisladas, a un paso de desaparecer en buena parte de su rango histórico. Como señala Santana, “parece que debería haber una mayor inversión en conservación de las chinchillas, considerando el grave peligro que corren hoy de desaparecer”.
Chile tiene una oportunidad única: ser un país que demuestre que se puede extraer litio, generar energía y construir infraestructura sin aniquilar lo poco que queda de su patrimonio natural. Pero para eso se necesitan gobiernos que no se rían de las chinchillas. Se necesitan presidentes que entiendan que un estudio poblacional no es un obstáculo, sino un requisito ético. Se necesitan, como dice Dorador, justicia ambiental y reparación por los daños ya ocasionados. Y se necesita, como repite Pietrek, más ciencia de base y menos decisiones arbitrarias guiadas por promesas de desarrollo vacías.


Universidad Arturo Prat se adjudica Etapa 2 del Fondo de Investigación Universitaria Territorial

La Ciencia Tiene Nombre de Mujer: Beatriz Carrasco, “Investigar también es una forma de cuidar”
Ciencia y Medio Ambiente22/12/2025
La Ciencia Tiene Nombre de Mujer: Marcela Tapia, "Para estudiar migración, primero se deben estudiar las fronteras”
Ciencia y Medio Ambiente17/12/2025
La Ciencia Tiene Nombre de Mujer: Gianina Dávila, "Promover el aprendizaje desde la experiencia sensible”
Ciencia y Medio Ambiente14/12/2025
La Ciencia Tiene Nombre de Mujer: Karem Arriaza Schiller, “El territorio es un laboratorio natural”
Ciencia y Medio Ambiente11/12/2025
La Ciencia Tiene Nombre de Mujer: Lía Ramírez, "Hacer Ciencia desde las regiones extremas”
Ciencia y Medio Ambiente08/12/2025
La Ciencia Tiene Nombre de Mujer: Karen Flores Urra, “Siempre tuve el bichito de la investigación”
Ciencia y Medio Ambiente02/12/2025
La Ciencia Tiene Nombre de Mujer: Viviana Moreno, "hay que ser rebelde, en el buen sentido de la palabra"
Ciencia y Medio Ambiente30/11/2025
La Ciencia Tiene Nombre de Mujer: Romina Ramos, la ciencia debe estar al servicio de la comunidad
Ciencia y Medio Ambiente29/11/2025
Cactus chilenito: el tesoro evolutivo de roqueríos costeros al borde de la extinción
Ciencia y Medio Ambiente23/11/2025
La Ciencia Tiene Nombre de Mujer: Gabriela Aguirre, el mar como vocación desde niña
Ciencia y Medio Ambiente23/11/2025
La Ciencia Tiene Nombre de Mujer: Beatriz Carrasco, “Investigar también es una forma de cuidar”
Ciencia y Medio Ambiente22/12/2025
Cantata Santa María en Banda de Bronces: una apuesta vanguardista de exportación

Universidad Arturo Prat se adjudica Etapa 2 del Fondo de Investigación Universitaria Territorial

Monitoreos científicos detectan tarukas en Chiapa y refuerzan urgencia de su conservación

El resort, la chinchilla y la soberbia del progreso: la frase que desnudó una visión de país
Redes Sociales

