
ROEDORES: estudio que premió con “NOBEL DEL DESIERTO” a investigador

Fotos: Gentileza de Claudio Latorre
Los científicos siempre se las ingenian para hallar evidencia, incluso en los lugares menos pensados, como -por ejemplo- en las paleomadrigueras de roedores en ambientes rocosos; en fácil, en las fecas que fueron depositadas hace miles de años en el desierto. A esto se dedica desde hace veinte años el doctor en ecología y biología evolutiva e investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad de la Universidad Católica, Claudio Latorre. Y es lo que le valió para ser distinguido con el premio “Nobel del desierto”, hace algunos días.
“Fue una tremenda sorpresa -dice-, ni siquiera sabía que estaba nominado. Además, se trata de un premio que ha sido otorgado a grandes investigadores que trabajan en los desiertos del mundo; es uno de los mayores galardones para quienes trabajamos en esta área, en lo que es la historia ambiental de los desiertos”.

El científico del Instituto de Ecología y Biodiversidad de la Universidad Católica, Claudio Latorre, fue galardonado por la Geological Society of América.
“Mi investigación se dedica a la paleoecología, que es la reconstrucción de ambientes antiguos, de ecosistemas antiguos”.
El Premio “Farouk El-Baz”, que cada año entrega la Geological Society of America, y que es denominado así en honor al científico egipcio-americano que trabajó en el “Programa Apolo” de la Nasa, le fue otorgado a Claudio Latorre por sus estudios del ecosistema del desierto, los que le han permitido entender cómo ha variado el clima, la vegetación y los ciclos del agua durante los últimos 50 mil años, en uno de los territorios más áridos del mundo.
PALEOECOLOGÍA
“Mi investigación se dedica a la paleoecología, que es la reconstrucción de ambientes antiguos, de ecosistemas antiguos. Y en el desierto de Atacama estamos llenos de evidencias, de huellas que dejaron esos ecosistemas sobre el paisaje. Los hay en la costa, en la Pampa del Tamarugal y en la precordillera, donde llevamos muchos años trabajando. En todos estos lugares existen depósitos formados por roedores, que son -en general- dos especies: el lauchón orejudo y la rata chinchilla (que no es lo mismo que la chinchilla). Ellos forman estos nidos, en los que se acumulan todo tipo de restos orgánicos. Las cosas que comen, pero también lo que recolectan: huesos, insectos… es como un archivo biológico”.
Los investigadores Julio Betancourt y Bárbara Saavedra señalaban en una de sus investigaciones, hace ya 20 años, que “las zonas áridas y semiáridas de Sudamérica carecen de registros históricos exhaustivos de vegetación y clima, a pesar de la utilidad que ellos representan para el establecimiento de condiciones basales y tasas naturales de variabilidad en procesos abióticos y bióticos. El vacío existente en el conocimiento de la historia vegetacional de esta zona podría ser remediado gracias al descubrimiento y análisis de paleomadrigueras de roedores en ambientes rocosos”.

“Como ese roedor no sale muy lejos de la cueva, no más de 30 metros de distancia, todo lo que deja en esa cueva queda preservado por miles de años”.
PALEOMADRIGUERAS
Las paleomadrigueras, señala el doctor Latorre, con “como una foto del paisaje donde vivía ese roedor, en esos años. Y como ese roedor no sale muy lejos de la cueva, no más de 30 metros de distancia (porque si no, se lo comen), todo lo que deja en esa cueva queda preservado por miles de años; incluso tenemos algunos que están datados por más de 50 mil años, el límite del radiocarbono”. Los investigadores reseñan la presencia de estas paleomadrigueras en la pre-puna, los desiertos del Monte y Patagonia del oeste argentino, el desierto de Atacama, el matorral Mediterráneo de Chile central, y la Puna del Altiplano Andino.
Los roedores son capaces de generar acumulación de material biológico en sus madrigueras, las cuales son ricas en restos vegetales (ramas, hojas, polen, cutículas) y animales (fecas, huesos, insectos). Al evaporarse la orina del roedor, estas acumulaciones se encapsulan, permitiendo la conservación de los materiales depositados, los cuales son capaces de permanecer intactos durante milenios. Esta orina cristalizada es llamada “amberat”, por su consistencia parecida al ámbar.
“Toda esta evidencia, estas huellas orgánicas preservadas en el desierto, nos sirven para reconstruir su pasado más reciente. Sabemos que el desierto de Atacama es un desierto muy antiguo, uno de los más extremos que hay en el planeta. Y sabemos que tuvo fluctuaciones climáticas, especialmente de las lluvias en la precordillera. Esas lluvias traen también cambios en la hidrología del desierto; se recargan las aguas subterráneas, afloran vertientes donde hoy día no las hay… se forman oasis donde hoy día vemos sólo pampa pelada. Y la Pampa del Tamarugal está llena de evidencias de ese tipo que, incluso, fueron explotadas por las oficinas salitreras en el siglo XIX”.

Los conchales, como este de la fotografía, arrojan importante información de las sociedades que vivieron en las costas del desierto de Atacama.
CONCHALES
A propósito de sus investigaciones y de la reciente declaratoria de Patrimonio de la Humanidad de los tres asentamientos Chinchorro de Arica, Claudio Latorre, nos señala que estuvo trabajando en la zona de Pisagua hace algunas semanas. “Y efectivamente esa zona fue una zona de ocupación Chinchorro. Ellos dejaron basurales, lo que nosotros llamamos conchales, que son los residuos de su ocupación en la costa. Y la idea que tenemos, a través de un proyecto Fondecyt, es tratar de entender cómo se relaciona la ocupación Chinchorro en el norte del país con la variabilidad climática. Y especialmente con la variabilidad de la zona costera, como por ejemplo la surgencia de aguas profundas o el fenómeno de El Niño… y la manera en cómo esta variabilidad natural impacta en la forma en que ellos llevaban a cabo su modo de vida en el norte. No solamente los Chinchorro, sino también las culturas más formativas que vinieron después, más sedentarias y más agricultoras”.

El premio también es un reconocimiento al equipo que viene trabajando desde hace muchos años, en especial jóvenes que han participado de las investigaciones durante su formación profesional.
Le preguntamos al investigador, a propósito del reciente informe sobre Cambio Climático, ¿qué pasa con estas evidencias y la posibilidad de tener mayores certezas respecto de lo que ocurrirá a futuro en esta zona? “Es una muy buena pregunta, porque efectivamente no tenemos respuestas muy claras. Los modelos climáticos que actualmente manejamos resuelven muy bien lo que ocurrirá en las zonas subtropicales, que están bajo la influencia de estos sistemas de alta presión y más de lluvias de invierno (como la zona central de Chile)”.
“Sabemos con mucha certeza que se vienen sequías muy prolongadas y que van a ser cada vez más frecuentes y más comunes en el futuro. Sin embargo, para el norte -como es más tropical el sistema de precipitación que ocurre ahí-, esos sistemas tropicales se entienden mucho menos y predecirlos se hace mucho más incierto. De hecho, hoy día no hay mucho consenso de cómo va a ocurrir el cambio climático de aquí a futuro en el norte del país. Por esta razón es tan importante entender la dinámica pasada de las lluvias, porque eso nos permite tener más claridad sobre los mecanismos que controlan esas lluvias en el tiempo. Y por eso es tan importante el trabajo que hacemos como paleoecólogos y paleoclimatólogos de tratar de entender estos registros históricos de precipitaciones”.
“Lo que sí sabemos es que -en el pasado, al menos- el desierto va y viene con las temperaturas del mar. Entonces si algo cambia y el mar se vuelve más cálido, tiene mayor temperatura de la que tiene actualmente, ahí vamos a tener problemas. Ahí es donde se producen alteraciones en el ciclo hidrológico y efectivamente podría haber un mayor riesgo de precipitaciones en la zona costera, que podrían ser tremendamente perjudiciales para las personas que viven ahí hoy día”.
“Una de las razones por las cuales tenemos poco conocimiento de lo que pasa en el norte, es porque no estamos monitoreando muy bien el clima en el norte. Hay pocas estaciones meteorológicas; las que hay, a veces no están en red… todavía falta mucho, mucho por entender, incluso del clima actual del norte del país. Mucho menos entender cómo se va a ver impactado por la variabilidad climática futura”.


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