CAMPUZANO DEJÓ LA VARA ALTA EN SALA COLLAHUASI

Cultura 16 de junio de 2018
Una muestra de talento que dejó a todos admirados, fue la que exhibió el pintor iquiqueño Enrique Campuzano, durante el mes de mayo en la Sala Collahuasi. El artista, que es reconocido en nuestro país y el mundo como un gran exponente del realismo, señaló que su sueño siempre fue trabajar en el ámbito del teatro, pero que la vida lo llevó por el camino de la pintura y que se ha sentido plenamente realizado.
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De su infancia en Iquique, algunas pinceladas: “En el colegio teníamos misa diaria, con comunión, previa confesión. La fantasía de las Sagradas Escrituras y la pompa de las ceremonias me hacían la ilusión de sentirme trascendente. De tal suerte, que no perdía ocasión de participar, cuanto más cerca mejor, de las sesiones de éxtasis místico; envuelto en el aroma del incienso, rodeado del destello del oro y los colores de las capas pluviales, mitras, casullas y candelabros. Todo sumergido en los atronadores sonidos del armonio que competía con las letanías, en latín”. 

“Fuera de la capilla el mundo era distinto, casi opuesto. Me di cuenta que las relaciones humanas eran violentas y crueles. Pregunté de todo a todos los que pude. Las respuestas me mostraron la realidad. Comprobé que los que me rodeaban, no sólo eran físicamente frágiles, sino también frágiles sus convicciones. Me quedé huérfano de Fe en lo que no se ve y temeroso frente a los juramentos que escucho. Buscando evidencias de divinidad que compensaran existencia tan vil, descubrí el mundo del arte y sus diferentes expresiones. Detrás de cada obra me fui topando con otros desencantados, vivos y muertos, que también aspiraban a desprenderse de la línea del horizonte. Sentí que formaba parte de esta familia. Me di cuenta que estaba salvado”. 

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“Iquique, mi pueblo, quedó lejos pues la capital concentra todo lo que ocurre en el país. Llegué a Santiago de Chile en 1970 con la intención de estudiar dirección teatral. No fue posible; la efervescencia política tenía convulsionado especialmente el ámbito intelectual. A partir de 1973 todo fue peor. Me aferro al libre albedrío, que no me ha resultado barato. Pinto combinaciones de formas, texturas y juegos de la luz y color, donde el ser humano es protagonista, tratando de crear espacios de paz y sosiego posibles al interior del taller”.

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