ZAMBRA: el escritor que habla en puntas de pie

Debutó como escritor frente a sus compañeros del colegio secundario y después se dejó tentar por el mundo académico. Pero Alejandro Zambra sabe bien cuáles son sus mapas y territorios: la complejidad no debe rivalizar con la simpleza, sus destinatarios son las personas con las que creció, su mundo verdadero. Su literatura tensa la cuerda de las complejidades humanas y las camina con la tranquilidad de un feriado. Referente cultural de nuestro idioma, invita a escribir como quien sale a correr o hacer deporte, dice que todas las crisis se pueden afrontar con lápiz y papel.

Arte y Cultura31/10/2023 Emiliano Gullo (*)
Zambra

Dos hombres se encuentran en un bar de Providencia, Santiago de Chile. El bar se llama Galindo. Es algún mes del año 2002. Uno de los dos, el mayor, está impaciente. Es el editor de la sección de Cultura que se produce en el edificio contiguo, donde funciona la redacción de Las Últimas Noticias, un diario farandulero de consumo masivo. Y se está quedando sin cigarrillos. Del otro lado de la mesa, el joven -que recién ha vuelto de hacer un posgrado en Madrid- cuenta que está buscando trabajo. Hablan mucho y fuman más. Hablan de plantas, de fútbol, de miopía y de astigmatismo, de trámites bancarios, de guisos caseros, de agujeros de cinturones, de tipos de nubes, de cantantes melódicos. Hablan hasta que los paquetes se vacían. O casi. El mayor no tiene más. El joven vuelve a revisar. Le ofrece el último, el de los deseos. El mayor dice no por favor, faltaba más. El joven insiste y el mayor se rinde ante la hidalguía. 

Una semana después, el joven Alejandro Zambra publicará su primera reseña literaria en Las Últimas Noticias bajo la edición de Andrés Braithwaite, el fumador agradecido. El joven tiene 27 años, un poemario publicado cuatro años atrás, Bahía Inútil, y uno más en camino que saldrá al año siguiente con el nombre de Mudanza. Criticará libros ajenos y ganará más enemigos que dinero. Y se cansará de los enemigos. Y vendrán los ensayos breves y las crónicas en El Mercurio y La Tercera. Y una brevísima novela. Y la fama. Y el mundo. Y la admiración. Y cuatro novelas más. Y dos libros de cuentos. Y dos libros de ensayos. Y dos guiones de películas. Y también dejará Chile y una biblioteca con cuatro mil libros para vivir en México por una razón: el amor.

Nadie sabe el deseo que pidió el fumador agradecido antes de encender el último cigarrillo. Zambra, hoy con 47 años, acaba de terminar Literatura Infantil, su último libro publicado por Anagrama. En la segunda página, debajo del título, se puede leer una tradición -a veces explícita, a veces fantasmal- que marca su obra: edición de Andrés Braithwaite. 

VEINTE AÑOS

A veinte años del encuentro en el Bar Galindo, Zambra dice: “Cuando empecé a escribir en el diario Las Últimas Noticias los profesores de la universidad me decían que eso era una tontería, que sólo lo hacía por el dinero; que escribir en un periódico era rebajarse. Y yo, al contrario, sentía que aprendía mucho. Y que escribía cosas que podían aparecer tranquilamente en un contexto académico”.

1. Hay una palabra en inglés para los que caminan por la cuerda floja. Puede ser entre montañas, entre edificios, entre árboles. Donde haya dos puntos distantes, donde haya riesgo, los slackliners hacen equilibrio sobre una cuerda que no es floja sino más bien -muy- tensa. Egresado de uno de los colegios más prestigiosos de Chile, doctor en Literatura y con un posgrado en Filología Hispánica en España, Zambra es un slackliner de la literatura. Tensa la cuerda de las complejidades humanas y las camina con la tranquilidad de un feriado. “Hay algo en mi manera de escribir que tiene que ver con la simplicidad, con el despojo, incluso. Con el deseo de que esa simplicidad no rivalice con la complejidad. Llegar a la mayor complejidad sin imponer metalenguaje, nunca usar palabras que no usaría en una conversación, pero a la vez sin paternalismo”. 

“Hay algo en mi manera de escribir que tiene que ver con la simplicidad, con el despojo, incluso. Con el deseo de que esa simplicidad no rivalice con la complejidad”.

Por más de diez años fue profesor en la Universidad Diego Portales. Puede seguir de cerca los debates académicos o escarbar en los últimos papers de intelectuales. Da igual. Zambra tiene claro cuáles son sus mapas y territorios. “En un momento me tentó el mundo académico. Pero empecé a percibir deseo de reconducirme hacia otros destinatarios, que eran las personas con las que yo había crecido, mi mundo verdadero. Un deseo de poder comunicarme con otra versión de mí mismo; aspirando a cierta unidad”.

2. Alejandro Zambra huele a frambuesa. Fuma de mentira con un aparato de plástico, lo chupa con impunidad y cuando exhala el ambiente se infla como un globo de chicle. Somos varios los que estamos adentro de la burbuja dulce. Se disculpa porque no habrá exclusividad. Tuvo que superponer las invitaciones. Y siguen llegando. La mesa del patio de la librería de Eterna Cadencia, en Buenos Aires, ya no resiste. La organizadora invita a pasar al fondo. Hay más privacidad. Al menos hasta que comience la charla, que será en la terraza. Lo dice levemente inclinada hacia adelante, como si pidiera perdón, sostenida de una libreta. Como si dijera por favor, rápido, antes de que toda la gente sepa quién sos y no podamos protegerte.

Zambra responde que sí, que no hay problema. Lo dice suave. Zambra habla en puntas de pie. Se levanta más pesado que cuando llegó porque ahora tiene que sostener bolsas de regalos, ofrendas de admiradores que no quieren nada de él; al revés, quieren que se lleve algo de ellos. Libros, revistas. Una remera celeste con la cara de Bolaño. Parece talle S, o M como mucho. Zambra promete que le va a entrar, que justo está pensando en hacer dieta. Corre ancho las mesas y las sillas para pasar. Enfila para el fondo. Lo seguimos con la sospecha de que el movimiento alertó a los distraídos, que cogotean hacia el líder de la fila. Alcanzan a oler la estela de frambuesa, pero ya es tarde. Se acaba de cerrar el portal. 

Lo que seguirá dentro de unos minutos: personas que se apelmazan. Casi todas son mujeres. Transpiran mucho porque diciembre está obsesionado con esta ciudad. Ya no usan barbijos. Tampoco hay alcohol en gel. Zambra -hincha de Colo- Colo, nacido en Santiago de Chile el 24 de septiembre de 1975- lanzará verdades desde una mesa de madera. Escuchará a todos los apelmazados que se acerquen. No adelantará nada del libro recién terminado. Será -hasta el momento- la última vez que visite Buenos Aires. Y volverá a la Ciudad de México lo más rápido que pueda para hacer lo que realmente quiere hacer, reencontrarse con la mamá de Silvestre y con el hijo de Jazmina.

(*) Este artículo fue publicado in extenso por www.revistaanfibia.com

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