Cuando los desiertos reverdecen: ¿Solución o Amenaza Ambiental?

En las últimas décadas, la desertificación ha sido considerada uno de los mayores desafíos ambientales a nivel global. Este proceso implica la degradación de los suelos y los ecosistemas, particularmente en áreas áridas y semiáridas, y tiene un impacto profundo en la biodiversidad, la seguridad alimentaria y las economías de diversas regiones del mundo.

Ciencia y Medio Ambiente04/05/2025 Bastian Gygli (*)
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Muchas de las plantas que crecen en sectores áridos son especies exóticas asilvestradas.

Los desiertos son territorios donde la escasez de agua limita drásticamente el establecimiento de la vida vegetal. Al ser las plantas la fuente principal de energía de un ecosistema a través de la fotosíntesis, los desiertos se convierten en lugares muy difíciles de habitar. Sin embargo, los desiertos no son estériles. Hay energía que llega desde otras partes, como las heces de aves marinas que anidan en zonas áridas extremas. A pesar de esto, comparativamente la energía dentro de los desiertos es extremadamente baja, lo que obliga a los habitantes de estos lugares a ser resilientes e ingeniosos para sobrevivir. Por esto, estos ecosistemas, se encuentran entre los más pobres en biomasa y exuberancia, pero destacan por las adaptaciones únicas de quienes los habitan.

El concepto de desertificación se vuelve preocupante cuando se observa un avance desde los desiertos completamente yermos hacia las zonas áridas circundantes, que aún conservan algo de vegetación. Esto implica la pérdida de suelo, biodiversidad y formas de cultura humana relacionadas con estos territorios. En situaciones extremas, la intervención humana puede acelerar este proceso de manera rápida y brutal. Actividades como la deforestación, la agricultura intensiva y la mala gestión de fuentes hídricas pueden destruir una zona árida, dejándola sin posibilidad de recuperación natural, transformándola en un desierto sin vegetación.

En los últimos años, la preocupación por la desertificación ha sido matizada por otro fenómeno aparentemente opuesto: la verdización o greening. A diferencia de lo que se podría esperar, en ciertas regiones áridas del mundo ha habido un aumento significativo de la vegetación.

VERDIZACIÓN

En los últimos años, la preocupación por la desertificación ha sido matizada por otro fenómeno aparentemente opuesto: la verdización o greening. A diferencia de lo que se podría esperar, en ciertas regiones áridas del mundo ha habido un aumento significativo de la vegetación. Este fenómeno resulta contraintuitivo en un escenario de cambio climático, donde los aumentos de temperatura y la escasez de lluvia son la norma. En este contexto, uno esperaría que la desertificación avance, que los desiertos conquisten más tierras y que las zonas áridas se vean aún más afectadas. Entonces, ¿qué está pasando? La respuesta también podría estar vinculada a la actividad humana.

Las plantas dependen del agua para vivir, pero este no es el único componente necesario para su subsistencia. La fotosíntesis, el proceso vital donde crean su alimento, requiere también de dióxido de carbono (CO2) para sintetizar los azúcares que son la base de su crecimiento, y, en última instancia, el de los organismos vivos que dependen de ellas. Desde la era industrial, debido a la actividad humana, la concentración de CO2 en la atmósfera ha aumentado vertiginosamente. Esto ha intensificado el efecto invernadero, incrementando las temperaturas y produciendo varios otros efectos climáticos. Sin embargo, este aumento de CO2 también ha permitido que algunas plantas crezcan más rápidamente y con mayor vigor. Al haber mayor disponibilidad de CO2, algunas especies desarrollan una mayor eficiencia en el uso del agua, permitiendo un mayor crecimiento a pesar de la escasez hídrica (Liu et al., 2018).

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La disponibilidad de agua sería el factor clave para la presencia de vegetación en los ecosistemas semiáridos al sur del desierto de Atacama.

Según un estudio publicado en Nature Communications en 2020, se ha observado que desde la década de 1980, aproximadamente el 25% de la superficie terrestre ha experimentado un aumento en la cobertura vegetal, fenómeno que se ha denominado verdización o greening global. Este proceso ha sido atribuido principalmente al aumento de las concentraciones de CO2 en la atmósfera, aunque también juegan un papel el manejo humano de los recursos naturales, como la expansión de áreas agrícolas, forestales y, en menor medida por ahora, la restauración ecológica de ciertas áreas (Zhu et al., 2016).

EFECTOS DEL VERDOR

A simple vista, el aumento de la vegetación en las zonas áridas parece una excelente noticia: las áreas áridas se están reverdeciendo. Con millones de plantas capturando CO2 y almacenándolo en sus tejidos, este proceso ayuda a disminuir la concentración de este gas en la atmósfera. Sin embargo, la historia completa es mucho más compleja (Piao at al, 2020). A pesar de la apariencia de recuperación, este cambio puede generar efectos negativos que podrían empeorar la situación en lugar de mejorarla.

La cobertura vegetativa incipiente en ciertas partes del mundo está frenando el avance de los ecosistemas desérticos y, si se maneja de manera responsable, estos nuevos espacios verdes podrían convertirse en una excelente base para procesos de restauración ecológica.

La vegetación que está creciendo en muchas de estas zonas áridas no corresponde a especies nativas. Muchas de las plantas que están liderando este proceso son especies exóticas asilvestradas, las cuales pueden desplazar a las especies nativas, homogeneizando el paisaje y disminuyendo la biodiversidad. Estas especies pueden tener diferentes relaciones con el suelo, el agua y otros organismos. Por ejemplo, las ya limitadas reservas hídricas de algunas zonas áridas pueden verse aún más comprometidas por el consumo de agua de estas nuevas especies extranjeras.

En algunas regiones, como en Australia, este crecimiento de vegetación se convierte en combustible para incendios forestales. Los mega incendios arrasan miles de hectáreas, propagándose a través de las nuevas áreas de vegetación, que no necesariamente contribuyen a un entorno más húmedo. En este sentido, algunas especies, como el vinagrillo, están adaptadas a ciclos periódicos de incendios, promoviendo la creación de ambientes propensos a este fenómeno. Esto puede hacer que se quemen áreas de vegetación nativa aledañas, que no están acostumbradas al fuego y, por lo tanto, son desplazadas por estos ecosistemas emergentes dominados por especies exóticas.

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Es importante destacar que el aumento de CO2 atmosférico podría ser reimaginado como algo dual.

REALIDAD LOCAL

En Chile existe una transición muy marcada de ecosistemas de forma latitudinal. A pesar de que se podría esperar un patrón muy marcado de cambio en la distribución de la vegetación, esto no es así. Según Ariel Muñoz, académico de la Pontificia Universidad Católica, esto podría deberse a que en el caso particular de Chile, otros factores podrían estar jugando un rol más relevante que la concentración de CO2 atmosférico.

La disponibilidad de agua sería el factor clave para la presencia de vegetación en los ecosistemas semiáridos al sur del desierto de Atacama, pues son áreas de muy escasa lluvia, y esta se ve modulada por las aguas altoandinas a través de las cuencas hidrográficas y la presencia de la camanchaca en la costa. Esto ha permitido que se mantenga la vegetación históricamente, pero hace que su presencia sea acotada especialmente a los cursos de agua y cercanías del mar, impidiendo la colonización de otras áreas.

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En un princpio el aumento de la vegetación en las zonas áridas parece una excelente noticia.

Hacia el sur el proceso que se ha visto en Chile central es el contrario a la verdización: el browning. En los últimos años se ha visto que grandes parches de bosque esclerófilo han perdido el vigor de sus hojas e incluso ha habido mortalidad de árboles en la zona. A escala más regional, se ha visto que existe una pérdida de cobertura de este ecosistema (muchas veces asociado a actividad humana), el cual podría no volver a asentarse, debido al cambio de las condiciones ambientales de la región. Esto ha dado espacio a las especies de zonas aún más secas a introducirse en esta zona, efectivamente moviendo el “matorral semiárido” hacia el sur, desplazando las áreas de bosque.

(*) Artículo in extenso en www.endemico.org


Una oportunidad para la restauración ecológica

A pesar de los potenciales efectos negativos de la verdización, este fenómeno también presenta oportunidades. La cobertura vegetativa incipiente en ciertas partes del mundo está frenando el avance de los ecosistemas desérticos y, si se maneja de manera responsable, estos nuevos espacios verdes podrían convertirse en una excelente base para procesos de restauración ecológica. Es posible integrar especies nativas en estos ensambles emergentes, imaginando un futuro en el que las especies pioneras coexistan con las nativas, restaurando el equilibrio ecológico y retornando funcionalidad y servicios vitales al ecosistema.

También es importante destacar que el aumento de CO2 atmosférico podría ser reimaginado como algo dual. Aunque sus efectos negativos, como el aumento del efecto invernadero y las temperaturas, son evidentes, este gas también actúa como un fertilizante natural, acelerando el crecimiento de las plantas. Tal vez este fenómeno nos permita recuperar nuestra naturaleza más rápido de lo que pensamos, si conseguimos gestionar correctamente los recursos y las prácticas agrícolas.

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