PALO BLANCO

Arte y Cultura 12 de enero de 2021
“Palo Blanco” es uno de los 16 cuentos y el que le da el nombre al libro de Rodrigo Ramos Bañados, que ha sido elogiado por los críticos Camilo Mark de la Revista de Libros de El Mercurio de Santiago, y Patricia Espinosa de Las Ultimas Noticias. Rodrigo es, también, periodista y colaborador de nuestra revista. Es, además, autor de obras como Ciudad Berraca, Namazu, Alto Hospicio y el libro de crónicas Matute. El libro puede adquirirse directamente en: https://www.zuramerica.com/palo-blanco.html
Rodrigo-Ramos-y-su-libro

No me sentía a plenitud con mi trabajo de bibliotecario en el colegio. Durante el recreo los niños iban a comer. Otros usaban el lugar como refugio ante el bullying. Los niños, en general, no me respetaban. A veces me preguntaban cuánto ganaba. Se sorprendían. Uno dijo que me pagaban bien por no hacer nada. Los profesores entraban a pedirme computadores, firmaban el registro y se iban. A mitad del año, cuando ya buscaba desesperadamente otro trabajo, el rector me trajo a una asistente.

Laura, me confesó con una sonrisa, que en sus últimos 20 años había leído una novela de Isabel Allende y algunos poemas Pablo Neruda. De su época del colegio recordaba La niña en la Palomera. Esa era la única relación que tenía con la literatura. Me explicó que no tenía tiempo para los libros y me compartió sus razones.

Era madre de tres hijos. Recién separada. Estaba en el tira y afloja con su exmarido por la manutención de los niños y vivía también con su madre en una casa de las que entrega el gobierno. Su sueldo como aseadora en el colegio no le alcanzaba. En consecuencia, pidió un ascenso al rector.

Antes, habíamos intercambiado un par de palabras cuando recogía los papeles y cáscaras de plátano que dejaban los alumnos. Era la única que no me reclamaba. El resto de aseadores me exigía mano dura. Ahora, en su calidad de asistente, me dijo que ella se entendería con los niños. Bien, le respondí.

A veces me sorprendía con sus opiniones.

Me contó que los trabajadores del colegio opinaban que yo era poco sociable. Que no salía de la biblioteca. Le dije que no trabajaba ahí para hacer amigos. De vuelta a casa –casi una

hora de trayecto– me lo cuestioné. No me sentía cómodo en el colegio. Lo comparaba con un pequeño reino, donde el rector era el rey, y sus súbditos tenían poder en la medida que fueran lameculos. Yo debía estar al final de la pirámide.

A medida que veía el actuar de Laura, me cuestionaba mi incapacidad comunicativa. Me limitaba a hablar lo justo con los profesores. Prefería la comunicación por email. El resto del tiempo lo dividía entre catalogar libros y escribir. Escribía una novela. Era mucho decir una novela, porque más bien era un montón de apuntes sobre los actos del colegio, asunto que me obsesionaba. El colegio hacía actos casi a diario. Acto por el día de la amistad. Acto por el nacimiento de Domingo Savio. Acto porque llegaron unas maquinarias. Si el rector estaba de cumpleaños traían mariachis.

Laura estaba agradecida del colegio, y en especial del rector. Le cambiaba la voz cuando hablaba de él. El rector era joven y cuidadoso de su apariencia. Los alumnos lo apodaban Marc Anthony. Era claro para exponer. Calculador. Citaba la biblia a cada rato. En general era el perfecto líder de un colegio católico para hombres que se jactaba en formar: honestos ciudadanos para el futuro, que más bien formaba obreros para la minería. Al principio me gustaba escuchar a Laura. De a poco comencé a aconsejarla. Me hacía caso. Interfería en su vida y en la de su ex. A veces llegaba llorando desde la casa. La consolaba en medio de un café y dulces del quiosco.

Supe que su ex regresaba cada tanto a la casa ebrio. Que su hermano era un militar devenido a pastor evangélico que la miraba por encima del hombro por ser aseadora. Que su hijo mayor le faltaba el respeto desde que se fue el papá. A pesar de todo, Laura tenía buen humor. Se reía con las bromas de los niños, y los niños le dejaban galletas de regalo.

Su presencia atrajo personas que no habituaban la biblioteca. Llegó el portero. El estafeta. El curriculista. Las cocineras. La sicóloga. El inspector. Todos la aconsejaban. Entendí que su

ingenuidad natural provocaba compasión. Laura era un libro abierto. Podía compararse a una novela rosa. O al guion de una teleserie venezolana de los `80.

Lo mejor fue el quehacer diario de la biblioteca, parecía mejorar.

Laura de buena gana asumió la disciplina de los niños. Controló en la puerta que nadie entrara comiendo. Con el tiempo los niños entendieron que la biblioteca no era un lugar para pasar el rato. Llenó de coloridos carteles las paredes donde se llamaba a respetar el silencio. Confeccionó afiches con las efemérides de Arturo Prat y Domingo Savio.

“A esas alturas Laura se me había transformado en un experimento. Un peligroso experimento. Esos días me llegaron los afiches para la convocatoria a un concurso de microcuentos”.

Desde mi oficina la observaba como recibía felicitaciones y elogios. Ella aprovechaba para vender cachivaches Avon a las profesoras. También vendía roscas. Laura comenzaba a lucir mejor. Cada vez menos hablaba de su ex pareja.

Pero le faltaba un novio.

Le hice un perfil de Tinder. Eligió sus mejores fotos. Y listo. A la semana ya contaba con varias invitaciones para salir. Empezó a contarme de sus pretendientes. Un par le envió fotos de sus penes. Se sonrojaba al decirlo. Me las mostró. No fui el único en verlas. Descubrió a un profesor en Tinder. Nos reímos. Resultaba divertido ver al profesor bien compuesto en el colegio y desatado en esa red social.

A esas alturas Laura se me había transformado en un experimento. Un peligroso experimento. Esos días me llegaron los afiches para la convocatoria a un concurso de microcuentos. Laura pegó los afiches en la biblioteca.

Entonces se me ocurrió la idea que participara. Laura debía ser una escritora. Se ganaría el respeto del colegio. La imaginé siendo destacada en un acto. Su rostro lleno de alegría. Ella recibiendo un galvano de Marc Anthony. La felicidad completa. En medio de un café se lo propuse. Me dijo que nunca había escrito algo.

No se preocupe, le contesté. Usted va de palo blanco.

Se sorprendió. Le expliqué que yo lo escribiría y ella ponía su nombre. El premio era en dinero. Así es que el trato fue que de ganar lo repartiríamos en partes iguales. Aceptó.

El cuento se llamó Nana del Desierto.

Relataba el trayecto a pie y en micro que realizaba una nana para llegar a su trabajo en un sector acomodado de la ciudad. La buena noticia nos llegó al final de una jornada laboral. El cuento había sido seleccionado entre los finalistas del concurso. No era el primer lugar, pero Laura había resultado segunda. Era una buena cantidad de dinero. Con eso pagaría el arriendo, me dijo. Ella estaba feliz, pero no conocía el cuento.

Se lo envié para que lo aprendiera de memoria. Hasta que lo recitó. Le dije que debíamos manejar esto con calma. Que debía contarle al rector cuando le llegara la invitación a la ceremonia de premiación. Ella, abriendo los ojos, me afirmó que nos debíamos ir a la tumba con el secreto. A la semana llegó por mail la invitación. Sería una ceremonia en el principal teatro de la ciudad, con un cantante de moda que leería los microcuentos. Laura nunca había entrado al teatro. Para el colegio era un orgullo que una funcionaria lograra tal distinción en un concurso literario.

Laura le envió la invitación al rector. De inmediato llegó a felicitarla. El rector ni siquiera pasó por mi oficina. Le dio un abrazo y Laura se ruborizó. En cuanto se fue, Laura llegó corriendo a mi oficina. Me contó con el mismo tono de voz que me ponía cuando hablaba cosas delicadas, que no podía creer que Marc Anthony la acompañaría a la premiación.

—Cálmese – le dije para que cambiara con el tono de voz. El rector le daría libre ese día para que fuera a la peluquería, que pagaría el colegio.

Seguí la premiación por internet.

El animador dijo que Laura se había inspirado en su propia experiencia para escribir el cuento. La catalogó como “una mujer de esfuerzo”. Ella subió al escenario junto a su hijo mayor.

Leyó el cuento. Recibió los aplausos. Lo que vino después me preocupó y fue un indicio de lo que estaba por venir.

Laura contó a las cámaras de televisión que cuando llegó a la ciudad, trabajó por un tiempo de nana. Su pasión por la lectura le dio la posibilidad de trabajar en otras cosas. Con orgullo dijo que estaba a cargo de una biblioteca. Le preguntaron por su libro favorito. Ella respondió La niña en la palomera. Y que no recordaba al autor.

Las entrevistas para radio y televisión continuaron durante una semana. El rector le daba días libres para representar al colegio. Conversamos poco durante esa semana. Todos querían conocer en la ciudad a la nana que se había transformado en escritora.

Llegó el lunes y el acto principal. Todo estaba preparado para que ella brillara. En el escenario estaba escrito mi cuento. Después del himno nacional, el rector dijo que tenía una gran noticia para la comunidad educativa. Ante los aplausos, Laura salió adelante. Agradeció al colegio, al rector y todos. Emocionada, leyó el relato. Todos la aplaudieron. Algunas profesoras se emocionaron. Sus excompañeras de aseo gritaban su nombre. El rector le dio un ramo de flores y un abrazo. Luego llegaron los mariachis. El acto terminó en una fiesta.

Después del acto me dio la mitad de la plata. Repitió que conservara el secreto hasta la tumba.

Al otro día el rector me citó a su oficina. Me dijo, sin esquivar la mirada, que por necesidades de la empresa no continuaba en el colegio. Le agradecí por la oportunidad y le dije que lo mejor había sido ayudar a Laura. Caminé lentamente hacia la puerta del colegio, sin mirar a nadie, y salí para no regresar. A ella la bloqueé en redes sociales.

El libro puede adquirirse directamente en: Zuramerica ediciones y publicaciones


ESA COSTUMBRE DE NO DECIR 
LAS COSAS EN FORMA DIRECTA

El libro Palo Blanco y otros relatos, de Rodrigo Ramos Bañados (Antofagasta, 1974), reúne 16 cuentos que, algunos de ellos, parecen ligados, como historias que le han pasado a un mismo personaje, o a un grupo de conocidos. Son cuentos que tienen en común una sensación de fracaso o, al menos, de pérdida de sueños, de pasión, que tiñe todo, incluso los pequeños atisbos de esperanzas. Y ese hablar indirecto, solapado, esa característica local de no decir las cosas en forma directa. (Crítica de Ezzio Mosciatti, en biobiochile.cl)

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