Exposición CHILE BAJO EL IMPERIO DE LOS INKAS

Diez años de esta publicación, que se realizó por una exposición del Museo de Arte Precolombino en Santiago. Antecedentes de la presencia Inka en Chile.

Arte y Cultura 21/12/2021 José Berenguer (*)
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La expansión de los inkas comenzó con una rápida conquista militar de territorios y grupos étnicos circundantes al Cuzco. Siguió con la anexión de amplias áreas a ambos lados de los Andes peruanos. En poco más de un siglo, concluyó con la conquista de un enorme territorio que abarcaba desde el sur de Colombia hasta Chile central. 

Con más de cinco mil kilómetros de largo y una población estimada en casi 10 millones de habitantes, el Tawantinsuyu fue el imperio prehispánico más extenso del continente. Su bien organizado aparato estatal desplazaba tropas, sacerdotes, funcionarios, personal de servicio y, muchas veces, comunidades enteras, a través de enormes distancias. Instauraba en las provincias el culto solar y un régimen de gobierno basado en alianzas con las autoridades étnicas locales y en la redistribución de bienes y servicios. La riqueza obtenida era para el Estado, la religión y los gobernantes, estos últimos considerados hijos del sol.

Se han propuesto varias explicaciones acerca de porqué los inkas necesitaban expandirse continuamente. Una de las más populares es la que conecta esta verdadera compulsión conquistadora con la así llamada “herencia dividida”. Cuando un inka moría, su panaca o linaje real heredaba todas las tierras conquistadas durante su reinado. Su sucesor, en cambio, heredaba únicamente el ejército. Con ese poderoso instrumento, el nuevo inka o “Sapa Inka” debía formar su propia hacienda. De ahí el imperativo de anexar nuevas tierras y gentes.

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 “La construcción de Chile como país fue y seguirá siendo obra de todos aquellos que llegaron, unos antes y otros después, para quedarse en esta larga y angosta faja de tierra”.

TAWANTINSUYU

En su cúspide, el Imperio Inka abarcaba cuatro grandes divisiones territoriales: Antisuyu, Condesuyu, Chinchaysuyu y Collasuyu. Por eso se le conocía como Tawantinsuyu o Imperio de las Cuatro Regiones. Chile, junto con el sur del Perú, Bolivia y Argentina, quedó comprendido en el Collasuyu, que correspondía a las provincias del sur del imperio.

Existe controversia acerca de cuáles gobernantes conquistaron nuestro país. La mayoría concuerda en que el décimo Inka, Topa Yupanqui, hizo la mayor parte del trabajo, pero varios autores le conceden algún crédito a su padre, Pachakuti Inka, el gran reformador del Estado Inka. Incluso algunos le atribuyen ciertas conquistas al antecesor de éste, Viracocha. Una participación importante le cupo también al décimo primer Inka, Huayna Capac, quien inicialmente parece haber actuado en Chile como general para su padre, Topa Yupanqui, y luego como gobernante en algunas campañas de reconquista. 

Cuáles territorios fueron anexados para cada uno y en qué secuencia, es un tema que necesita mayor investigación. A la muerte de Huayna Capac, Chile fue gobernado por un corto tiempo por su hijo Huáscar y después de la derrota de éste en una guerra civil por la sucesión, por su hermano Atahualpa, el último de los soberanos inkaikos prehispánicos. Hay que decir, sin embargo, que éste no alcanzó a coronarse con la mascaypacha o insignia real. En 1532 Francisco Pizarro se cruzó en su camino en Cajamarca, cuando iba camino al Cuzco para ser investido como Sapa Inka. 

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“Iniciada hacia comienzos del siglo XV, la ocupación inkaika de lo que hoy es Chile dejó su rastro en una infinidad de asentamientos, minas, cementerios, y sitios ceremoniales distribuidos en ocho de las actuales regiones del país”.

EXPEDICIONES

Iniciada hacia comienzos del siglo XV, la ocupación inkaika de lo que hoy es Chile dejó su rastro en una infinidad de asentamientos, minas, cementerios, y sitios ceremoniales distribuidos en ocho de las actuales regiones del país. Unos 1.800 kilómetros de territorio, desde el valle de Lluta en el extremo norte del país hasta casi las puertas de Rancagua en Chile central. De allí al sur, los avances cuzqueños tomaron la forma de expediciones, contactos esporádicos y conquistas fallidas, quizás porque la organización de sus habitantes no se acomodaba al sistema de dominación inkaica, porque no había el tipo de recursos mineros que interesaba al Tawantinsuyu o, simplemente, debido a que la tenaz resistencia ofrecida por los habitantes de esas tierras generaba costos en vidas y recursos materiales que superaban ampliamente los beneficios.

El famoso Qhapaq Ñan o sistema vial inkaico, la religión y el quechua o runa simi fueron los elementos integradores de este formidable programa conquistador. El recuerdo de los inkas resuena todavía en cientos de nombres de lugares de nuestra geografía, en las leyendas que se cuentan en los campos al calor del fogón e, inadvertidamente, en decenas de palabras que forman parte del vocabulario corriente del chileno de hoy. Esta impronta debiera recordarnos que alguna vez casi la mitad de nuestro país perteneció al más poderoso imperio de su tiempo y estuvo ocupada por gente que acompañaba a los conquistadores cuzqueños venida de los más diversos lugares de los Andes. Una matizada amalgama étnica que, de una u otra manera, corre por las venas de cada habitante de Chile.  

La exposición que da nombre a este catálogo busca dar a conocer a los visitantes del Museo los principales logros de los inkas en el Norte Grande, el Norte Chico y la Zona Central, pero, a la vez, hacer entender que la construcción de Chile como país fue y seguirá siendo obra de todos aquellos que llegaron, unos antes y otros después, para quedarse en esta larga y angosta faja de tierra.

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La muerte de Atahualpa y el poder, 

ahora, en manos de los españoles

A fines de octubre de 1535, Huayllullo se encontró cara a cara con los españoles en Tupiza. Venía de Chile trayendo el presente habitual en oro que este lejano reino ofrecía al “rey universal del Perú”. El cargamento era portado sobre varias andas revestidas con guarniciones de oro portadas al hombro por los indios principales. Consistía en barras y tejas de oro fino y dos grandes pepas del mismo metal. Las piezas traían estampada la figura del Inka y seguramente habían sido fundidas a orillas del Marga Marga, estero vecino a Quillota cuyos ricos placeres gozaban de merecida fama en esta parte del Tawantinsuyu.

El funcionario inkaico estaba bien informado de los últimos acontecimientos. Los chaskis le habían dado oportuno aviso de la muerte de Atahualpa a manos de Francisco Pizarro en Cajamarca, de la fingida obediencia que su sucesor, Manco Inka, prestaba a los españoles en el Cuzco y de la sublevación que éste preparaba en todos los Andes. Había elegido el camino del Tucumán para llevar estos tesoros a la capital por ser más seguro, pero a lo largo de la travesía constató los estragos que habían producido las noticias de un Perú invadido y un imperio moribundo. Muchos de los aposentos inkaicos, que antaño brindaban albergue, comida, bebida y protección a las comitivas oficiales, se hallaban ahora abandonados. Quizás -pensó Huayllullo- habría sido mejor hacer la ruta de regreso por el camino del despoblado de Atacama. Así habría evitado toparse con esta enorme columna de invasores.

A Diego de Almagro le brillaban los ojos cuando le comunicó a Huayllullo que ya estaba libre de semejantes tributos, pues el rey del Perú era ahora el emperador Carlos V y sólo a él le debía obediencia. Después de todo, la valiosa caravana le confirmaba lo que otros le habían informado antes de partir: el reino hacia el cual se dirigía poseía grandes riquezas. Impelió al funcionario a sumarse a su expedición, argumentando que la finalidad de su viaje había cesado.

La verdad es que no había cómo resistirse. Almagro comandaba una hueste de unos 20 mil hombres, entre españoles, negros africanos e indígenas. Además, venía acompañado por un séquito inka del más alto nivel, encabezado por Villac Umu, importante dignatario a cargo del culto estatal y la custodia de los metales preciosos, y del Inka Paulo, hermano de Manco Inka. El Adelantado no demoró ni un instante en apropiarse del tesoro y a Huayllullo no le quedó otra alternativa que devolverse con él a Chile. Este relato se basa libremente en la Crónica del Reino de Chile, de Pedro Mariño de Lobera. 

(*) Autor de más de 70 artículos, 12 libros como autor, 10 libros colectivos, 37 capítulos de libros y siete prólogos y presentaciones; sus trabajos se han publicado en Chile, Argentina, Perú, Bolivia, Ecuador, Estados Unidos, Francia, Italia, Corea del Sur y Australia.

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