PINTA MONOS DE CLASE MUNDIAL DEJÓ SU HUELLA EN IQUIQUE

Arte y Cultura 12 de febrero de 2018 Por Eduardo Cisternas
Creador de un estilo único, Alejandro González, vino a saldar la deuda que tenía con Iquique.
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- Fotografía: Cristóbal Navarrete

Aunque ha recorrido todo el mundo, Alejandro “Mono” González, nunca había pintado en Iquique. Creador de un estilo único, con el que retrató al Chile más político, en los años de la Unidad Popular, es considerado un verdadero ícono de este arte; uno de los últimos que van quedando, de una época que no volverá.

En la escuela República de Croacia dejó una muestra más de su interacción con “la calle”, “el pueblo”, “el ciudadano de a pie”, al mismo que interpela desde su taller-galería instalada en el Persa Biobio, en Santiago. “El espacio público -dice- es como el patio de la casa; entonces también tenemos que quererlo. Es un sentido de pertenencia de la ciudad. Aquí hay mucha gente que llega de otros países y que necesita sentir pertenencia, arraigo; para ese sentido de pertenencia también esto ayuda”. 

Por esta razón y considerando que la escuela República de Croacia está conformada en su mayoría por migrantes, el “Mono” González ideó un mural en el que “había que poner muchos colores y contrastes con respecto a la ciudad; de manera de superar la imagen del polvo, de la tierra, de la basura... En segundo lugar, era muy importante incorporar al público, a la gente, al espectador que está en movimiento. Y tercero, la mirada de la integración; la cantidad de personas que han llegado a esta zona y que representan la multiculturalidad”.

Gracias a una iniciativa de la Plataforma Nomadesert, el artista viajó a nuestra ciudad a pintar este mural y, poco después, retornó para realizar un nuevo trabajo, esta vez en la Rotonda Chipana. 

González reivindica con orgullo su condición de “obrero del arte; el muralismo lo fui encontrando en el taller abierto de la calle, en el arte brigadista, entre sus aciertos y errores, nutriéndome de ello. Lo fui encontrando entre los accidentes de los muros y del tiempo. En la carencia y la limitación de los materiales”. 

El mural que pintó en la Escuela Croacia, dice, “no es para contar una historia, sino para que la gente que pasa -en una u otra dirección- vaya interpretando lo que ve; son códigos visuales para la gente. Pero, lo que más me interesaba era el color, el contraste. Cambiar el paisaje visual de la población; darle cierta dignidad al espacio territorial y valorar la pertenencia, donde los muchachos y la gente de la población vive”.

Testimonio de vida

La obra, tal como señala su autor, constituye un testimonio y testamento. Testimonio para “dejar constancia de lo que yo he vivido y aprendido y además de las experiencias en que he estado… yo viví la clandestinidad en Chile, por lo tanto todo lo que hay aquí es parte de esa experiencia y en el fondo también es un agradecimiento a este país”.

Respecto a la riqueza del norte para nutrirse de íconos identitarios, el artista señala “aquí hay mucho por hacer, porque está la base de lo que pintaron los pueblos originarios. La idea es incentivar a los pintores de calle o grafiteros de calle que incorporen a la ciudad esos temas, pero que además aporten con su visión, con su trabajo. En el fondo también educarnos entre nosotros, porque también el muro es didáctico. Además, yo siempre digo que la calle es donde habitamos todos: los pobres y los ricos. Estas imágenes van aportando en un espacio libre; un espacio libre que se tiene que construir entre todos”.

También reivindica el trabajo de los grafiteros, que son mirados con recelo por gran parte de la comunidad. “A los grafiteros hay que darles un espacio; en este mural trabajamos con grafiteros y con muralistas; o sea, incorporarlos. Es darle los espacios; a veces cuando se los niegas, es cuando se producen los problemas”.

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