MANÍ 12: el lugar donde vivieron los primeros habitantes de nuestro territorio

Arquitectura y Patrimonio 29 de agosto de 2021 Por Soledad González y equipo UBO (*)
Maní 12 es el sitio arqueológico más antiguo del desierto de Atacama. Es casi dos mil años posterior al sitio más antiguo del que tenemos evidencia en el actual Chile: Monte Verde, cerca de Puerto Montt. Ambos sitios corresponden al término de una época que en la historia de la Tierra se denomina Pleisto-ceno, también conocida como la Era del Hielo. El siguiente artículo es parte del libro “Pequeña Gran Historia de Tarapacá”, que un grupo de investigadores de la Universidad Bernardo O´Higgins acaba de publicar y que está disponible, de manera gratuita, en el siguiente sitio: http://historiatarapaca.cl
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Hace 13.000 años, nuestros ancestros vivían de una forma muy distinta. Quienes poblaron la quebrada de Maní seguramente residieron en campamentos estacionales o aleros rocosos, emplazados dentro de circuitos territoriales que conocían muy bien. Maní 12 fue un campamento que congregó a los primeros tarapaqueños para tallar proyectiles y cuchillos de piedra, herramientas fundamentales en todos sus quehaceres, especialmente la caza de animales. Los cuchillos de piedra permitían cortar la carne para comerla y curtir pieles para, posiblemente, obtener cuero y fabricar tiendas, ropa y bolsas.


En Maní 12 también se han encontrado otros vestigios que nos ayudan a imaginar cómo fue la vida ahí. Un fogón para cocinar y postes para levantar tiendas revelan que se trató de un lugar que, si bien no se ocupó de forma permanente, brindó cobijo estacional a sus habitantes. En Maní 12 también se encontraron conchas, obsidiana -una roca volcánica de la cual se pueden obtener láminas muy filosas- y óxido de fierro, utilizado como colorante. Ninguno de estos elementos está presente en las cercanías del campamento. Esta evidencia sugiere que los ocupantes de Maní 12 integraron en su quehacer productos de lugares distantes. La obsidiana y otras rocas provenían de los Andes, mientras que el óxido de fierro y las conchas se traían de la costa. De la floresta tropical, incluso, obtuvieron fragmentos de madera de ceiba.


La red de intercambio de larga distancia de Maní 12 abarcó, al menos, 160 km a la redonda. Como los ocupantes de otros sitios de la misma época, los habitantes de Atacama se desplazaron por circuitos proyectados en función a su propia experiencia, nacida del conocimiento práctico que tuvieron del medio ambiente y sus ritmos estacionales. Observando las estrellas, la dirección de los vientos y el comportamiento de los animales, hicieron del desierto su hogar.

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LA VIDA EN MANÍ 12

Sobre cómo vivieron los habitantes de Maní 12 tenemos más incógnitas que certezas, aunque los estudios realizados por antropólogos y antropólogas en sociedades con evidencias materiales similares a las encontradas en Maní nos ayudan a suponer cómo fue su vida. Es probable que las personas que ocuparon Maní 12 se organizaran en clanes o grupos de parientes que se consideraban descendientes de un ancestro común, real o imaginado. Este ancestro podía ser una persona muerta hacía ya varias generaciones o un animal o ave cuyas características heredaban algunos de los parientes. En sociedades similares, cada clan creía que tenía un origen propio, que lo diferenciaba del resto de los grupos. El ancestro común era reverenciado, al igual que su nombre, y tenía la facultad de reencarnarse en las generaciones posteriores.


La relación entre los clanes estudiados por la Antropología es dinámica. A veces competían o peleaban entre sí, mientras que otras establecían redes de alianza o cooperación. Las diferencias entre miembros de un mismo clan podían ocasionar su fractura y la consiguiente conformación de uno nuevo. Un pacto, una declaración de guerra o un castigo se sellaba con un solemne ritual, a través del cual quedaba claro para ambas partes que se trataba de un inquebrantable compromiso oficial.


Las investigaciones antropológicas concuerdan en que los regalos jugaban un papel central en el equilibrio de poder entre grupos. Si un jefe de clan aceptaba un regalo, significaba que estaba de acuerdo con los términos de una negociación, aunque ello implicara aceptar una derrota. Un regalo también conllevaba una obligación, pues al recibirlo quedabas en deuda con la otra parte. Si, por el contrario, un jefe rechazaba el regalo de un enemigo, podía dar paso a un conflicto. En sociedades como Maní 12, un regalo podía hacer la diferencia entre la guerra y la paz.

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MÁS IGUALES

Los grupos organizados en clanes también se conocen como sociedades igualitarias, pues una persona no acumulaba más bienes que otra y, en consecuencia, todos poseían más o menos lo mismo. No obstante, en la mayoría de las sociedades similares a Maní 12, los hombres tenían más autoridad que las mujeres y la conducta de los más jóvenes estaba subordinada al parecer de sus parientes mayores ¿Habrá sido este el caso de los antiguos habitantes de la pampa?


El estatus, el acceso a bienes materiales y a cargos de autoridad en las sociedades organizadas en clanes dependía de reglas compartidas y tabúes, que generalmente involucraban factores como el sexo, la edad o la cercanía a los antepasados fundadores del clan. También existían jerarquías entre grupos: los más nuevos debían respetar los espacios -para cazar, fabricar proyectiles o acampar- que ocupaban los clanes más antiguos ¿Qué jerarquías habrán permeado la conducta y organización de los primeros tarapaqueños? Con todo, Maní 12 representa una época de la historia de la humanidad en que todos éramos más iguales de lo que somos hoy.


(*) Soledad González Díaz, Víctor Martínez Mellado, Tomás Sepúlveda Schwember, Victoria Urenda
Montenegro y Paulina Illanes Kurth.


PERSONAS COMO NOSOTROS

Es tanto el tiempo que nos separa de los grupos de cazadores y recolectores que poblaron Tarapacá, que a menudo olvidamos lo cerca que, en realidad, estamos de ellos. Las personas que recorrieron la pampa hace 13.000 años también experimentaron emociones como la tristeza, la desconfianza, la frustración o la alegría. Como nosotros, se enfrentaron a desafíos y problemas, que algunas veces solucionaron con éxito y otras no. Las personas que vivieron en las quebradas y las pampas tarapaqueñas compartieron afectos y entablaron relaciones de amistad y compañerismo. También lloraron la pérdida de un ser querido, experimentaron el miedo de sobrellevar un gran temblor o sintieron rabia cuando la decisión de alguien más les pareció injusta. La envidia, la soberbia y la pereza también integraron el repertorio de sus emociones cotidianas.


No conocemos el idioma que hablaron los cazadores y recolectores de las pampas ni sabemos con qué nombre bautizaron a las estrellas del cielo del hemisferio sur. Sí podemos intuir que interpretaron el paisaje en clave sobrenatural, atribuyendo cualidades humanas y no humanas a los cerros, cuevas y caminos que recorrían día a día. Solo queda imaginarnos cuando, sentados en torno a un fogón al final de la tarde, compartían una merienda y una conversación. En instancias como estas debieron fraguarse mitos protagonizados por entidades prodigiosas, que no solo contribuyeron a forjar una historia común, sino que también legitimaron prejuicios y jerarquías que se heredaron de generación en generación.

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