HAMBRE Y DESPERDICIO: LA LLAMADA URGENTE PARA UN CAMBIO DE HÁBITO

Arte y Cultura 09 de agosto de 2022 Por Edith González Cruz (*)
Si la comida que se desperdicia fuera un país, sería el tercer productor mundial de gases de efecto invernadero, por detrás de Estados Unidos y China.
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Este decenio el mundo entra en cuenta regresiva y el panorama mundial no es muy halagüeño en ninguna de las 169 metas de la Agenda 2030 ni de los 17 objetivos sostenibles. En materia de seguridad alimentaria, en el informe Seguimiento de los indicadores relativos a los ODS relacionados con la alimentación y la agricultura, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) denuncia los progresos insuficientes en este sector y alerta que de seguir así el mundo no alcanzará las metas para el 2030. 

Del informe se destaca que a la fecha, casi el 10% de la población mundial padece hambre (700 millones de personas), mientras que el 26% padece inseguridad alimentaria grave (2 mil millones).  En el caso de la región de América Latina y el Caribe se registra un aumento a un ritmo mayor en inseguridad alimentaria, en comparación con el resto del mundo. Así, pasó del 23% en 2014 a 32% en 2019. Una enorme diferencia hacia el peor escenario de salud. Actualmente existen 9 millones de latinoamericanos con hambre. 

Paradójicamente, estas cifras contrastan con el hecho de que a nivel mundial un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano son desperdiciados (1,300 millones de toneladas al año). Ya sea por una ineficiente cadena de suministro (transporte, empaquetado, refrigeración), por su aspecto o simplemente porque ya fueron cocinados y no consumidos.

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DERROCHE

Para poner fin a tanto derroche, desde hace unos años han surgido varias iniciativas ciudadanas de gran éxito que buscan reducir la cantidad de alimentos desperdiciados y crear conciencia en la población sobre la relación entre alimentos y el cuidado de los recursos naturales (agua, suelo, mares, océanos, biodiversidad, etc.). Muchas de ellas tienen su origen en los países europeos, pero ya se han expandido a otras regiones del mundo. Ejemplo de ello son el movimiento Slow Food, las tiendas We Food, los eventos Disco Sopa o el Freeganismo, éste último nació en Estados Unidos, pero se fortaleció en Europa. 

Posiblemente, gran parte del éxito de estas iniciativas se deba a que desde hace al menos diez años, la ONU emprendió una serie de actividades que buscaban erradicar este problema creciente, ya fuera a través de políticas públicas con gobiernos o con apoyo de la sociedad civil.

Del trabajo con gobiernos, el resultado fue que Francia e Italia ya tienen una legislación que obliga a los supermercados a donar la comida sobrante a organizaciones benéficas y bancos de alimentos. Con ello se evita que la tiren a la basura, y quien lo haga deberá pagar una multa de hasta 75 mil euros. La ley también prohíbe destruir deliberadamente los alimentos, tal como lo hacían antes en algunos restaurantes y supermercados que bloqueaban contenedores o vertían cloro sobre los alimentos para evitar que la gente los aprovechara. El resto de los países de la Unión Europea, como Alemania, España o Reino Unido, evitaron legislar sobre el tema y optaron por implementar programas de gobierno para reducir el desperdicio.

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LATINOAMÉRICA

En el panorama latinoamericano, también es posible observar algunas medidas. Países como Colombia y Perú aprobaron en el 2016 sus propias leyes contra las pérdidas y desperdicios de alimentos, mientras que Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, Guatemala, Honduras y Uruguay están impulsando leyes similares. 

En Chile, desde hace cinco años existe en el Senado un proyecto que busca regular el desperdicio de alimentos en establecimientos comerciales. Sin embargo, este aún permanece en discusión en la Comisión de Salud. Esperamos que al calor de la ola de cambios sociales que se vive en el país, por fin se apruebe.

Volviendo a las iniciativas ciudadanas para reducir el desperdicio de alimentos, cabe señalar que mucho antes de las leyes que prohíben tirar los alimentos, ya existía –y sigue existiendo-, la donación de alimentos, pero de manera voluntaria. Muchos bancos de alimentos alrededor del mundo han contribuido a paliar el hambre mediante las alianzas que han establecido desde hace décadas con el sector agroalimentario. En Chile, desde el 2003 existe la Red de Alimentos (RdA) que distribuye alimentos donados a cientos de organizaciones sin fines de lucro en todo el país.  

De las iniciativas ciudadanas antes mencionadas, vale la pena revisar sus fines y alcances, ya que la mayoría vinculan el tema del desperdicio de alimentos con el impacto ecológico, el derroche de recursos y el cambio climático. Además, que tienen presencia y éxito en Chile desde hace años.

El nexo entre gastronomía y cuidado del planeta es la esencia del movimiento internacional Slow Food. Fundado en Italia en 1989 bajo la premisa de defender la biodiversidad, el patrimonio alimentario local, apoyar los sistemas de producción agroecológica, estrechar la relación entre productor-consumidor y promover la educación alimentaria. Su postura está claramente en oposición a la ‘fast food’, símbolo de la alimentación industrial, basada en un exceso de productos procesados, químicos y dañinos tanto para la salud como para el planeta.

En los 150 países donde tiene presencia este movimiento sociocultural busca garantizar que todo el mundo tenga acceso a una comida buena, limpia y justa, integrando en su causa a agricultores, consumidores, restauranteros, chefs y activistas.  En Chile tiene presencia desde hace una década y ya tiene sedes en seis regiones del país: Metropolitana, de Coquimbo, de Biobio, de los Ríos, de La Araucanía y Los Lagos. El movimiento apoya proyectos a pequeña escala de grupos de campesinos y pequeños productores familiares, como son los Convivia, las Comunidades del alimento y Baluartes.

(*) Edith González Cruz es periodista ambiental con más de 10 años de experiencia. Tiene una maestría en Estudios Latinoamericanos. Su amor por la naturaleza la llevó a cursar la carrera de biología, la cual espera terminar algún día. Se inspira pedaleando en un día soleado. Este artículo fue publicado in extenso en www.endemico.org


Comer menos carne… o dejar de hacerlo 

Aunque ahorrativa y noble, recuperar alimentos de la basura no es tarea fácil. Los olores y lixiviados (percolado) hacen dudar a más de una persona, y eso que en su mayoría lo que se rescata son verduras, frutas y hortalizas. La carne no se recupera, no sólo por principio ético, sino porque conlleva más riesgo a la salud, ello a pesar de que la producción de carne es la que consume la mayor cantidad de recursos y la que presenta una huella ecológica por encima de cualquier otro alimento.

Para contrarrestar el elevado consumo de carne a nivel mundial y con ello mejorar la salud humana y del planeta, en el 2009 Sir Paul McCartney, un vegano histórico, lanzó la campaña “Lunes sin Carne” (Meat Free Mondays). A la fecha, la campaña está presente en 50 países y muchos activistas han presionado a sus gobiernos locales para introducir políticas públicas para que escuelas y restaurantes se sumen a esta campaña. 

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A la fecha, en escuelas y algunos hospitales públicos de Los Ángeles y Nueva York, Estados Unidos; Sao Paulo, Brasil y Medellín, Colombia ya se implementan los lunes sin carne y, en España, el Partido Podemos promovió una iniciativa para que los colegios y restaurantes no ofrezcan carne en sus menús. En Chile, la campaña es liderada desde el 2012 por la organización Vegetarianos Hoy y en el 2018 el Ministerio de Medio Ambiente se convirtió en la primera institución pública en adherirse a los lunes sin carne. 

Sin duda, empezar por un día sin carne es un inicio para transformar la dieta diaria. Sin embargo, urgen políticas públicas de mayor impacto para reducir su consumo ya que la producción de carne a nivel global, va en aumento. En Chile, de acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) reportados en el Informe Ferias y Mataderos para el trimestre abril-junio de este año, la producción de carnes en general aumentó respecto al año anterior. En bovinos el aumento fue del 2,7%, porcinos 3,6%, ovinos 4,9% y pollos 3,0%.

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