
El año del reencuentro: la fiesta de LA TIRANA brilló más que nunca
Reinaldo Berríos González
Fotos: Insitu
Una “diabla” cojea vistosamente al caminar por una calle adyacente al templo de La Tirana, haciéndole el quite a los hoyos del pavimento y a la muchedumbre que suda y suda, mientras espera turno para saludar a “la chinita”: “Las calles estaban imposibles -señala-, llenas de hoyos y desniveles; algunos terminaron con esguinces e incluso fracturas por el mal estado del pavimento”. Se aleja, apoyada en el hombro de su pololo, y busca una sombra, un refrigerio, un soplo de aire, porque -nos asegura- va a seguir bailando.
Las calles llenas de baches no van a torcer la voluntad de Macarena Sánchez, una trigueña de 40 años que baila desde que era niña. Tampoco la de Antonio Flores, que viajó desde Valparaíso con sus 80 años a cuestas, al encuentro con la Virgen: “Me demoré 32 horas en llegar, pero todo vale cuando se trata de La Tirana. Anoche tuve que dormir en una caja de cartón, en el suelo, al lado de un puesto de la feria, porque están muy caros los arriendos: 200 mil pesos por los días que dura la fiesta”.
“La emoción que se vivió al llegar a la tierra santa de acá, de la chinita, fue diferente comparada con otros años, porque se echó de menos tantos años que no vinimos”.

El sacrificio de este porteño es admirable, porque -además- con la bulla de las bandas y bailarines, no pudo pegar un ojo en toda la noche. “No he dormido nada, pero apareció una persona que me vio tirado en la calle, me prestó una carpa y ahí pude pegar algunos meucos”. Una situación muy distinta es la que vive Hilda Cardona, quien se radicó en La Tirana hace algunos años, tras abandonar su pueblo natal, San Ignacio de Moxos, en el sector del Beni, en Bolivia.
Hilda se enamoró de un iquiqueño y se dedica al comercio. “Este puesto es mío, lo compré hace algunos años y nos ha ido muy bien, porque no pagamos arriendo”, nos cuenta. Su rubro son las imágenes de santos, vírgenes y el niño Dios. Los trae desde Arequipa y nos cuenta que la imagen más grande de la Virgen del Carmen, de aproximadamente 1,5 metros de altura, cuesta un millón de pesos”.

Concentración, devoción y fe... el resumen del espíritu que envuelve a los bailarines de La Tirana.

IMPRONTA NORTINA
Han pasado cuatro años desde que se celebró oficialmente la última fiesta, en 2019, y los cambios que ha experimentado el poblado son notables y notorios: la mayoría de las calles lucen renovadas con adoquines. Y las casas, poco a poco, dejan su impronta de caña y barro para dar paso a las cerámicas y porcelanatos de zona franca. Hipólito Conejeros, un comerciante que vende máscaras, justo en la calle de acceso a la explanada, lo resume: “El pueblo ha cambiado mucho y los hábitos de consumo también. Estas son las últimas máscaras que van quedando; creo que el próximo año sólo vendré a saludar a la Virgen, pero ya no a vender”.
Las ferias, atiborradas de todo tipo de productos, algunos bastante inverosímiles, como las alcancías gigantes con forma de cerdo “donde caben exactamente 5 millones de pesos en monedas de 500”, no hacen sino agregarle un toque de excentricidad al verdadero centro de atención: el culto mariano a la Virgen del Carmen. “Bailo desde los nueve años y desde los 16 soy caporal”, nos cuenta Jorge Valdivia, un tocopillano de 50 años del baile Gitanos del Carmen. “La emoción que se vivió al llegar a la tierra santa de acá, de la chinita, fue diferente comparada con otros años, porque se echó de menos tantos años que no vinimos. Al llegar acá la encontramos (la fiesta) más hermosa que otros años. Nos llenamos más de fe, de alegría. Estamos todos contentos de estar acá”.
El sacerdote diocesano Armando Vergara, que está de regreso en Iquique, después de haber estado mucho tiempo fuera de la ciudad, nos señala que los bailarines tienen sentimientos encontrados al retornar al pueblo: “Por un lado la alegría de poder retomar el ritmo, la costumbre, la tradición; por otro lado, nostalgia porque en esta zona, lamentablemente, la pandemia fue dura, fue agresiva y ha llegado -incluso- con las secuelas de la enfermedad. Ni qué decir de aquellos que no pudieron sortear la enfermedad y ya no están con nosotros”.

Las imágenes religiosas, fabricadas en Arequipa, Perú, pueden llegar a costar un millón de pesos.

EMOCIONADOS
Franco Silva baila como diablo suelto, es decir que no pertenece a ninguna cofradía, desde el 2015, pero antes lo hacía en “los chinos”, uno de los bailes más tradicionales. “Tengo que confesarlo: me emocioné mucho cuando hice la entrada… más de una, en realidad muchas, muchas lágrimas brotaron de mis ojos. Cuatro años que no estábamos acá, así que ahora hay que entregarlo todo; bailar hasta quedar rendido”. Dani Campos, caporal de la diablada el Sol de Tocopilla, nos cuenta que tienen más de cincuenta años bailando en La Tirana. “Todos tomamos vacaciones en estas fechas para venir a saludar a nuestra madre; no hallábamos la hora de volver”.
“Juntamos recursos para pagar las bandas, para viajar y para los gastos básicos. Tenemos que arrendar un bus para llegar hasta acá y algunos viajan en vehículos particulares; hay de todo”.

Como todos los bailarines que se dan cita en el pueblo, Campos señala que deben trabajar mucho durante el año para estar presentes en la fiesta. “Juntamos recursos para pagar las bandas, para viajar y para los gastos básicos. Algunos bailarines se quedan en carpas, otros arriendan piezas… Tenemos que arrendar un bus para llegar hasta acá y algunos viajan en vehículos particulares; hay de todo”.
Las mudanzas, que son las coreografías con que bailan en el pueblo, pueden durar 45 minutos o hasta una hora, a pleno sol. Por esta razón no es raro que algunos bailarines se desmayen, necesiten atención de sus compañeros o de quienes ayudan en la logística de la organización. Este año ha estado especialmente caluroso, razón por la cual la nueva posta -que luce impecable a la entrada del pueblo- ha tenido mucho trabajo: desmayados, esguinzados e incluso fracturados. Todo por cumplir con “la chinita”, por rendirle homenaje a la Virgen del Carmen de La Tirana, la Reina del Tamarugal.

Soportando los 30 y más grados de calor, las familias caminan por las calles del pueblo, antes o después de bailar.
Algo insólito en los bosques del Tamarugal
El Premio Nacional de Historia, Lautaro Núñez, iquiqueño que ha estudiado la fiesta desde hace décadas, lo resume en su último libro “La Tirana. Desde sus Orígenes hasta la actualidad”: “Se sabe que todos los años sucede algo, aparentemente insólito, en los viejos bosques del Tamarugal, en el centro del desierto chileno. Una población heterogénea, conformada por devotos curiosos, observantes, promeseros y comerciantes, comienza a adueñarse de todos los rincones, configurando por tradición una conciencia colectiva que sustenta y explica la reiteración de tan poderosa y enigmática convocatoria”.
Se observará aquella iglesia en su entorno rural, desproporcionada a la humildad del villorrio; se extenderá en una plaza abierta a los bailes promeseros y las gentes harán girar un extraño caleidoscopio de buses, andarines, fondas, polvo, carpas, ferias, dolorosas mandas, encuentros, calor, frío y esos desconcertantes estampidos de bombos, que nos introducen en el vórtice de una atmósfera de inmenso misterio, sostenida por la pequeña China del Carmelo”.



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