“Las balas del Niño Dios”: La batalla de Tarapacá y la formación de la nación en el SUR DEL PERÚ (*)

El 6 y 7 de enero de 1842 fuerzas peruanas y bolivianas se enfrentaron en el pueblo de Tarapacá como resultado de un persistente conflicto fronterizo originado en el complejo proceso de conformación republicana de ambos países. Situado este hecho en la memoria de peruanos y tarapaqueños mediante la prosa del escritor Ricardo Palma, el presente artículo aborda este acontecimiento buscando ir más allá de la retórica mítica, heroica y literaria.

Memoria 19/12/2023 Luis Castro Castro (**)
Batalla 1
La historia tiene mucho que contar en el poblado de Tarapacá, como esta desconocida batalla de la época peruana.

Para fines de 1841 estaba claro que la amenaza de una incursión boliviana en Tarapacá era inminente.  La duda no estaba puesta en si ocurriría o no la penetración de las fuerzas militares del vecino país, sino cuándo se materializaría. Así se lo manifestó el subprefecto peruano Calixto Gutiérrez de la Fuente al prefecto del departamento al informarle de su inspección realizada los últimos dos días del señalado año: “Agitado sobre manera por reservar a esta provincia del contagio Boliviano y queriendo por mi propio instruirme del estado de su capital, me constituí en ella el 30 del pasado con los oficiales aquí estacionados. El sentimiento de aquellos vecinos por no tener armas para oponerse a cualquier tentativa, me hizo esperar un porvenir sensible, si ese orgulloso conquistador pusiese sus miras sobre pueblos acostumbrados a obedecer solo sus leyes y legitimas autoridades...”. 

Aún más, para el 31 de diciembre el subprefecto Gutiérrez de la Fuente disponía de información verificada de que la fuerza boliviana se acercaba a San Lorenzo de Tarapacá por la ruta del pueblo de Chusmiza desde la ciudad de Oruro, lo que logró comprobar al día siguiente cuando el comandante de la fuerza boliviana destinada a ocupar Tarapacá, el coronel José María García, le hizo llegar a través del teniente boliviano, Hilarión Ortiz, un mensaje de sangre que pudiera haber por causa suya.

Finalmente, el 2 de enero de 1842 la columna boliviana ocupó la capital de la provincia tarapaqueña sin mayor resistencia “por faltar elementos de guerra”, una situación que caló hondo en la máxima autoridad de la provincia.

El subprefecto peruano, de manera inesperada, no sólo tomó preso al teniente Hilarión Ortiz, el mismo que había comandado una columna boliviana de penetración un año antes y que en esta ocasión era el mensajero de García, sino además respondió con decisión que, “careciendo por ahora la provincia a mi mando de los elementos necesarios para repeler cualesquiera fuerza que, como la de su mando, quiera ocuparla, le digo: que me separo de esta capital, protestando como protesto de todo acto hostil que contra el vecindario y sus bienes puedan dictarse”. Finalmente, el 2 de enero de 1842 la columna boliviana ocupó la capital de la provincia tarapaqueña sin mayor resistencia “por faltar elementos de guerra”, una situación que caló hondo en la máxima autoridad de la provincia. De este modo, para el subprefecto Gutiérrez de la Fuente el inconveniente de no poder responder a las fuerzas invasoras no fue indicativo del “estado en que se hallaban” los vecinos de la provincia de Tarapacá, sino exclusivamente a la falta de recursos logísticos y pertrechos.

PUEBLO FANTASMA

Los residentes más influyentes, además de una buena parte de los otros grupos sociales también, abandonaron el pueblo de San Lorenzo de Tarapacá y se reunieron, tanto en el puerto de Iquique como en algunas oficinas salitreras para aportar financiera y humanamente a la conformación de una fuerza restauradora. Esta medida fue tan efectiva, que el coronel José María García le comentó a sus superiores ubicados en la ciudad de Oruro que “hoy día me encuentro sin tener un solo individuo con quien tratar, porque hasta el cura es uno de los emigrados”.

Batalla 2

De este modo, ocurrida la ocupación y al no ser posible el contrarrestarla a fuego, el subprefecto Gutiérrez de la Fuente decidió implementar acciones de espionaje y un “cercado del hambre”. Estas medidas le permitieron enterarse que las fuerzas de ocupación solo la componían un “número de cuarenta infantes”, lo que lo animó al día siguiente de la invasión a poner en “marcha sobre aquel punto” una “columna a pie y montados y perfectamente armados”.

Este último dato es relevante, porque muestra que, si bien las fuerzas peruanas no estuvieron en condiciones de enfrentar inmediatamente a la columna boliviana de ocupación, tampoco fueron carentes en lo absoluto. De hecho, al salir del pueblo de San Lorenzo el subprefecto llevó consigo doce hombres de caballería y seis infantes de los “dispersos y nacionales” con su respectivo armamento, recursos que precisamente le permitieron en parte llevar adelante el acoso como estrategia de desgaste de las tropas invasoras.

ESTRATEGIA

Según el historiador Jorge Basadre, una vez recompuestas las fuerzas, el mayor Juan Buendía salió desde Iquique con una columna de voluntarios hacia San Lorenzo de Tarapacá, presentando batalla a partir de la noche del 6 de enero con ayuda de vecinos de la capital provincial, combate que duró hasta las siete de la mañana del día siguiente. Sin embargo, lo que efectivamente ocurrió es que Buendía antes de presentar refriega se instaló en la oficina salitrera La Peña, siguiendo al pie de la letra la estrategia diseñada por el subprefecto, al parecer, días antes de la invasión.  

En esta salitrera no sólo aglutinó hombres y armamento, sino que despachó el 4 y 5 de enero grupos armados para hostilizar de día y de noche a la columna de ocupación.  Fue  tan  exitoso  este  procedimiento, destinado a debilitar las fuerzas invasoras, que el coronel boliviano José María García le solicitó a sus superiores el envío de tropas de infantería y caballería con el propósito de poder enfrentarlos: “se hallan muchos dispersos, y los va reuniendo el comandante Juan Buendía a distancia de catorce leguas llamada La Peña, y este señor van dos noches que me tiene abrumado con sus tiros, con los doce de caballería que  tiene, y como están bien montados no les puedo hacer nada, y si tuviese ya la mitad de la caballería, podría tomarlos como también toda la caballada; pues con lo que tengo no puedo perseguirlos una sola cuadra porque en su vida han manejado el arma, y quizás los más de ellos no la han conocido”. Continúa el relato: “Esto es que me hallo con hombres armados y en inacción”.

 Así, la fecha y la hora escogida para repeler a los invasores obedeció a una planificación inteligentemente articulada:  una tropa boliviana sin dormir durante dos noches seguidas, además sin descanso y mal alimentada por el mismo lapso. El relato del combate por parte del propio mayor Juan Buendía se emitió en los siguientes términos: “A mi aproximación a Tarapacá, se me reunió bastante gente, aunque sin armas los más. Ello es que el 6 de enero a las 11 de la noche estuve frente al enemigo que ocupaba una posición casi inexpugnable; favorecido de la cual me rompió un vivo fuego que fue contestado por los nuestros con no menor ardor por lo que al poco rato me encontré sin municiones”.

Agrega: “mas, el entusiasmo del pueblo remedió esta falta, pues mientras nos batíamos, ellos construían cartuchos con los que me sostuve hasta las 7 de la mañana del 7, habiendo habido toda la noche un fuego sin interrupción. Los paisanos que tenía sin armas, hice fuesen a tirar piedras y galgas al enemigo desde un cerro que domina la casa que ocupaban; y se llenaron tanto de terror que a la hora dicha se me rindieron a discreción quedando muerto el coronel boliviano José María García, jefe de la fuerza invasora; mal herido el mayor Coloma, hermano de mi compadre, y 9 individuos de tropa. Nuestra pérdida consiste en la muerte de un soldado y 5 heridos”. 

Mientras nos batíamos, ellos construían cartuchos con los que me sostuve hasta las 7 de la mañana del 7, habiendo habido toda la noche un fuego sin interrupción. Los paisanos que tenía sin armas, hice fuesen a tirar piedras y galgas al enemigo desde un cerro que domina la casa que ocupaban.

“No quedó un solo boliviano que en el combate del 6 y 7 del corriente no fuese o prisionero o muerto, y el Perú ha dado con este suceso feliz en uno de sus más remotos ángulos, un nuevo realce al sentimiento enérjico (sic) de que se halla poseído, desde que trata de vengar las injurias de Incague, y de contener los pasos de humillación con que Ballivian marcha sobre el territorio de la patria. El suceso de Tarapacá es pequeño en sus resultados militares; pero es de la mayor importancia en el cálculo de las probabilidades políticas. Llena de honor a sus autores; realza el entusiasmo nacional, y es una gran lección de que debe sacar provechos el tiranuelo de Bolivia, para saber desde ahora la suerte que le espera...”. 

(*) Extracto y resumen periodístico del trabajo publicado en revista “Historia Unisinos”. 

(**) Académico de la Universidad de Tarapacá.


Vecinos de Tarapacá recuperaron el 

pueblo con Las balas del Niño Dios”

 

Como queda establecido en esta y otras narraciones, la participación de los vecinos tarapaqueños (ricos y pobres, mujeres y hombres, blancos, mestizos e indígenas) fue determinante en el triunfo peruano, tanto por su aporte a la implementación de un batallón como a la respectiva dotación de armas y cartuchos. De este hecho se derivó la leyenda de la fundición de la imagen de la iglesia para la fabricación de las municiones, relación que tomó el escritor Ricardo Palma en sus Tradiciones Peruanas bajo el título de “Las balas del Niño Dios”.

Más allá del relato heroico instalado por Palma, el triunfo de las fuerzas peruanas en la llamada batalla de Tarapacá se sustentó en dos dinámicas sociales: (i) la reproducción de un discurso nacionalista por parte de la elite tarapaqueña que visibilizara, en Lima y los otros centros de poder, su incuestionable pertenencia al Perú; (ii) la recomposición de las fuerzas políticas locales en referencia a los caudillismos y las pugnas palaciegas. 

En efecto, la crisis político-militar de 1841 impulsó, al generar un escenario propicio, la voluntad de la población de la provincia, sobre todo de la más encumbrada, para generar una agencialidad vinculante con un imaginario nacional; es decir, la oportunidad para ser parte efectiva de la república y ratificar con ello –despejando de paso a través de la fuerza de las acciones y las convicciones– las dudas de quienes veían factible todavía el recomponer la territorialidad entregando a Bolivia el puerto de Arica y la provincia de Tarapacá con sus riquezas mineras.

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