La época de Matías González de Cossio: minas, oficinas y sociedad en Tarapacá colonial (parte 1)

El caso de Matías González de Cossio, motivó al autor de este artículo al estudio de la minería preindustrial en Tarapacá como un proceso histórico, económico y social, único a lo largo de ambos siglos. Hubo notables personajes en el antiguo Tarapacá, no solo élites, también trabajadores subalternos, peritos mineros, rebeldes y exploradores del desierto. Aquí la primera entrega de esta interesante historia.

Memoria 07/03/2024 Damián Lo (*)
Minería colonial 1
Tarapacá, en un plano de la Intendencia de Arequipa hacia 1796. El autor es Andrés Baleato. Fragmento del Plano general del Reyno del Perú en la America Meridional.

En estas líneas abordaremos algunos aspectos de la historia social y económica de Tarapacá con relación a la trayectoria de un personaje en particular, Matías González de Cossio, quien nació alrededor de 1750 y falleció en 1813. Sus actividades y los derroteros de su vida reflejan en gran medida lo que fue la sociedad tarapaqueña de la época, articulada en torno a la minería pre-industrial y la sociedad colonial de castas.

La industrialización del salitre en el desierto tarapaqueño ha generado abundante historiografía. La minería metálica colonial, en menor medida, también ha suscitado el trabajo de destacados autores. Estos trabajos han legado un valioso conocimiento sobre la época colonial y la sociedad salitrera, abordando la historia social y económica de la región en función del tiempo histórico-político o del tipo de mineral exportado. 

UNA NUEVA VISIÓN

Sin embargo, esta parcelación del conocimiento histórico ha dejado un importante vacío producto de la división artificial de la historia minera de Tarapacá en una época colonial de la plata y otra época republicana del salitre. Esta perspectiva, hegemónica en los estudios regionales, infravalora la abundante evidencia relativa a relaciones sociales y formas de producir que se originan en la minería colonial y se prolongan en la producción salitrera republicana hasta muy entrado el siglo XIX. En contraste, proponemos un relato unificado del desarrollo histórico de la sociedad regional a partir de la minería colonial como antesala necesaria de la ulterior industrialización decimonónica.  

La parcelación del conocimiento histórico ha dejado un importante vacío producto de la división artificial de la historia minera de Tarapacá en una época colonial de la plata y otra época republicana del salitre.

El régimen proto-industrial de producción minera nació con el redescubrimiento de Huantajaya y sus tempranos registros entre 1718-1727 y concluyó con la maquinización de las oficinas salitreras en la segunda mitad del siglo XIX. A lo largo de este extenso periodo, los tarapaqueños y tarapaqueñas vivieron de producir y exportar mineral refinado con tecnología pre-mecánica que se expresó socialmente en la concentración de oficios manuales en las modestas oficinas de beneficio minero. 

Carecían de capitales propios y para producir debían endeudarse con comerciantes que habilitaban la producción mediante créditos en dineros, herramientas, alimentos e insumos de trabajo. Los antiguos tarapaqueños tenían las pertenencias mineras, las oficinas de beneficio y conocían la provincia y sus recursos. Los comerciantes, externos al territorio, relacionados con éste mediante agentes, traían los créditos y los víveres que las agrestes quebradas y el árido desierto no proveían en cantidades suficientes.

ENDEUDAMIENTO

Este endeudamiento crónico precarizó permanentemente los medios de trabajo, las infraestructuras productivas y las relaciones laborales. Dado que la mayor parte de la producción se empleaba en saldar deudas prexistentes, era muy escaso el margen de utilidades para el productor minero. Este sistema se reprodujo en las relaciones laborales entre productores propietarios y peones mineros endeudados por adelantos que laboraron junto con formas diversas de servidumbre y esclavitud. 

La disciplina laboral se implementaba mediante la capilla y la sumisión sociocultural al patrón, o bien mediante el látigo y los trabajos forzados. Este régimen de producción fue la base de la transición al capitalismo a partir de una sociedad donde coexistieron prácticas y relaciones sociales de la naciente modernidad capitalista con el legado feudal europeo.

Un aspecto relevante de un circuito de producción minera es el hecho de que material extraído del subsuelo rara vez se presenta como mineral puro. Normalmente era un conjunto de rocas y tierras en la cual se encuentran mezclados fragmentos de plata. La ley del mineral se medía por marcos de plata contenidos en un cajón de 50 quintales de material. Un marco equivale a 230 gramos en el sistema métrico decimal. Un quintal español tiene a su vez 100 libras o aproximadamente 45 kilos. La proporción de esta relación es variable según contextos históricos y naturaleza de los minerales. Por ejemplo, durante el auge de las minas Potosí en el siglo XVII se observó un promedio de 13 a 14 marcos por cajón de 50 quintales. En el siglo XVIII, agotadas las vetas de alta ley, un cajón rendía entre 4-8 marcos de plata. La pureza del marco de plata a su vez se medía en dineros donde un marco de plata de doce dineros era la medida perfecta de total pureza. Existieron diversos métodos para extraer la plata de las tierras extraídas de la bocamina, proceso conocido como beneficio. 

El mineral rara vez se presenta como mineral puro. Normalmente era un conjunto de rocas y tierras en la cual se encuentran mezclados fragmentos de plata.

PROCESAMIENTO

Si se presentaba una alta concentración de plata pura, se podía beneficiar por fundición. En caso contrario, minerales de baja ley se podían procesar empleando mercurio, llamado azogue, según el método que inventó Bartolomé de Medina en el siglo XVI. Primero se molía el mineral para convertirlo en harina, posteriormente se preparaba el cuerpo o torta de mineral molido con cantidades variables de mercurio, llamado comúnmente azogue, sal, agua y otros minerales que actuaban como acelerantes. Un jornalero, el repasiri, repasaba esta mezcla escobillando con los pies desnudos y se esperaba a que los rayos del sol actuasen propiciando la amalgamación que es la separación de la plata del resto del material. Posteriormente, Alonso de Barba inventó en la actual Bolivia el método de cazo y cocimiento que empleaba un fondo de cobre sobre un horno para acelerar el proceso de amalgamación.  

Si se presentaba una alta concentración de plata pura, se podía beneficiar por fundición. En caso contrario, minerales de baja ley se podían procesar empleando mercurio, llamado azogue.

Una vez concluida la amalgamación se lavaba con agua el cuerpo o torta para despejar residuos, denominados relaves o lamas y obtener la pella, masa de plata y mercurio. Posteriormente, se procedía a desazogar, separar la plata del mercurio mediante una cuidada exposición controlada al calor empleando un horno dentro del que se montaba la pella dentro de una caperuza: cilindro de barro o cobre. La forma de la caperuza dio al producto final la semejanza de una piña, una masa de plata con un 99,5% de pureza. Estas eran generalmente entregadas a los comerciantes habilitadores en pago por las respectivas deudas. 

Las unidades productivas de refinar mineral figuran con diversas denominaciones. Hacienda u oficina de beneficio de metales o bien oficina a secas, concepto de larga tradición histórica que se remonta al periodo hispanorromano. La officina, taller en latín, era la denominación que obtenía una mina, fiscal o concesionada a un privado por el emperador, junto con sus edificios, implementos, hornos, ingenios de molienda etc. bajo la dirección de un técnico especialista, el machinarius, personaje que siglos después denominaremos mayordomo o administrador. La palabra azogue también derivó en llamar “azoguerías” a las oficinas y “azogueros” a sus dueños.

QUEBRADA DE TARAPACÁ 

A veces, una parte de la unidad productiva se emplea por costumbre para denominar al conjunto. Es el caso del concepto buitrón o butrón. Un diccionario de 1791 define: “Es un sitio bastante plano y enlozado con piedras en que se colocan las harinas, y se sigue el beneficio de amalgame de ellas en porciones que llaman cuerpos. En México se nombra incorporadero o patio”. Este patio, se ubicaba en el centro del recinto, rodeado de un muro perímetro y edificios. La palabra trapiche, voz que designa al dispositivo de molienda, también daba nombre a toda la oficina. En el caso normalmente refiere a piedras denominadas guimbaletes: una piedra base con un centro cóncavo denominada solera sobre la cual se ubica una segunda piedra, la voladera. La voladera tiene un agujero por donde cruza un tronco que era empleado por dos operarios como un balancín que permitía triturar mediante fricción los materiales depositados entre ambas piedras.

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Pueblo de San Lorenzo de Tarapacá dibujado por Antonio O’Brien Hacia 1765.

La primera ubicación de las oficinas fue el curso inferior de la quebrada de Tarapacá, donde se localiza la ex capital regional, el pueblo de San Lorenzo y las pequeñas localidades vecinas de Guarasiña y Tilivilca. La quebrada es una hoya hidrográfica conformada por la convergencia de una serie de quebradas menores con origen en Colchane, actual frontera con Bolivia. A lo largo de este sistema se presentan aguas endorreicas en forma de aguadas y ríos que tienen un cauce cambiante a lo largo del año y tributan a la capa freática bajo la Pampa del Tamarugal. 

Estas oficinas obedecieron a un modelo resumido por el historiador Peter Bakewell: “consistía en una amplia plaza cercada por un muro donde había almacenes, establos, una capilla, alojamiento para los amos y los trabajadores, maquinaria para triturar el mineral, tanques o patios pavimentados para amalgamarlo y cisternas para lavarlo”  La distancia entre las minas, concentradas en la cordillera de la costa, hasta la quebrada de Tarapacá, fue un inconveniente que se compensaba con el acceso a recursos como agua y alimentos, facilitando las faenas y la concentración de fuerza de trabajo: esclavos, peones y mitayos, indígenas que eran colectivamente forzados al trabajo remunerado.

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Arriba: Oficina de Guarasiña, propiedad de Francisco de la Fuente, hacia 1826. Abajo: Explicación, según George Smith, 1926. 

(*) La segunda parte de este artículo será publicada en la próxima edición.

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