LA DEMOCRACIA DESPUÉS DE OCTUBRE

Opinión 24 de julio de 2020 Por Sergio González Miranda (*)
La marcha épica, que colmó la Alameda y Providencia, teniendo a la Plaza Italia, hoy Plaza de la Dignidad, como un corazón que latía al ritmo de cacerolazos, representó lo mejor de Chile: fue un grito de solidaridad cuando creíamos que el individualismo y el egoísmo ya formaban parte de nuestro ADN.
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Foto y arte: Lucía Molina Riffo

Quienes hemos sido testigo de sucesos como mayo de 1968, el golpe de estado de 1973 y el retorno a la democracia en 1989, creíamos que teníamos todos los códigos explícitos y tácitos para explicar los procesos sociales en Chile; sin embargo, nos quedamos sin argumentos en octubre de este año. Quizás lo más apropiado sería hacer una distinción analítica para comprender (al menos una parte) de lo acontecido. Abordaré aquí solo dos aspectos, a saber:

En primer lugar, el aspecto positivo, la gran marcha del 25 de octubre que movilizó alrededor de un millón y medio personas de casi todas las clases sociales, protestando por el abuso y la colusión empresarial, la desigualdad social creciente, los salarios de hambre, el largo camino para alcanzar la casa propia de 40 metros cuadrados, una salud para ricos y otra para pobres, la mala calidad de la educación, la discriminación étnica y de género, la desidia de los políticos, la necesidad de una nueva constitución política del Estado, el término de las AFP por ser la expresión más evidente de un modelo de seguridad social insensible con sus adultos mayores, entre otras demandas.

“La elite exitosa -después del 25 de octubre- ha reconocido que los sueldos y pensiones más bajos no alcanzaban para la sobrevivencia de muchas familias chilenas”.

Esa marcha épica que colmó la Alameda y Providencia, teniendo a la Plaza Italia, hoy Plaza de la Dignidad, como un corazón que latía al ritmo de cacerolazos, representó lo mejor de Chile: fue un grito de solidaridad cuando creíamos que el individualismo y el egoísmo ya formaban parte de nuestro ADN.  Fue un grito de rebeldía frente al descaro de los fraudes fiscales, el financiamiento ilegal de la política, el lobby institucionalizado, las colusiones de las farmacias y del papel higiénico, el endeudamiento de los estudiantes universitarios. Sobre todo, fue para que en Chile regresara la dignidad y la autoestima a sus habitantes. Una marcha que se concentró en el eje equidistante de una ciudad que discrimina espacialmente: de la plaza Italia hacia arriba y de la plaza Italia hacia abajo. Chile expresa en sus ciudades las desigualdades sociales y culturales. Siendo la mayor desigualdad territorial la que se observa entre la capital y las regiones. Y, lamentablemente, ello se replica en las propias regiones entre sus capitales y las comunas.

Esta gran marcha, junto a otras que se realizaron en todo Chile, despertaron la conciencia nacional que estaba obnubilada por un aparente éxito económico que llevó al país al selecto grupo de la OCDE. Elite exitosa que después del 25 de octubre ha reconocido que los sueldos y pensiones más bajos no alcanzaban para la sobrevivencia de muchas familias chilenas.

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El sonido de los cacerolazos despertó también la conciencia o la culpa de los políticos, a tal punto que dejaron sus inútiles diferencias para firmar un acuerdo por la paz social y una nueva constitución política para Chile, para dejar atrás definitivamente la espuria constitución escrita en dictadura. Con ello demostraron que representaban uno de los engranajes fundamentales de la democracia.  La democracia se basa en un sistema de partidos políticos y no en otros organismos intermedios como gremios o asociaciones. Quizás la democracia que conocemos esté desgastada, pero siempre es bueno recordar que ella se sustenta en valores como la libertad de pensamiento, la igualdad ante la ley, y la modernización del Estado. El Estado democrático debería tener como objetivo principal satisfacer las necesidades de los ciudadanos, desde el abrigo hasta la educación cívica. La marcha del 25 de octubre fue un acto democrático de libertad de expresión y de pensamiento.

La democracia tradicional, que supuestamente está en cuestión por estos días, asegura a cada ciudadano una representación igualitaria a través del voto. Reconociendo que esa representación puede ser más formal que de fondo por los grandes clivajes culturales de sociedades desiguales como la nuestra, la pregunta es: ¿cuál sería el sistema alternativo? Umberto Eco, recordando cómo surgió en fascismo en la Italia de su niñez, cita las palabras de Roosevelt del 4 de noviembre de 1938, “si la democracia deja de progresar y de mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos la fuerza del fascismo crecerá en nuestro país”. Creo que en Chile dejamos de progresar (en lo valórico) como sociedad democrática al hacerla más desigual e intolerable, y tampoco mejoramos las condiciones de vida de gran parte de la población, al contrario, se han ido deteriorando año tras año. Los marchantes del 25 de octubre, esta es mi interpretación, eligieron como camino de solución profundizar la democracia (la que soñamos en 1989).

En segundo lugar, el aspecto negativo, la violencia extrema que nos ha dejado perplejos y sin comprender su causa eficiente. Pasadas las semanas podemos distinguir aquella violencia delictual organizada para el saqueo, que es una prolongación de los tradicionales portonazos, alunizajes, etc., sumando posiblemente al narcotráfico. El objetivo de esta violencia es el robo a escala masiva y que no discrimina entre un supermercado y el bazar de la esquina, entre un galpón o un edificio patrimonial. Creo que no merece más análisis y debería ser abordado como un problema de seguridad ciudadana.

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“Quizás la democracia que conocemos esté desgastada, pero siempre es bueno recordar que ella se sustenta en valores como la libertad de pensamiento, la igualdad ante la ley, y la modernización del Estado”.

Existe, en cambio, otra violencia relacionada con las barricadas, rayados, tomas de colegios y universidades, etc., que se parecen (pero no son iguales) a las manifestaciones de estudiantes y pobladores desde la década de 1980 en adelante. Algunos los han calificado de anarquistas, empleando este concepto de forma libre. Posiblemente, dentro de este grupo existan diferencias relevantes, pero resulta sorprendente lo acontecido en el Metro, acción que encendió el estallido social de octubre, provocando una cadena de errores políticos que, en vez de aplacar el problema lo incrementó. Las ciudades se han resentido con los enfrentamientos a escala sin precedentes entre manifestantes y carabineros. Chile ha estado en el ojo escrutador del periodismo internacional y de los organismos de derechos humanos. Creo que este fenómeno es muy complejo, incluye un factor generacional, por una parte, pues se trata fundamentalmente de jóvenes, y otro preveniente de la globalización, porque no es casualidad que acciones similares se repitan en Francia, China, Irán, América Latina.  Se requiere más reflexión para entenderlo en su completud.

No puedo dejar de mencionar otra violencia, y es la que me preocupa más dentro de una sociedad democrática, algunos autores la llamarían violencia estructural. Es aquella que no tiene rostro, es la violencia que se esconde a través las instituciones, a veces la relacionamos con el burócrata que está detrás de una ventanilla, pero sabemos que esa persona no es la responsable. Se expresa no solamente en la larga fila de espera por un número para ser atendido en un centro de urgencia o el disputado cupo para matricular a un estudiante en un “buen colegio”. También es violencia estructural el círculo de la pobreza que condena a los bajos salarios, mala educación, menores oportunidades, salud precaria. No es, por tanto, un detalle menor subir los salarios, mejorar la calidad de la educación, aumentar la cobertura en salud, abrir las oportunidades sin discriminar por origen social, territorial o étnico. De esa forma se profundiza la democracia, como también a través de una constitución moderna e inclusiva. No sé qué dirá en abril el soberano (es decir usted) cuando tenga frente suyo la consulta por una nueva constitución ni tampoco si el mecanismo que elegirá será eficiente. Solo resta desear que nos lleve a una Constitución más acorde al siglo XXI, que recoja el pensamiento democrático mayoritario de mujeres y hombres libres, lejos de todo autoritarismo o populismo que tanto daño hicieron en el siglo XX.

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(*) Premio Nacional de Historia 2014.

Arte y fotos: Lucía Molina Riffo

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