IQUIQUE SIEMPRE DE FIESTA

Opinión 08 de agosto de 2019 Por Pedro Marambio (*)
Aquí estoy de nuevo, enfrentado al público, a cada uno de ustedes, pensando en lo que divagan. Qué difícil resulta comunicarnos cuando debiera ser un asunto cotidiano, bello en esencia. Transmitir lo que pensamos a través de las palabras, de la música que emite la voz, del cosmos esencial que llevan los sonidos cuando hablamos o callamos, porque el silencio también es un sonido, una sinfonía llena de la gracia hecha de corcheas relampagueantes y vientos pampinos.
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Suelo sonrojarme cuando me piden hablar, en mi cabeza el torbellino bello y ventoso de las ideas hace volar por los aires imágenes, recuerdos, y todo confundido suelo tartamudear porque hablar con belleza es tan difícil como hacer llover. Sólo cuando escribo soy yo, a solas, lastimado con el silicio de la modernidad inspiradora pero cruel y solitaria. Cuando estoy a solas no me duele la vida.

Prestemos atención, a los que nos está sucediendo, instalemos la política de la belleza, la que tiene que ver con el altruismo, con la conmiseración, así aparecerá en balcones y plazas de esta ciudad el tinte de la poesía, porque si algo le falta a la vida es el sonido perentorio de la risa, el brillo de todos los solsticios en la mirada, el abrazo infinito.

Ahora que he hablado, los veo con mayor nitidez, sé que están ahí, los percibo, puedo sentir el calor que en este instante nos aúna, no soy yo, no son ustedes, es el milagro de la poesía, la redención de la belleza, estamos por un instante aferrados a esta tabla donde perviven todas las mañanas del mundo, los sueños inspiradores, las buenas intenciones.

Pensando en estas razones, en la frialdad viciosa con que enfrentamos la rutina, es que me siento honrado de recibir este premio que nos recuerda a la inmortal María Monvel, sumida por nosotros sus coterráneos en un olvido injustificado, pobre de ella que cantó al deseo sagrado en los deprimentes y pacatos años del 1.800.

Es un galardón que tal vez no me merezca o tal vez sí, esa disyuntiva se la dejo a los académicos. Pero tengo aún una razón más poderosa para recibirlo, vienen conmigo al convite de las letras, mi madre Felisa Sara que me leía cuentos inventados por ella para que el pequeño se durmiera con el arrullo de su voz; mi padre carabinero, que me enseñó a leer con la gracia pueblerina de un hombre que siempre fue niño; mis hermanos que practicaban deportes en el club Rápido y uno de ellos cantaba en los malones las canciones setenteras alegres como la espuma de una bebida de verano; llegan tíos y primos, abuelos. Mi bisabuelo que fue a la guerra como Mambrú y volvió herido y melancólico, viejo como la muerte. Recibo este premio en honor a sus vidas vívidas y vividas en el concierto de la vecindad, en una ciudad amable, siempre de fiesta, de puertas abiertas, de pichangas en medio de la calle, de Navidades y Años nuevos celebrados en la calle, donde quemaban el viejo año y los vecinos se abrazaban con verdad.

(*) Extracto del discurso pronunciado por el poeta Pedro Marambio, en la ceremonia de premiación

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