EL PASAPALABRA

Opinión 05 de mayo de 2020 Por Patricio Muñoz Pinto
“No sé a título de qué se me ocurre compararlo y a la vez imaginarlo, con el formato y de cómo creo se desarrollan las reuniones en el mundo de la Política”.
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Este valioso espacio de la revista -que me otorga el director sin costo-  deseo aprovecharlo para confesar a todos los gentiles lectores algo muy personal: me encanta el programa Pasapalabra. 

Y señalar además  que lo disfruto mucho y que me hace muy feliz pensar que tras cada nuevo capítulo,  algo nuevo he aprendido.  Y por esta sencilla razón, ese programa siempre me deja contento y agradecido.  Pero además,  tengo que reconocerlo, no soy un televidente pasivo, sino uno que se involucra e intenta competir a la par con los concursantes. Por cierto generalmente termino con una cantidad baja de respuestas buenas, lo que por cierto lastima  mi ego, el que finaliza muy deprimido. Y todo esto,  a pesar que desde chico –o sea siempre-  he tenido el buen hábito de la lectura.  Esto de leer fue un regalo que recibí de mi madre en mi tierna infancia. Al comienzo lo hizo por cierto a la antigua, con coscorrón incluido,  pero luego con la insistencia y la felicitación, hasta que creara el hábito. Terminé con hartos chichones en la cabeza, pero con el hábito de la disciplina diaria. Era una lectura diaria de 20 a 25 minutos. Pero todos los días del año, durante las cuatro estaciones. Resultado, unos treinta libros leídos al año.  

Pero volviendo al concurso televisivo, según averigüé, fue emitido por primera vez en España el 2006 y desde el año siguiente empezó a trasmitirse en otros países, alcanzando en todos ellos una gran sintonía. Hoy brilla con luces propias por el territorio nacional. Y lo que me atrae del programa, además de su esencia y lo novedoso, es su desarrollo integral y a la vez su mecánica que involucra a la totalidad de quienes están en el set.  Se pueden distinguir los muchos partícipes con tareas y misiones diferentes pero complementarias. De esta manera es posible identificar roles y misiones.  El público,  los invitados, el grupo de baile,  los concursantes, los técnicos e incluso a quienes no se les ve,  pero se les escucha. Y en este escenario,  el conductor cumple un rol central, como el de director de orquesta. A su estilo, con gran sentido del humor,  manteniendo el riguroso respeto a las reglas del juego, en este caso,  en el  juego del saber.   

Estas particulares características del buen manejo del programa-concurso  Pasapalabra, no sé a título de qué se me ocurre compararlo y a la vez imaginarlo,  con el formato y de cómo creo se desarrollan las  reuniones en el mundo de la Política, particularmente en el hemiciclo, salones y oficinas donde funciona el llamado Poder Legislativo, o sea la Cámara de Diputados y el Senado básicamente. Por eso, no puedo olvidar algo que vi en una oportunidad, cuando “una Honorable” se levantó de su mullido sillón y fue hasta otro sector de la sala y cacheteó rudamente a otro Honorable colega, seguramente porque dijo algo que no toleró.  

A causa del pensamiento anterior suelo preguntarme ¿y qué pasaría si nuestros  tribunos de la Patria (diputados y senadores) fueran más aplicaditos?  Estoy convencido que se ganarían el respeto de los ciudadanos (también conocidos como votantes) pues se  sabe por las encuestas –aunque sean de dudoso origen- estos tribunos han ido perdiendo credibilidad según pasan los tiempos y los periodos legislativos. 

Asimismo hay evidencia también de que el lenguaje político está bastante desprestigiado y no hay duda que reina una gran hipocresía tanto en el hablar como en el hacer. Siempre está presente aquello de fingir, aparentar y dar el ejemplo, pero del tipo imposible de comprobar.

Así las cosas, para aprender o para enseñar, es mucho mejor ver el programa de la televisión Pasapalabra que  una latosa, agresiva y malhablada sesión del honorable Poder Legislativo. Debe haber excepciones sin duda. Pero no tengo mucha información. Siempre lo que trasciende más suele ser lo nefasto. Digo yo.

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