Fauna Marina volvió a Iquique el 2020 de la mano de la anchoveta

Ciencia y Medio Ambiente 09 de enero de 2021 Por Cristóbal Navarrete
Un verdadero espectáculo de la naturaleza pudimos disfrutar el año pasado en las costas de nuestra ciudad. Miles de aves, peces y hasta ballenas se pasearon por nuestras costas, a la siga de la anchoveta, el primer eslabón de la cadena trófica. Algunos iquiqueños, además de admirarse del fenómeno, sacaron sus cámaras y lo inmortalizaron. Aquí, una selección de esta maravilla de la naturaleza, que se asomó en el año de la pandemia.
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Fotos: Cristóbal Navarrete

Durante el periodo de confinamiento que vivimos los meses pasados del extraño y complejo año 2020, ocurrieron justo en frente de las costas de Iquique, inusuales avistamientos de fauna marina dentro del sector urbano. Y esto, debido a la presencia cerca de la orilla de enormes cardúmenes de anchoveta, especie que es el principal elemento dentro de la cadena alimenticia de esta costa desértica tarapaqueña. 

Sin duda, este fenómeno fue una esperanzadora señal, dentro de las tan dramáticas situaciones que tenemos en Chile en temas de resguardo y protección medioambiental y en donde las leyes nunca han estado a favor de mantener el equilibrio natural; peor aún, fomentan la depredación industrial de nuestros recursos. No podemos pasar por alto que nuestra región no está ajena a esta problemática. Entre pesqueras y mineras se han turnado para hacer daños irreparables en ecosistemas frágiles y únicos en este hermoso rincón del mundo: unos en la costa y otros en el altiplano.

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Sin la anchoveta, especies como lobos de mar, delfines, ballenas, muchas especies de aves y peces no podrían subsistir y toda esta maravillosa vida natural que nos deslumbra desaparecería. Ojalá ahora, en tiempos en que la ciudadanía está alzando la voz por sus derechos, en la nueva Carta Magna se pueda corregir el rumbo y enmendar el error de dar total libertad a las industrias para la extracción indiscriminada.

En estos meses y después de mucho tiempo, volvimos a ver situaciones que aquí eran habituales, pero que el crecimiento mal planificado y poco sostenible de la urbe cambió dramáticamente: alejó a muchas de las colonias animales que aquí residían antes de la llegada masiva de personas. Incluso hasta hace muy poco se hablaba de un pésimo proyecto en el Parque Balmaceda que construía suelos de hormigón sobre las rocas que forman las pozas de ese sector y en donde se desarrolla un sistema ecológico único.

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Hay que tomarse muy en serio lo afortunados que somos de tener lugares así dentro de la ciudad. Si nos detenemos solo un poquito dentro de nuestra cotidianeidad, seguro algo nuevo se muestra ante nuestros ojos. Como, por ejemplo, durante la cuarentena obligatoria, las playas vacías de gente dieron espacio a que una gran bandada de “rayadores” se tomara Cavancha por un poco más de una semana. O cómo no quedarse perplejo ante un grupo de “piqueros” que se transforman en verdaderas flechas que entran en el mar a toda velocidad desde casi 40 metros de altura y recientemente tuvimos a un grupo de ballenas dándose un festín frente a Playa Blanca.

Tenemos que educar sobre esta rica biodiversidad a niños y adultos. Es nuestra responsabilidad como tarapaqueños cuidar y proteger esta flora y esta fauna que es nuestro futuro. Sentirse y hacerse parte del paisaje es algo que hace bien. Respetar y admirar esos ecosistemas, que por la velocidad a la que van nuestras vidas no tenemos el tiempo de observar. Sí, porque para ver esta magia, hay que detenerse y habitarla.

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