El hallazgo de la aldea prehispánica de GUATACONDO en la Guerra Fría

Memoria 11 de mayo de 2021 Por Soledad González (*)
“Un día de abril de 1961, en un vuelo de reconocimiento geológico al interior de la pampa, Keighley observó y fotografió -desde su helicóptero- lo que parecían ser unas ruinas abandonadas, con una extensa plaza circular en su centro, sobre la cual aterrizó. Se trataba de la milenaria aldea prehispánica de Guatacondo”.
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Vista aérea de la aldea prehispánica de Guatacondo en la actualidad. Al centro se observa la plaza central, sobre la cual James Keighley aterrizó. Centro de Estudios Históricos, Universidad Bernardo O’Higgins/ Ministerio de Bienes Nacionales.

La década de 1960 pasó a la historia como sinónimo de activismo, emancipación y cambios sociales. Los discursos encendidos de Martin Luther King, las marchas estudiantiles y el frenesí rocanrolero de Woodstock alimentaron las expectativas de toda una generación, no siempre consciente de lo que realmente estaba sucediendo en el mundo. La Unión Soviética y Estados Unidos, enfrentados en una guerra no tan fría, estuvieron a punto de desencadenar la tercera guerra mundial. Pruebas nucleares, operaciones de espionaje e intervencionismo en la política de los demás países eran pan de cada día. En América Latina, Estados Unidos promovió la Alianza para el Progreso, un programa que combinaba la ayuda económica y la lucha contra el comunismo liderado por la Unión Soviética. A cambio, los gobiernos latinoamericanos se comprometían a implementar condiciones que fomentaran la instalación y permanencia de capitales norteamericanos en la región. 

En Chile, en el ojo del huracán estaba el cobre, propiedad de compañías norteamericanas. La principal era la Anaconda Company o Chile Exploration Company, dueña de los ricos minerales de Chuquicamata y El Salvador. El estado de Chile colaboraba subterráneamente con los intereses de Anaconda a través de institutos y corporaciones que facilitaban sus exploraciones geológico-mineras y que funcionaban con aportes económicos norteamericanos. Anaconda, a su vez, operaba por medio de pequeñas compañías, cuyos propietarios eran personas que trabajaban para ella.

De Bruyne quedó maravillado con la disposición de la milenaria aldea, el enigmático monolito que se erigía en su centro y los sinuosos muros de los recintos, ocultos bajo dunas de arena.

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En los círculos en rojo, las dos caritas registradas por De Bruyne en una de las estructuras de la aldea de Guatacondo. Colección del Museo Nacional de Historia Natural.

Muy pronto Antofagasta y Atacama no fueron suficientes para Anaconda y, hacia 1960, sus ejecutivos tenían claro su próximo destino. Dos de sus agentes, James Keighley y Harry Sykes, se trasladaron discretamente a Tarapacá con el objetivo de llevar a cabo exploraciones mineras a través de una sociedad llamada MartinSykes. Keighley estaba emparentado con los más altos ejecutivos de Anaconda en Estados Unidos. Un halo de misterio y confidencialidad rodea su figura, al punto que conocemos poco o nada de su estancia en Tarapacá. Tal vez ni siquiera sabríamos de su existencia sino fuese por un episodio tan fortuito como extraordinario, uno que cambiaría para siempre nuestro conocimiento del pasado prehispánico tarapaqueño.

Un día de abril de 1961, en un vuelo de reconocimiento geológico al interior de la pampa, Keighley observó y fotografió -desde su helicóptero- lo que parecían ser unas ruinas abandonadas, con una extensa plaza circular en su centro, sobre la cual aterrizó. Se trataba de la milenaria aldea prehispánica de Guatacondo. Sin precisar bien la ubicación del hallazgo, Keighley entregó la fotografía a Roberto Hamilton, geólogo en jefe de la Chile Exploration Company en Chuquicamata. A su vez, Hamilton comentó el avistamiento con Emil De Bruyne, un ingeniero de la mina que pocos años antes había desarrollado un particular interés por la arqueología y etnología de la zona atacameña. 

Dos años después del sobrevuelo de Keighley, Hamilton y De Bruyne arrendaron un avión en el Club Aéreo de Calama y emprendieron el vuelo en búsqueda de las ruinas perdidas de la fotografía. Y las encontraron. De Bruyne quedó maravillado con la disposición de la milenaria aldea, el enigmático monolito que se erigía en su centro y los sinuosos muros de los recintos, ocultos bajo dunas de arena. Con la intención de continuar explorando el sitio por tierra, organizó una expedición conformada por seis personas, que fotografiaron y registraron las principales estructuras de la aldea, al tiempo que recolectaron material en superficie. En el muro interior de una estructura, De Bruyne encontró unas caritas modeladas en barro, muy similares a las que hoy podemos ver en la vecina aldea de Ramaditas. Todo el registro de la expedición fue enviado a Grete Mostny, en aquel entonces jefa de la sección de Arqueología del Museo Nacional de Historia Natural, inaugurando una serie de estudios arqueológicos centrados en la aldea de Guatacondo en los años venideros.

Según el testimonio del propio De Bruyne, el pueblo se encontraba en “estado virginal”, sin ningún rastro de excavaciones previas. Después de hablar con algunas personas, tampoco había tropezado con leyendas que presagiaran su existencia

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Plano de la aldea de Guatacondo confeccionado por Emil de Bruyne el 26 de enero de 1963. Colección del Museo Nacional de Historia Natural.

Según el testimonio del propio De Bruyne, el pueblo se encontraba en “estado virginal”, sin ningún rastro de excavaciones previas. Después de hablar con algunas personas, tampoco había tropezado con leyendas que presagiaran su existencia. Hasta qué punto la aldea de Guatacondo era desconocida para los tarapaqueños de la época, no lo sabemos. De Bruyne encontró en sus alrededores huellas de ruedas de carretas y camiones ¿Será que De Bruyne no dio con los informantes correctos? ¿O verdaderamente el viento del desierto había sepultado el recuerdo de la milenaria aldea de Guatacondo bajo dunas de arena?

¿Y qué sucedió con James Keighley, el misterioso norteamericano que divisó la aldea por primera vez desde el cielo? A través de distintos representantes y sociedades, Keighley llegó a ser copropietario de noventa yacimientos mineros en Iquique y Pica, entre ellos Cerro Colorado, Cerro Mocha y Copaquira. Los subterfugios de Anaconda para adquirir recursos mineros pronto salieron a la luz y la cámara de diputados constituyó una comisión para investigar la apropiación indebida de yacimientos cupríferos en Tarapacá. Keighley fue citado en varias ocasiones, pero nunca compareció. De hecho, el Servicio de Investigaciones informó a la cámara que James Keighley nunca había estado en Chile. Ningún documento acreditaba su paso o permanencia en el país, su vuelo sobre la pampa o sus exploraciones geológicas en el desierto. Keighley era un fantasma que no figuraba en ningún registro, excepto en el reporte que De Bruyne publicó atribuyéndole el reconocimiento aéreo de unas ruinas tan esquivas como él.

(*) Centro de Estudios Históricos, Universidad Bernardo O’Higgins.


BIBLIOGRAFÍA

Alliende, Pilar. 1981. La colección arqueológica “Emil de Bruyne” de Caspana. Tesis para optar al grado de Licenciatura en Arqueología Prehistoria. Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación. Universidad de Chile.

Biblioteca del Congreso Nacional Historia de la Ley Nº 17.314

De Bruyne, Emil. 1959. Noticiario Mensual. Todos los Santos en Caspana. Museo Nacional de Historia Natural. Año IV:39.

De Bruyne, Emil. 1959. Hierbateros de la pampa. Noticiario Mensual. Museo Nacional de Historia Natural. Año IV:40. 

De Bruyne, Emil. 1963. Informe sobre el descubrimiento de un área arqueológica. Publicación ocasional 2. Museo Nacional de Historia Natural.

Revista Punto Final. 1970. Año IV:101

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