CIENCIA DE LA INVASIÓN: repensando las especies invasoras

Ciencia y Medio Ambiente 13 de enero de 2023 Por Alexa Robles-Gil
Si hay un aspecto del Antropoceno que permea el registro ecológico es el concepto de pérdida. La evidencia de esto se satura con extinciones masivas, la desaparición de glaciares, la deforestación y las poblaciones que se vuelven vulnerables. Hasta la estratigrafía de la Tierra nos cuenta sobre el cambio que causan las economías industriales y capitalistas, revelando que los nuevos ensamblajes de vida dependen del desplazamiento y pérdida de otros (Ogden, 2018).
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Necesitamos un paradigma sensato sobre las especies no nativas que nos permita dejar de intentar controlarlas. Foto: Will Tarpey.

Durante décadas, las especies invasoras se han identificado y tratado como una causa central en las discusiones de afectaciones a ecosistemas por cambios antropogénicos. En un mundo cambiante, lleno de procesos complejos y dinámicos, los debates conceptuales sobre las especies nativas versus las especies invasoras desafían los enfoques tradicionales de la biología de la conservación. En este debate ha nacido la biología de la invasión, ciencia que se dedica al estudio de las consecuencias de una especie invasora en un ecosistema.

Pero, ¿en qué punto una especie invasora se vuelve destructiva? Y, ¿qué ocurre cuándo no lo son? Desmantelar el problemático paradigma de las especies invasoras no sólo trata del enfoque en la conservación de un ecosistema, sino que involucra también abordar las incertidumbres creadas sobre cómo mejor servir a la Tierra en este luto ecológico.

Para entender más a fondo ésta problemática, lo primero es exponer de dónde se origina la definición de especie invasora. Un malentendido común es la suposición de que todas las especies que no son endémicas son invasoras. En realidad, son especies introducidas; esta categoría incluye cualquier especie que esté fuera de su hábitat natural debido a acciones humanas directas o indirectas.

El miedo a la migración no está aislado a los seres humanos. Nos enfrentamos a la subjetividad del nativismo cuándo cuestionamos el origen y movimiento geográfico de una especie.

Las especies invasoras también se les puede conocer como especies de “cambio de rango”. Los ecólogos pronostican que el cambio climático genere alteraciones masivas en los hábitats de estas especies que dará lugar a la reorganización en ecosistemas de formas difíciles de predecir. Las migraciones son fundamentales para la capacidad de sobrevivencia de las especies dentro de estas alteraciones.

MIGRACIONES

El miedo a la migración no está aislado a los seres humanos. Nos enfrentamos a la subjetividad del nativismo cuándo cuestionamos el origen y movimiento geográfico de una especie. Durante décadas, las especies invasoras han sido una estructura definitoria dentro de políticas de conservación ambiental. Comúnmente, el presupuesto y fondos económicos han sido dirigidos al exterminio de estas especies. A pesar de que muchos biólogos señalan que la mayoría de las especies introducidas no se vuelven problemáticas.

Una creciente comunidad de científicos y filósofos ambientales cuestiona si un concepto definido por el origen geográfico de una especie captura la complejidad ética y ecológica de la vida en un planeta que está en constante cambio. En este siglo, no hay un ecosistema que esté intacto. Un ejemplo de una diáspora de especie invasora son los castores canadienses que fueron introducidos a Tierra del Fuego en 1946. Décadas después de casi extinguirse en Norte América, se importaron veinte parejas de castores a Tierra del Fuego con la esperanza de establecer un comercio de pieles. Ahora, hay más de cien mil castores en el archipiélago.

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En la última década, se ha discutido posibles escenarios donde una especie no nativa traiga beneficios a un ecosistema. Un ejemplo son las tortugas gigantes en las islas Mascareñas. Foto: Dan Maisey.

Una idea científica que envuelve esta noción son los nuevos ecosistemas, o también conocida como “la nueva naturaleza”. Este concepto se refiere a los ecosistemas que han surgido, intencionalmente o no, a través de introducción de especies por acciones humanas. En Tierra del Fuego, un nuevo ecosistema está naciendo. Los castores se reprodujeron lo suficiente para consumir los bosques de Nothofagus, creando presas y estanques.

Aunque han terminado con las áreas boscosas, también han sido benéficos para especies marinas y acuáticas. El paradigma de las especies invasoras carece de matices, historia y política. Cuando lo entendemos por medio de una diáspora –comprendiendo la complejidad de la presencia de una especie– y del hecho de que fueron trasladados ahí, podemos darle un discernimiento más completo. Cómo sucede con todas las diásporas, la cuestión del origen y la pertenencia se ve afectada por las formas en las que el pasado y el presente se rehacen y se informan mutuamente.

NUEVO PARADIGMA

La antropóloga Anna Lowenhaupt Tsing, en su etnografía sobre los matsutake –el hongo más valioso del mundo y al mismo tiempo una ‘hierba’ que crece en bosques afectados por humanos en todo el hemisferio norte–, dice, “Para los seres vivos, las identidades de las especies son un lugar para comenzar, pero no son suficientes: las formas de ser son efectos emergentes de los encuentros”. El lente biológico de una especie puede volverse limitado para comprender la igualdad y diferencia entre un origen y un nuevo hogar, así como las pérdidas y el cambio que sucede en el mundo. La vida brota de situaciones dónde especies se enredan con otras especies y dan lugar a nuevos ensamblajes.

Una creciente comunidad de científicos y filósofos ambientales cuestiona si un concepto definido por el origen geográfico de una especie captura la complejidad ética y ecológica de la vida en un planeta que está en constante cambio.

Si definimos un nuevo paradigma sobre las especies invasoras, éste tendría presente una regulación sobre ellas como inocentes hasta probar sus efectos detrimentales. Al igual que implementar más consistencia y claridad en el campo de la conservación sobre qué constituye el término ‘invasor’. Y dentro de las políticas, se vuelve de suma importancia poner más énfasis en formas alternativas, justas y compasivas para abordar las amenazas ecológicas causadas por especies no nativas.

Necesitamos un paradigma sensato sobre las especies no nativas que nos permita dejar de intentar controlarlas. Un manejo selectivo con reconocimiento que hay especies y hábitats vulnerables específicos que necesitan intervención, pero al mismo tiempo que permite que algunas áreas pasen por una sucesión, por más desordenado que parezca. Todo esto con un enfoque de centrarnos en estabilizar y reducir la perturbación.

En la naturaleza, no hay categorización. La vida es cambiante y adaptable, dinámica y regenerativa, y está en un constante desplazamiento. No existe una visión subjetiva de bueno y malo, invasivo o nativo, simplemente existen especies que se mueven y que encuentran su lugar, formas de adaptarse, y finalmente, sobrevivir.

Este síntoma de pérdida en el registro afectivo crea un espacio de vacilación que nos permite considerar las formas en que valoramos la vida no humana. Y más allá de eso, que nos cuestiona sobre nuestra subjetividad y la ética con la que interpretamos la naturaleza.

(*) Artículo in extenso en el sitio web www.endemico.org

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El castor ha sido identificado como un importante agente modificador de ecosistemas de todo el archipiélago fueguino.


La invasión del castor en Tierra del Fuego: una amenaza para la industria forestal y la conservación

El castor americano (Castor canadensis) fue introducido en Argentina desde Canadá (en 1964), con el fin de iniciar y promover en Tierra del Fuego una potencial industria peletera. Sin embargo, la piel de los castores fueguinos no cumplió con los estándares internacionales y la industria no fue rentable. Así fue que los castores quedaron a su suerte y en el olvido, pero en poco tiempo generaron un desastre ecológico y económico sin precedentes.

Estos carismáticos roedores son astutos ingenieros de ecosistemas, o sea, que modifican el ambiente que los rodea para su provecho. Los castores supieron aprovechar rápidamente la inmensa riqueza forestal de la Isla, trasformando los valiosos bosques ribereños de lenga (Nothofaguspumilio) en sofisticados embalses y, sin enemigos naturales, crecieron exponencialmente en población en las últimas décadas.

Lamentablemente, este magnífico animal, capaz de construir madrigueras y diques visibles desde el espacio y, que es -entre otras cosas-, una especie bandera en el hemisferio norte, hoy en día se ha convertido en una especie invasora problemática en Argentina y Chile.

Esta invasión se convirtió con el tiempo en un problema binacional, que captó la atención del mundo entero, pues aquí se encuentran algunos de los bosques mejores conservados del mundo que, por geografía, están conectados sutilmente al continente. Por ello, tanto en Argentina como en Chile, se han documentado importantes alteraciones ecológicas como, por ejemplo, la modificación de la morfología e hidrología de cursos de agua y la alteración del bosque ribereño con el fin de construir diques y madrigueras, también alimentarse del material arbóreo extraído principalmente de los bosques de Nothofagus.

Sin embargo, lo que más llama la atención son los paisajes de bosques muertos por ahogamiento. A diferencia de su hábitat de origen, donde los bosques se pueden regenerar fácilmente luego del corte de un castor, los bosques de Tierra del Fuego, con excepción de los de ñire (Nothofagusantarctica), carecen de mecanismos adaptativos y de estrategias reproductivas para sobrellevar el impacto del castor (regeneración vegetativa). Por lo cual, la regeneración se ve limitada en aquellas áreas inundadas, pues se transforma en praderas húmedas con alta colonización de especies herbáceas. Fuente: argentinaforestal.com

 

 

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