
Un futuro “concreto” para la arquitectura en el Antropoceno

Este ensayo avanza una reflexión en torno a las transformaciones del material que hoy más significativamente marca el habitar de lo humano en los actuales tiempos de crisis ambiental, a saber, el concreto. El concreto no solo es un ícono de la arquitectura moderna y de la surgente globalización de los valores de la modernidad a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, más bien, es el material sintético más abundante de la historia del planeta.
Producido en su vasta mayoría a partir de su redescubrimiento en medio de la Revolución Industrial, los seres humanos han vertido suficiente hormigón sobre la superficie de la tierra como para cubrir la totalidad del globo con algunos milímetros del material.
Producido en su vasta mayoría a partir de su redescubrimiento en medio de la Revolución Industrial, los seres humanos han vertido suficiente hormigón sobre la superficie de la tierra como para cubrir la totalidad del globo con algunos milímetros del material. No sorprendentemente, el concreto es debatido hoy como un posible marcador del así llamado Antropoceno, entre muchos otros. Este término, propuesto por el químico atmosférico Paul Crutzen y el ecólogo Eugene Stormer en 2000, haría referencia a una nueva época geológica actualmente en curso que reemplazaría al Holoceno, en referencia directa a lo humano como fuerza geológica dominante. Lo humano sería hoy capaz de transformar el curso de la historia de la tierra de manera irreversible, calentando la atmósfera, desertificando climas, derritiendo los polos, inundando territorios, cambiando cursos de aguas y acidificando océanos, entre muchos otros fenómenos, pero, sobre todo, extinguiendo especies de forma masiva.
TERCER LUGAR
El hormigón jugaría hoy un rol importante en dichos procesos. Por un lado, su producción y consumo sería un gran contribuyente al calentamiento global. Solo en la producción de cemento, el aglutinante del material sería responsable del 6% al 8% de las emisiones globales de carbono, mientras que el conjunto de la industria global del hormigón, pensado como una nación, equivaldría al tercer emisor global de carbono, solo después de Estados Unidos y China.
Por otro lado, las extensas superficies hormigonadas de megaciudades como Dubai, Los Ángeles o Santiago, contribuirían a sofocar el intercambio de energía y nutrientes del que la vida orgánica a nivel de la superficie del suelo depende. En algún sentido muy fundamental, considerando como hoy más del 50% de la población mundial vive en espacios hormigonados, el concreto se presenta como uno de los materiales que más directamente interpela la pregunta por la continuidad del habitar humano, en compañía de otros seres.
Un número importante de candidatos han sido propuestos para marcar el inicio del Antropoceno, cada uno proporcionando marcadores en el registro estratigráfico. Entre ellos se incluiría el uso de fuego para despejar los bosques en el Pleistoceno temprano, la extinción de la mega fauna entre 50.000 y 10.000 años antes del presente, el origen de la agricultura hace unos 11.000 años, la llegada de los europeos a América en 1492, la quema masiva de combustibles fósiles al inicio de la Revolución Industrial y la gran aceleración del crecimiento demográfico, uso de suelo, agua, recursos minerales y energéticos a mediados del siglo XX, todo lo cual coincide con las primeras pruebas de bombas nucleares.

La arquitectura debería dar un giro radical a las propiedades geológicas de los materiales que componen el habitar humano.
NORTE Y SUR
Las superficies hormigonadas vertidas desde el redescubrimiento del concreto constituirían un testigo material fiel de este capítulo reciente de la trayectoria humana en la historia de la tierra, marcando el crecimiento surgente de las grandes naciones del hemisferio norte, a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial; un estrato que ilustraría de forma gráfica la desigual distribución de la responsabilidad por la crisis climática entre, por ejemplo, el norte y el sur global.
Esto último, en tanto la producción y consumo de hormigón en el último siglo ha tendido progresivamente a correlacionar, casi hasta la perfección, con indicadores globales de desarrollo. De forma coincidente con su expansión, el concreto es una sustancia que de manera profundamente paradójica materializa alguna de las aspiraciones más propias que la modernidad ha construido en su enfrentamiento con la naturaleza, trazadas por tensiones entre aquello natural y artificial, geológico y humano, orgánico e inorgánico, sólido y fluido; todas tensiones que parecieran desdibujarse en el contexto del Antropoceno.
La introducción de este concepto habría generado un diálogo inusitado entre las ciencias de la tierra y las humanidades, respectivamente abocadas a procesos que acontecen en escalas largas y lentas, por un lado, cortas y rápidas, por otro. En dicho diálogo los límites entre aquello natural y cultural, geológico y humano, inorgánico y orgánico, sólido y fluido, parecen de pronto desvanecerse. Este artículo espera trazar algunas de estas tensiones conceptuales con el objetivo de romper con la narrativa de trascendencia de la naturaleza propia de la modernidad. Contrario a dicha narrativa, el material más significativamente responsable de fraguar las aspiraciones de la modernidad distaría mucho de ser un material puramente sintético, propio del desarrollo moderno, es decir suspendido más allá de las transformaciones materiales de la historia de la tierra.
En su esfuerzo constante por enfatizar su distanciamiento de la tradición, enraizada en la naturaleza, la modernidad se distanciaría simultáneamente de las ambiciones de su propia narrativa, al desconocer las propiedades materiales que más íntimamente la definen como un fenómeno geológico que nunca, a pesar de sus aspiraciones, ha dejado de ser parte de la historia de la tierra, de la cual, en última instancia, surge y depende.
OMISIÓN
Un ejemplo significativo para la arquitectura proviene de un volumen reciente editado por el teórico del diseño Etien Turpin (2013). Titulado Arquitectura en el Antropoceno, sus 26 publicaciones, desplegadas en un total de 250 páginas, no hacen ni una sola referencia al impacto ambiental del concreto. Esto sería consistente con lo que ocurre con muchos arquitectos en Chile y en el resto del mundo, que solían hasta hace muy poco completar su formación sin tener conciencia de las razones geológicas por las cuales la ciudad moderna contribuye al calentamiento global.
Muchos arquitectos en Chile y en el resto del mundo solían -hasta hace muy poco- completar su formación sin tener conciencia de las razones geológicas por las cuales la ciudad moderna contribuye al calentamiento global.
Esto no sería del todo sorprendente desde el punto de vista de la manufactura del material, dado que el CO2 liberado por las cementeras constituye un gas prácticamente inodoro e incoloro, por tanto, invisible a las miles de personas que a diario pasan por las cercanías de sus chimeneas, incluyendo aquellas que se ubican a pocos kilómetros de Santiago.
Atender a los desafíos de la crisis ambiental requiere que la arquitectura dé un giro radical a las propiedades geológicas de los materiales que componen el habitar humano, incluyendo el concreto: material definitorio, pero simultáneamente invisible a ojos de la modernidad. Consumar dicho esfuerzo pasa en parte por pensar a la arquitectura como ciencia nómade, es decir, siempre atenta a las fuerzas telúricas y a los materiales geológicos en y desde los cuales, en última instancia, surge; fuerzas y materiales que hoy, más que nunca, producto en parte de la acción humana, se ponen en movimiento. Esperemos que la arquitectura logre hacerse cargo de este desafío a tiempo, ya que de lo contrario arriesga su continuidad, junto con la de lo humano.
(*) Este artículo in extenso fue publicado por la revista especializada Rizomas.


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