CARAVANAS DE LA INTEGRACIÓN, MÁS ALLÁ DE LA HAYA

Memoria 09 de enero de 2019 Por Cristian Ovando
Pareciera que el Norte Grande y su frontera con Bolivia, epicentro de la Guerra del Pacífico y de las controversias que acarrean hasta hoy sus consecuencias, estuviera cubierto por un velo que no permite ver ciertas experiencias que nos muestra la otra cara del histórico vínculo de estas sociedades vecinas. Las Caravanas de la Amistad de 1958 y su rememoración, a seis décadas de esta proeza de la integración a escala regional, dan cuenta de estas manifestaciones olvidadas por la historia oficial.
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Las Caravanas del ‘58, se realizaron con la intención de que las sociedades regionales de Chile y Bolivia le demostraran a sus capitales y autoridades que era posible conectar estas dos ciudades por tierra. Pese a las dificultades, pues se trataba de una ruta no asfaltada y que -en parte de su trayecto- se transitaba a 4 mil metros sobre el nivel del mar; y a la indiferencia de sus gobiernos, el sueño de la integración se logró. En una proeza de tres a cuatro días, llegaron a Iquique el 21 de mayo de ese año 150 camiones desde Oruro, junto a más de 800 entusiastas caravaneros, además de 35 vehículos livianos, incluyendo motonetas. Y en la Caravana de vuelta del 6 de agosto, día nacional de Bolivia, cerca de 80 vehículos se inscribieron, para trasladar a 600 personas aproximadamente, proveniente de Iquique. 

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Las comunidades de Iquique y Oruro históricamente han coincidido en la mirada, pero ese año fue con ahínco: la primera vio en el interior del continente grandes oportunidades económicas y para su alicaído desarrollo, posiblemente sobre la base de su memoria histórica del ciclo de la plata, donde Potosí era el centro económico. Y la segunda vio en el océano Pacífico su apertura al mundo, para sus productos mineros y agropecuarios. 

Pero no sólo se trató de integración física, también su dimensión cultural fue fundamental. En 1958 fue la gran oportunidad para integrarse entre dos pueblos con anhelos y frustraciones comunes para aprender mutuamente. Detrás hay una afinidad  que lo facilita: todos compartían al igual que hoy las ganas por descubrir las costumbres del que llega y las de cada lugar donde se arriba. La llegada de la Diablada el ‘58; hoy la gastronomía, el paisaje, las tradiciones comunes, familias binacionales, etc. 

VIAJE 2018 

Cuando partimos la caravana compuesta por tres buses y cinco vehículos menores desde la Plaza Prat de Iquique, con más de 100 personas  ilusionadas con rememorar las Caravanas de la Amistad de 1958 con destino a Oruro, otra Caravana nos seguía proveniente de más al sur. Dos buses con 26 reclusos partían el  jueves  25 de Santiago, para ser expulsados en el paso integrado Colchane Pisiga, por cometer  delitos “de connotación social”. Se trataba de la misma frontera que nos permitiría ingresar ansiosos a Bolivia. En el caso de aquéllos, en su mayoría eran jóvenes y mujeres pobres obligadas a actuar de burreras ante la necesidad. 

Quienes estuvimos ahí apreciamos una triste exhibición de seres humanos, planificada detalladamente, con el propósito de impactar a la opinión pública y dejar la sensación, a costa de la dignidad de aquellos, de que se está ordenando la casa en materia migratoria. No sabemos cómo continuó su viaje una vez cruzada la frontera para quizá no volver jamás. En nuestro caso, los tres buses proseguimos el viaje a Oruro. Arribamos a las 21 horas para comenzar un periplo lleno de hermandad, fraternidad y sueños comunes entre orureños e iquiqueños. Ya arribada la caravana, la ceremonia en el club Oruro estuvo marcada por el reconocimiento a los precursores de esta gesta y a los continuadores de la misma: Josermo Murillo Vacareza de Oruro y Jorge Soria Quiroga de Iquique, destacándose el detallado recuento de la gesta del ‘58 que hizo el historiador Fabrizio Carzola Murillo, nieto de Josermo Murillo, ideólogo de las Caravanas del ‘58. 

En el segundo día por la mañana, se proyectó un ciclo de cortometrajes a sala repleta y posteriormente se realizó un conversatorio encabezado por el realizador de la muestra, el cineasta Orlando Torres. El ciclo de cine denominado “Puntos de encuentro, Diálogos e Integración”, dio pie a un enriquecedor diálogo con estudiantes orureños. Se destacó en las proyecciones el abandono que padecen las comunidades rurales del altiplano chileno, y el anhelo del retorno que exponen quienes deben dejar sus pueblos  por esta condición, que también sufren comunas bolivianas cercanas a la frontera. Emocionó cómo los estudiantes hacían suyo este fenómeno al exponer sus experiencias en el conversatorio. También estuvo presente el relato sobre las dificultades de migrar, alertándonos de la cara más dura de la frontera. 

“Actualmente, se sostiene con toda propiedad que las fronteras son territorios que simultáneamente se abren para unos y se cierran para otros. Quizás el cierre más dramático ocurre cuando se expulsa a alguien de un lado de la frontera para no transgredirla en un tiempo prolongado”.

Por la tarde, se realizó una acción de arte que consistió en amasar una mezcla que diera vida a varias decenas de panes. Esta preparación se hizo con ingredientes de ambos países. Fueron ingresando e intercalándose distintas manos boliviano chilenas por más de dos horas. De improviso llegó un panadero orureño, quien le dio a la acción un cariz especial al hacer su entrada al salón repleto. La acción fue dirigida por el artista visual Fernando Ossandón y secundada por el aporte gastronómico de Francisco Mora. Desde un sentido político, destaca su creador, la acción pretendió representar cómo se pueden amalgamar dos culturas hasta conformar una identidad común de anclaje territorial, más allá de la nacionalidad. 

El tercer día, cierre del encuentro, se realizó en la pérgola de la plaza principal de Oruro. Allí todos apostados, se hicieron intercambio de regalos y se entregaron semillas de Tamarugo, árbol de la pampa del norte de Chile, para ser plantadas en los jardines de la plaza. 

En el desarrollo de los tres días marcados por discursos de fraternidad, proyecciones audiovisuales, acciones de arte y muchos encuentros espontáneos, se logró una elocuente catarsis, que nos hizo olvidar completamente que en estos últimos 5 años lo que más hemos oído y seguiremos oyendo sobre Chile y Bolivia, en vista a los últimos sucesos reseñados al inicio, ha sido la altisonante demanda de La Haya y todo su repertorio mediático. Se trata de una estrategia urdida por un pequeño número de autoridades que, seguramente, nunca oyeron de la Caravana de 1958 o si lo hicieron, la soslayaron, ya que escapa a su retórica nacionalista.


ACCIÓN DE BORDAR: TODAS LAS MANOS, TODAS

Otra de las actividades que se realizaron, fue el bordado de 108 retazos con palabras sueltas e inconexas para quienes participaban. Fueron muchas horas para marcar las telas con distintas técnicas de bordado de manos chilenas y bolivianas. Esta “acción de bordar” a través de cientos de manos, dirigida por Francisca Palma y Loreto González, conformó un gran mensaje integracionista, a través de plasmar al relato de Josermo Murillo Vacareza, enunciado en 1958. Este señalaba:

“Ni Iquique, entendemos nosotros, ha de poder vivir en el futuro, sin la complementación económica del altiplano, ni tampoco nuestro altiplano y particularmente Oruro, ha de poder sellar su verdadero progreso sin su vinculación definitiva con el mar”.

Sabemos perfectamente que ningún país, así como ningún individuo, puede subsistir sin la cooperación activa de otra región, de otro país o de otra comunidad (...). Solamente con un vínculo estrecho Oruro e Iquique, formarán su porvenir en forma segura de tal manera que ya sea inquebrantable esta hermandad y esta fe de ambas ciudades”.

(*) Cientista político, profesor del Instituto de Estudios Internacional, INTE de la Universidad Arturo Prat. Miembro de Caravana 60.  

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