DEL TELÓN A LA PANTALLA: Un placebo digital para actores y espectadores

Con el confinamiento en todo el mundo, el público ha tenido que cambiar las salas de teatro por su casas para poder continuar accediendo a funciones teatrales. La experiencia no es la misma, pero nos recuerda que el evento teatral es más que texto y desarrollo técnico, es encuentro y desafío.

Arte y Cultura07/10/2020 Anita María Tiemann (*)
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Fotos: gentileza de Fintdaz

El teatro y su historia no son ajenos a las crisis sanitarias. ¿Y por qué lo sería si, como las artes en general, el teatro es reflejo de nuestras vidas y sociedades? Por ejemplo, el lamentable final de la tragedia romántica más conocida de la civilización occidental, Romeo y Julieta, fue precipitado por un detalle que normalmente pasa desapercibido: la peste. El fraile encargado de hacer llegar la carta con la verdad a Romeo no puede hacerlo porque “sospechando que veníamos de una casa donde reinaba la pestilencia infecciosa, cerraban las puertas y no nos dejaban pasar”, “tanto miedo le tenían a la enfermedad”.

El mismo William Shakespeare y las compañías de su tiempo vivieron más de una vez el cierre de los teatros en las grandes ciudades donde se concentraba la actividad artística profesional, teniendo que mirar hacia las provincias como fuente de trabajo. Hoy, en el mundo, vivimos una crisis sanitaria que, como en los siglos XVI y XVII, nos impide asistir a una sala de teatro. Sin embargo, a diferencia de otras épocas, la gran herramienta que dramaturgos, compañías, gestores culturales y parte del público han podido utilizar para seguir viviendo las artes escénicas desde el confinamiento en casa ha sido el Internet. Y las provincias, las regiones de Chile, aun con sus carencias en conectividad, han podido beneficiarse de la liberación de contenido artístico de todo el mundo y de funciones gratuitas o pagadas de espectáculos nacionales e internacionales a los que no necesariamente habríamos tenido acceso en Tarapacá. 

En tiempos de Shakespeare, cuando la peste cerraba funciones, el teatro se fue a las provincias. Hoy, abre las puertas de las casas a través de computadores y celulares. Y la región está dispuesta a recibir obras y compañías que quieran mantener el espíritu del teatro vivo, aunque sea en un encuentro virtual y diferente.

Es momento de resiliencia, de adaptación, de preguntas, de ensayo y error – todos conceptos intrínsecos a las artes escénicas y catalizadores de tantos procesos de creación. El teatro no es ni ha sido nunca un producto terminado, completo, sino un proceso movido por preguntas y problemas por resolver, por lo que no sorprende que esta disciplina busque experimentar, jugar y desafiarse a través de medios que no son los propios (la cámara, la pantalla, la reproducción remota), incluso a costa de tensionar aquella particularidad más básica: la relación actor-audiencia en un mismo espacio y tiempo. 

Es imposible no pensar aquí en Jerzy Grotowski (1933-1999), director de teatro y teórico polaco, para quien el teatro se definía por la existencia de un actor y un espectador, sus componentes esenciales. En este sentido, cualquier otro recurso estético o elemento no es requisito para que ocurra la experiencia teatral. Para Grotowski, el teatro es, entonces, lo que pasa entre el actor y el espectador, el encuentro. Pero no se pueden dejar fuera los ejes que lo hacen posible. 

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En circunstancias menos excepcionales que la que vivimos, este encuentro se daría en un espacio y tiempo compartido, donde esa coexistencia es evidente para ambas partes y genera una relación temporal que influye directamente en la obra o evento teatral que los ha reunido. La co-presencia de esa experiencia mueve al actor, pues siente la mirada, aunque sólo sea un par de ojos que se dirigen a él, pero considero que el efecto en el espectador es al menos igual de importante. La audiencia siente el riesgo que corre el actor sobre el escenario, mira al actor y al personaje sabiendo que ese cuerpo imperfecto y material puede producir un goce estético impalpable. Además, se da cuenta rápidamente de que también cumple un rol en esa experiencia. Ahora, si hay más de un espectador, el contrato tácito se multiplica al ser conscientes de que otro, al lado mío, mira conmigo. 

¿Cómo vive el público esa experiencia estética virtualmente? Se pierde el evento; desaparece la sala como marcador entre un espacio y otro, donde se deja afuera la vida cotidiana (se aplaude, se mantiene el silencio, la oscuridad me hace un voyerista protegido de lo que pasa en el escenario, las luces me exhiben y me vulneran, mis reacciones las sienten y las escuchan mis co-espectadores y los actores); si la obra es previamente grabada, se vuelve una experiencia más de archivo que de encuentro; si es en vivo, permanece la sensación del riego asociado a la inmediatez, pero se pierde la tridimensionalidad del cuerpo y la tensión entre realidad y ficción que conlleva el que productos de la imaginación y el trabajo artístico hagan uso del ser humano para hacer la visión realidad. 

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Está claro que no es lo mismo, pero eso no es sinónimo de que no valga la pena. En tiempos de Shakespeare, cuando la peste cerraba funciones, el teatro se fue a las provincias. Hoy, abre las puertas de las casas a través de computadores y celulares y la región está dispuesta a recibir obras y compañías que quieran mantener el espíritu del teatro vivo aunque sea en un encuentro virtual y diferente. En Tarapacá, estos meses tendremos la oportunidad de celebrar al teatro y la danza con el ciclo de funciones online que ha organizado Fintdaz para poder recordar lo importante que son estos festivales para la comunidad, en un encuentro colectivo donde compartimos espacio, tiempo y las sensaciones que podemos entregarnos entre artistas y público. Es un desafío compartido, que nos ayuda como placebo para soportar estos meses sin esa experiencia, pero que nos hará apreciar aún más la simplicidad de lo que teníamos entre escenario y butaca. 


(*)Magister en Theatre and Performance Studies de la Universidad de Edimburgo.  

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