EL EMPAMPADO RIQUELME vuelve a la memoria en una nueva edición

Arte y Cultura 23 de abril de 2021
El libro que recoge la historia de Julio Riquelme Ramírez, un hombre que hacía varios años se había perdido en el desierto, se había empampado, y cuando nadie lo buscaba, sus huesos aparecieron a pleno sol, vuelve en una nueva edición. Una desaparición que puede provocar que resurjan recuerdos, conversaciones, historias familiares, dice Macarena Mallea, en un texto preparado para una anterior edición.
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Julio Riquelme Ramírez se perdió durante un viaje en tren -en el mítico longino- entre Chillán e Iquique en 1956. Venía a un bautizo de uno de sus nietos, donde oficiaría como padrino; el niño se llamaría igual que él, razón más que suficiente para hacer el viaje de cuatro días y cuatro noches. Pero a Iquique solo llegó una canasta de mimbre en la que traía su cocaví. En 1999, 43 años después, se publicó una noticia que conectaría con el misterio de su viaje inconcluso.

El periódico decía que se había encontrado un cuerpo en medio del Desierto de Atacama, con los huesos blancos-blancos de frente al sol y que, gracias a los objetos que lo acompañaban, era el extraviado Julio Riquelme Ramírez. Quienes lo hallaron pensaron que se trataba de un detenido desaparecido durante la época de la dictadura, pero luego -a medida que revisaron sus pertenencias- cayeron en cuenta que se trataba de un hombre desaparecido mucho antes del Golpe de Estado. El hijo de Riquelme, comprendió entonces que su padre no los había abandonado, sino que -lo más probable- es que tuvo un accidente durante el viaje, que se cayó del tren y se perdió en la pampa. En otras palabras, se empampó.

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Julio Riquelme Ramírez, en una foto en su ciudad natal. 

DESAPARECIDO

“El empampado Riquelme es una novela sobre un desaparecido en un país lleno de desaparecidos. Que Riquelme se haya perdido antes, da lo mismo. El libro no solo habla de él. Habla de las señales mínimas de los cuerpos, de las familias trizadas, del paisaje del desierto como metáfora de la muerte y de la palabra como único remedio”, dice el crítico Álvaro Bisama.

Francisco Mouat, quien era director de la Revista del Domingo de El Mercurio, se sintió atraído por la historia, al punto de transformarla en libro tiempo después: “Tengo una fijación, no sé muy bien por qué, con los perdidos, con los que desaparecen y no dejan huella, con aquellos sujetos que escriben con sus vidas una historia mínima que apenas alcanza a tocar a los pocos que están cerca suyo, con suerte su familia, sus amantes y sus escasos amigos; seres humanos que parecieran no afectar a nadie más en ese planeta y cuyo destino no interesa socialmente. Ellos hablan a veces con más fuerza que ningún otro de la condición humana: por su fragilidad explícita, por la mayor libertad que solemos tener para saber cómo viven, porque viven sin mucho que ganar y casi siempre acaban perdiendo”.

Gracias al libro, también entra la reflexión de por qué se olvidan estas historias mínimas, o más bien a estos sujetos que de un día a otro dejaron de estar: “El alma humana es vacilante, contradictoria: si nadie te apura, si puedes seguir levantándote tranquilo en la mañana para hacer tus cosas, si tienes rabia porque te sentías abandonado, si la desaparición de un miembro de la familia o un compañero de trabajo no te quita el sueño, si la vida continúa y no nos deja pegados en el recuerdo, es más fácil olvidar. Y eso ocurrió con Riquelme: los que tenían que recordarlo lo olvidaron, y el resto se sumó al silencio. Hasta que sus huesos aparecieron y nos quedaron mirando a los ojos”.

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Algunas de las pertenencias encontradas en su maleta, que sí llegó a Iquique.

RECUERDOS

Macarena Mallea, magister en literatura, en la presentación de la edición anterior, publicada en 2018, entrega algunos antecedentes de este libro y de esa edición: “La aparición de los huesos de Riquelme hace resurgir la historia de su familia, el momento en que lo fueron a buscar a la estación de trenes ese domingo de 1956 y solo recibieron la canasta de mimbre en la que llevaba su merienda para el viaje. Me conmueven los objetos, ya fuera de su tiempo, sin uso ni dueño, pero que, no obstante, permiten encontrar y reconocer a Riquelme, son los que hablan de su historia más de cuarenta años después de su desaparición”.

“Riquelme mantuvo la dignidad de su estampa y llevó consigo durante su andar en el desierto la totalidad de sus cosas: su abrigo plomo de tweed, una peineta rosada pequeña, un pañuelo pardo claro con listado de color rojo y azul cuadriculado, un destapador de botellas, un cortaplumas, un juego de llaves, un reloj marca Urbina, una lapicera Parker, anteojos, un anillo con sus iniciales, una billetera café, dinero, sus documentos, tarjetas de bautizo, una foto de su hija Marta junto a uno de sus nietos, una foto de su cuñada Lidia, jeans azules, cinturón, camisa blanca, calzoncillos largos blancos, calcetines de hilo color crema, zapatos elegantes con cordones de gamuza color azul con verde (el derecho reparado en la suela), y, por supuesto, un sombrero de cuero negro, de ala redonda y sin marca, acaso el más simbólico de los sombreros del mundo”.

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“Pienso mucho en la peineta de plástico rosada, sinceramente no sé por qué. Me detengo en esa peineta, en su lapicera Parker, en la canasta de mimbre en que Riquelme llevaba su cocaví, en el sombrero de ala ancha que su esqueleto sostuvo por décadas en medio del desierto. Las imágenes de esos objetos se me quedan dando vueltas, las busco en las fotos en la sección dos de esta edición y no las encuentro todas, así que las rastreo en el texto mismo. Me quedo pegada hasta que logro salir de mi obsesivo afán gracias a la tercera parte de este libro: todo lo que ocurre “Después de El empampado Riquelme”.

“Encuentro consuelo, nuevamente, en esos relatos, en las distintas perspectivas de mirar y comprender la historia de Riquelme, que me permiten ampliar las posibilidades de lectura de este libro y desprenderme de las imágenes de esos objetos por un tiempo, solo por un tiempo. Esta sección me permite descansar en las lecturas de otras personas, quienes contribuyen en la construcción de un relato abierto, polifónico y a la vez conciliador. Todas estas voces nos permiten, como lectores, darnos cuenta de nuestra sensación de sentirnos afectados por la historia, por el libro mismo, y en esas interpretaciones, en esos aportes, es posible encontrar un espacio donde la lectura propia también entra y dialoga con las demás”.

“Creo que de eso se trata, de conocer la historia de Riquelme, reconocer el olvido, pero también disfrutar del reencuentro y todos hacernos un poco cargo de ellos, a ver si entre todos, en tanto lectores, podemos hacer de nuestra vida un poco más feliz, más en armonía con el otro. Francisco Mouat abre el libro señalando que jamás olvidará la tarde en que estaba revisando el diario y leyó una breve noticia con el hallazgo del cuerpo de Julio Riquelme en el desierto, yo, por mi parte, jamás olvidaré la noche en que leí y me acerqué por primera vez a El empampado Riquelme”.

Extracto del texto publicado en CECLI: Centro de estudios de cosas lindas e inútiles. Las fotos acompañan al texto original. El libro acaba de ser lanzado en una nueva edición por LOLITA EDITORES.

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