Los barrios de Iquique gritan al unísono: ¡VIVA SAN LORENZO!

Arte y Cultura 04 de septiembre de 2021 Por Aníbal Valenzuela
¿Y San Lorenzo? El Lolito es otra cosa, dice el sociólogo Aníbal Valenzuela. En esta crónica destaca la consolidación del espacio público, que trae aparejada la fiesta, a través de una verdadera intervención de religiosidad popular urbana. Varias de las calles adornadas para la Carmelita vivieron el recambio de colores: del café y crema, al rojo y amarillo. Pero siempre respetando la máxima: julio es de la Chinita y agosto es del Lolo. Tradiciones son tradiciones.
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Fotos: Franco Miranda. Al igual que el año pasado, pero de una forma más acentuada, esta segunda celebración a San Lorenzo en contexto de pandemia Covid-19, nos permitió conocer cuáles son los barrios más devotos del Santo.

Apenas agosto apareció en el calendario, el fanatismo por San Lorenzo del pueblo de Tarapacá se desató. Si la celebración en torno a la Chinita nos había parecido un desborde de fe y devoción, la celebración al Lolo o Lolito, como le llamamos familiarmente, superó todas las expectativas.

Se consolidó la ocupación del espacio público, a través de una verdadera intervención de religiosidad popular urbana. Varias de las calles adornadas para la Carmelita vivieron el recambio de colores: del café y crema, al rojo y amarillo, pero siempre respetando la máxima: julio es de la Chinita y agosto es del Lolo. Tradiciones son tradiciones.

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“Ciertamente los devotos del Lolo tienen un sentido de la fiesta más extrovertido y por lo mismo las vísperas se celebraron como un gran año nuevo”.

Al igual que el año pasado, pero de una forma más acentuada, esta segunda celebración a San Lorenzo en contexto de pandemia Covid-19, nos permitió conocer cuáles son los barrios más devotos del Santo. Alguien me decía, en todas partes están celebrando al Lolo, pero claramente sus celebraciones se concentraron en los barrios antiguos de Iquique y en la franja poblacional.

Por lo mismo, las celebraciones se territorializaron y muchos barrios y cuadras organizaron sus propias fiestas en honor al Santo Patrón; los bailes religiosos volvieron a danzar en sus barrios de origen, ocupando plazas, calles y canchas; y los diablos sueltos (o rojos) se multiplicaron y danzaron sin descanso, aceptando cuanta invitación se les hizo.

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La fiesta trae aparejada la consolidación del espacio público.

Una vecina se adelantaba a proyectar lo que podría pasar el próximo año y comentaba: “sería bonito que en cada barrio se celebrará la Octava del Lolito” (hasta ahora la Octava se celebra en el sector norte de Iquique y es organizada por la comunidad de San Lorenzo de la Reconciliación).

Ciertamente los devotos del Lolo tienen un sentido de la fiesta más extrovertido y por lo mismo las vísperas se celebraron como un gran año nuevo: bandas musicales en las calles (con bronces y percusión), con parrillas y cocimientos en las veredas, con bebestibles de todo tipo y, todo,  en medio de bengalas y fuegos artificiales que hicieron arder la noche del 10 de agosto. 

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Las celebraciones se concentraron en los barrios antiguos de Iquique y en la franja poblacional.

Resulta interesante ver cómo estas tradiciones se van transmitiendo de generación en generación. En la población Caupolicán pude ver a un grupo de niños y niñas que en las vísperas sacaron una pequeña imagen en procesión, mientras lo paseaban, cada uno de ellos gritaba insistentemente: ¡Viva San Lorenzo!, ¡Viva el patrón de los pobres!, ¿A quién llevamos?, etc. Los adultos que respondían a cada una de estas exclamaciones observaban emocionados el paso de esta “mini” procesión.

Al igual que el año pasado la fiesta se desterritorializó y lo que no se pudo hacer en el pueblo de Tarapacá, sus devotos lo hicieron en todas las ciudades y pueblos de la región, porque al Lolito se le cumple, se esté, donde se esté.  Fuimos testigos de las múltiples formas que ese “le cumplí” tomó, desde la tradicional entrega de camisetas, pulseras, recuerditos, calendarios, roscas, chocolates, calapurca, pelotas, naranjas; pasando por chumbeques, Cds, canapés, brochetas, etc. Resulta esperanzador ver las miles de muestras de generosidad y gratuidad que San Lorenzo suscita en sus devotos.

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Resulta interesante ver cómo estas tradiciones se van transmitiendo de generación en generación.

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También este año las celebraciones tuvieron un carácter híbrido: muchas comunidades y bailes religiosos realizaron sus actividades mezclando la presencialidad y la virtualidad. Llama mucho la atención la capacidad de adaptación de estos grupos de peregrinos que vieron en las aplicaciones y herramientas virtuales el medio para dar continuidad a algunas tradiciones de la fiesta.

Mucho de los que vimos en estos días de agosto me hizo recordar la definición de patrimonio de Guzmán (1981), “como un lugar de complicidad social, como el conjunto de relaciones y prácticas que los individuos y grupos humanos efectúan para construir y modificar el entorno y elaborar las formas de autorepresentación de la sociedad”. 

No sólo asistimos a una muestra de patrimonio intangible que resalta algunos de los rasgos más esenciales de nuestra identidad, si no también que provoca un profundo encuentro social. Ciertamente en los barrios y poblaciones donde se celebró al Lolito en estos días los vecinos conversaron más, se encontraron, compartieron y la calle se convirtió en un espacio más seguro. Son los milagros que este año nos deja San Lorenzo, ya veremos lo que él nos tiene preparado para el 2022. 

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