ALGAS PARDAS: la crónica de una muerte anunciada

Ciencia y Medio Ambiente 26 de mayo de 2018
Al principio era “dinero que estaba botado en las playas; sólo había que recogerlo”. Con los años, y cuando la demanda arreciaba, comenzaron a sacarlas desde el mar, a través de lo que se conoce como “destronque” o “barreteo”. El ecosistema marino se vio alterado y por esta razón, señalan neófitos y expertos, ya no tenemos peces de roca en nuestra región. Las autoridades reconocen el daño, pero están sobrepasadas. Esta es la historia de cómo las algas se están acabando, a vista y paciencia de todo el mundo. Las autoridades reconocen el daño, pero están sobrepasadas. Esta es la historia de cómo las algas se están acabando, a vista y paciencia de todo el mundo.
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Fotografía Proyecto Desarraigos, cortesía © Catalina González. 2014

En los años noventa, la mayoría de los restoranes de nuestra ciudad ofrecían, en distintas preparaciones, Acha, San Pedro, Mulato, Papaniagua, entre otros. Peces de roca que le daban fama a nuestra cocina. Peces que vivían en las costas de la región, cuando la “fiebre de las algas pardas” no se había desatado. En esos años, nuestro país exportaba a los mercados mundiales menos de 100 toneladas al año y en Tarapacá apenas un puñado de pescadores se dedicaba al negocio del “huiro”.

Las algas pardas, como el huiro negro, huiro palo y huiro canutillo, son el hábitat de muchas especies, dice la Bióloga Marina, Marcela Ávila. “Pero no sólo el hábitat, sino también son las zonas de refugio, de alimento y de protección. También son las áreas de desove, por ello los distintos autores se refieren a este tipo de macroalgas como especies ingenieras, que generan un ambiente para que vivan y se reproduzcan otras especies”.  

Si no están presentes en las costas, entonces desaparecen las poblaciones de lapas, erizos y peces de roca. También sirven, una vez fuera de su hábitat, a las industrias que requieren una estructura viscosa o de gel, propiedad que las algas proveen a través de los “ficocoloides” y se usan para producir pintura, shampoo, pasta de dientes, helados, mermeladas y hasta sopas instantáneas.

Por esta razón es que el “negocio” atrajo a cientos de personas a las costas de la región, la mayoría de las cuales puede ganar más de un millón de pesos “recogiendo” esta “basura” que arroja el mar. Algunos pescadores también se tentaron, ante las fluctuaciones de precios de los productos que extraían originalmente: erizos, locos, pulpos, etc.

“Las algas pardas, como el huiro negro, huiro palo y huiro canutillo, son el hábitat de muchas especies, dice la Bióloga Marina, Marcela Ávila. Pero no sólo el hábitat, sino también son las zonas de refugio, de alimento y de protección. También son las áreas de desove, por ello los distintos autores se refieren a este tipo de macroalgas como especies ingenieras, que generan un ambiente para que vivan y se reproduzcan otras especies”   

Las zonas depredadas pueden tardar varios años en volver a su hábitat natural. Según la Bióloga Marina, “esto es variable y  depende de varios factores, del sector de los factores abióticos, del sustrato, de los herbívoros y del potencial reproductivo de las algas que no fueron cosechadas. Si se evalúa el tiempo que demora una plántula juvenil que se fija en el sustrato, después de 8 meses llega a un tamaño adulto. Sin embargo, después de eso debe cumplir su función reproductiva y generar nuevos individuos. Un sector depredado puede demorar desde dos o más años en recuperar la productividad inicial; el tiempo de recuperación es dependiente de las características de cada sector. El huiro negro y huiro canutillo si bien tienen altas tasas de crecimiento, tienen un ciclo de vida complejo, que requiere de varios meses para completar la alternancia de generaciones”.

En nuestro país las algas pardas se extraen en un 98% de praderas naturales, aunque existen algunos centros en la Región de Atacama que tienen cultivos de algas pardas para alimento de abalones. El resto es sólo procedente de praderas naturales. “En otros países –agrega Ávila-  la extracción de algas pardas para la industria de alginatos proviene de praderas naturales que tienen medidas de manejo y hacen rotación de áreas, por ejemplo Noruega. En otros como China, Korea y Japón existen cultivos que abastecen de algas pardas. Hoy día el Estado de Chile, a través de la Subsecretaria de Pesca ha trabajado con los pescadores artesanales y la industria para generar planes de manejo por región, adecuándose a la realidad regional en cada caso, y estableciendo cuotas y volúmenes específicos. El problema radica en que en algunas regiones se produce y se ha detectado extracción ilegal de este tipo de recursos”.

 RECURSO EN VEDA 

El ex director zonal de la Subsecretaría de Pesca, Marcos Soto, reconocía que más de mil personas se dedican a extraer algas y que la mayoría lo hace en forma ilegal. Por esta razón también es que en la última década se han extraído más de 200 mil toneladas y que los peces de roca que le daban fama a nuestros restoranes gourmet, ahora apenas caben en la memoria.

Cualquiera que recorra las playas de Iquique, desde Playa Blanca al sur, podrá ver cómo los algueros depredan el recurso. A pesar de que está en veda desde el 2005 y que sólo se autoriza la recolección del que bota la ola, ellos se las ingenian para torcerle todas las hebras a la ley. Primero, a través del “destronque o barreteo”, que no es otra cosa que “talar” el bosque de algas que hay en el mar, para después recogerlo cuando llega a la playa, por efecto del oleaje.

Después, porque se consiguen el permiso que se necesita para extraerlo, conocido como “Registro Pesquero Artesanal”, RPA, y lo endosan, lo prestan, lo manipulan hasta el hartazgo. Todas las algas o el huiro ilegal, como se conoce popularmente, se “blanquea”. Después de su extracción, lo secan y finalmente lo hacen llegar a las casi 20 empresas que lo pican, lo ensacan y lo venden al exportador. Esto, a vista y paciencia de todo el mundo. Incluso de quienes se supone están a cargo de fiscalizar: la Armada, Carabineros y los funcionarios de Sernapesca. Cada cierto tiempo una nota de prensa da cuenta de algún decomiso; unas cuantas toneladas. Una especie de gota en el mar, con el cual, al parecer, la autoridad pueda tranquilizar su conciencia.

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Fotografía Proyecto Desarraigos, cortesía © Catalina González. 2014


ALGAS SIN DEFENSA

Un trabajo de investigación periodística de las estudiantes de la Universidad del Desarrollo, Bárbara Espejo y Lorenza Sciaraffia, con el que optaron al título, muestra todo los aspectos de este “negocio”. Y, de manera insólita, deja en evidencia toda la cadena de errores, omisiones e incongruencias que nuestro sistema legal dispone para cuidar este recurso.

El entrevistado Juan de Dios Cofré, que dispone del codiciado RPA reconoce que llegó a Iquique el 2002 sin recursos para mantener a su familia; un mendigo en la playa le recomendó este negocio con el que logró dar educación a sus cinco hijos. “Hay harta plata botada en la playa, me dijo. Y claro, vi montones, cerros de algas que estaban botadas. Me dijo: esto es plata”.

Quienes extraen el recurso, señalan las jóvenes periodistas, reconocen estar cometiendo una ilegalidad. Uno de los entrevistados señala: “Hay que tener permiso (el RPA) para poder sacarlo; lo vendemos a la mala, o con un familiar. Ellos se hacen cargo del huiro. Lo dejan guardado y después lo venden como legal; quién va a saber si es barreteado o varado. Se lo pasan a la gente que tiene el RPA y lo blanquean”.

A lo largo de la costa existen siete áreas de manejo del recurso, donde se puede extraer el huiro, pero con un límite que debe estar supervisado por una agrupación de pescadores. Aunque se podría pensar que en esas áreas de manejo se extrae la mayor cantidad de huiro, no es así. A través del Portal de Transparencia del Gobierno se puede observar que, desde el 2008, nunca se han sacado más de 620 toneladas en esos sectores. ¿De dónde salen las otras miles de toneladas?, es la pregunta que se formulan las periodistas en este reportaje. Y la respuesta, aunque obvia, es parte de la “vista gorda” que terminará destruyendo el recurso.


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