María Inés Candia, una artista esencial en Tarapacá que ha hecho del arte una herramienta de aprendizaje

A fines del año pasado fue distinguida por sus pares en la tercera versión de los Premios de Artes, Cultura y Patrimonio “Guillermo Jorquera Morales”. Se trata de una artista con más de cuarenta años de oficio, que en su momento superó el machismo y se ha ganado la valoración de las nuevas generaciones.

Arte y Cultura 22/04/2024 Rodrigo Ramos Bañados
Maria ines candia 1

Fotos: Franco Miranda

Al final, María Inés Candia, artista visual, se pregunta entre risas, qué podré sacar en limpio de este diálogo bastante disperso. Le respondo, mientras observamos la grabadora, que escribiré sobre las bondades de la Hierbaluisa. La recomendación de este arbusto de sabor cítrico pertenece a María Inés Candia, nuestra entrevistada. “La Hierbaluisa hace bien para todos los males, hasta para los de la sociedad”, afirma. De María Inés Candia puede decirse que es una de las artistas más representativas de Tarapacá, con un bagaje que la llevó a Lima (Perú), pero principalmente a Lisboa (Portugal) y la regresó a Iquique. Historia pura que ha sido reconocida; pero, lo que ella más atesora, según reconoce, es la valoración hacia su labor por las nuevas generaciones de artistas.

Rememora que el año pasado le realizaron varias entrevistas a las que califica de curiosas. En éstas, contó parte de su vida. Habló de su proceso creativo. Narró su experiencia con personas con discapacidad mental. Quizás lo más interesante de un artista no sean sus opiniones, se pregunta con cierta ironía. “Pero también conté anécdotas. Muchas. Y tengo bastantes”, dice abriendo sus ojos inquietos tras una gesticulación elegante, desde un café -que es como un oasis en medio de pubs-, en la esquina de Baquedano con Bulnes. Hay instantes en que el diálogo con María Inés se torna resbaladizo como la textura de un pescado: la vida que va contando circula a veces con decepción, y en otras con alegría. Su asertividad para comunicarse le ha jugado en contra muchas veces, especialmente al momento de enfrentarse en sus trabajos. Reconoce que ha sido frustrante no ser entendida a cabalidad. 

Afirma que las ciudades mutan de acuerdo con las necesidades del momento. Esta vez Baquedano cambió de piel hacia un mercadillo variopinto con terrazas donde se estila beber y fumar.

Esta reunión con María Inés Candia -que derivó en la entrevista- se produjo en las escaleras del Palacio Astoreca. Luego de unos pasos, María Inés, que tiene una impronta de personaje de la “belle époque”, aprecia la panorámica de la histórica peatonal bordeada por las casas de pino oregón. Afirma que las ciudades mutan de acuerdo a las necesidades del momento. Esta vez Baquedano cambió de piel hacia un mercadillo variopinto con terrazas donde se estila beber y fumar. Hace un par de décadas transitaron autos por la calle. “No sé que es peor los autos o los pubs. Por suerte el museo está haciendo cosas; está moviendo el cuento artístico en Iquique”, afirma convencida. 

María Inés pide un “tecito de Hierbaluisa”, lo que a larga sería un error, pero vamos por parte. “Lo que sucede, explica, es que tuve un problema de salud, y no puedo tomar té o teína. Me sube la presión. Lo que más siento es que no puedo tomar whisky. Bebía un poco. Me juntaba con gente que era firme (risas). Tenía malas compañías (ríe). Ahora no puedo”, dice con tono compungido. 

María Inés ve la taza con el líquido oscuro y hace un gesto con la cabeza. No, dice. No puedo tomar té con Hierbaluisa. 

-Puede servirme una hierba sola, que el té me hace mal-

-O sea un mate de Hierbaluisa- aclara la chica que atiende.

-Sí, un mate. Eso, pero solo.

VUELTAS

Situemos a María Inés regresando de Portugal, a Iquique. Principios de la década de los 90. Vuelta de la democracia. Un retorno el de ella que concentra toda la actitud de aportar otra mirada para las artes en la ciudad, pero se encuentra con el estorbo de un machismo soterrado. “Siendo mujer, en un principio, pasé por eso. Me complicó. Después me despabilé. Me puse valiente al encontrarme con todo esto. Ya pasó. Aprendí mucho. No lo veo con nostalgia. Yo venía de un espacio que no era así. Venía de Europa. Recordaba lo que pasaba acá antes de dictadura. Después llegué y encontré casi lo mismo. Iquique es una ciudad pequeña y estaba igual con respecto al machismo. Ser artista mujer es difícil, porque siempre se nos carga con estereotipos. Luego me puse a trabajar con los niños, a través de un fondo del libro y la lectura, y comencé a hacer mi camino”, afirma. 

Cuenta que todo su desarrollo cultural lo hizo afuera. “Se absorbe bastante. Cuando uno vive afuera y no va como turista, uno entiende que no sólo la cultura es distinta, sino que las personas. Europa tiene una antigüedad distinta a la nuestra. Han pasado procesos históricos. Son realmente antiguos, o sean han pasado por montones de cosas. Ahí uno siente la historia. Uno se encuentra con ruinas romanas y fenicias, que de inmediato invitan a pensar en el origen de las cosas… Los pueblos antiguos, del campo, pueden ser pastores, cruzan con sus ovejas por la ciudad. Ellos mantienen las tradiciones combinándolas con la modernidad. Se nota su tranquilidad, su reposo, al momento de afrontar lo moderno”. 

Cuenta que todo su desarrollo cultural lo hizo afuera. “Se absorbe bastante. Cuando uno vive afuera y no va como turista, uno entiende que no sólo la cultura es distinta, sino que las personas”.

Explica que Portugal tuvo colonias (en África) hasta la década del 70. Yo arribé en 1978, después de irme de Lima. No era el mejor momento en ese país. En 1974 había sido la revolución de los claveles, donde el ejército se puso de acuerdo que parara todo. Como se venden muchas flores, alguien llevó los claveles y puso un clavel en un fusil; ahí comenzó la “revolución de los claveles”, que derroca la dictadura y el colonialismo y llama a elecciones. “Se terminaron las colonias, y los retornados regresaron en masa: pobres, ricos y africanos. En ese barullo, llegué yo”.

Cuando este entrevistador va en la mitad del café, por fin le llega el mate de Hierbaluisa a María Inés. Sonríe. Y continúa el diálogo. En un momento en Portugal, María Inés trabajó con mujeres maltratadas. “Me adentré en las profundidades de los barrios de Lisboa. Compartíamos con las mujeres en un hogar, así podíamos cubrir las necesidades de todo tipo que tenían, con el propósito de ayudarlas. Ellas habían salido de la casa y no sabían hacer nada. Muchas mujeres provenían de África. Eran migrantes. Lo más curioso es que no sabían leer o escribir, pero tenían una sicología donde te veían, hablaban con uno y calibraban. Ellas podían ganar dinero en la calle ejerciendo el comercio sexual, pero como tenían hijos o hijas, debían pagarle a una ama -como les llamaban a las cuidadoras-. En todos los barrios había una señora que cuidaba niños y niñas. Era todo muy correcto. Estas mujeres, las amas, tenían una pedagogía de crianza admirable. Hacían trabajos manuales. Ellas, con su forma de vida, me inspiraron”, asevera.

Me adentré en las profundidades de los barrios de Lisboa. Compartíamos con las mujeres en un hogar, así podíamos cubrir las necesidades de todo tipo que tenían, con el propósito de ayudarlas.

DOCENCIA

A la mesa que compartimos con María Inés en el café, se une Pamela Castillo. Es una amiga en común. Se conocen de antes. Pamela es de Pica, y por esta razón, el oasis toma protagonismo en la conversación. Pamela pide un café.

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María Inés cuenta con pesar que su experiencia como docente no fue buena en Pica. “Alcancé a estar un par de meses. He tenido tropiezos, porque a veces pienso que las cosas deben ser a mi gusto. Lo reconozco. No se puede luchar contra todos y todas del sistema”, dice. Hace un alto, e invita a Pamela a su casa, que está ubicada en las faldas del Cerro Dragón, para conversar más detalladamente sobre Pica y la vida. Luego continúa sobre su labor en educación: “Todavía trabajo con jóvenes disminuidos mentalmente. Llevo años. He aprendido. El niño con capacidades diferentes siente. Puede que no hable o escuche, pero está sintiendo. Hasta los profesores de educación especial lo olvidan, eso me sorprende, porque pareciera que no están trabajando con humanos. Me fui en contra. Y cuando me he ido en contra, las personas se van en contra mía”, asevera.

Una persona se acerca al café a pedir una moneda. Pamela revisa y le entrega lo que pide la persona. La persona agradece. Hablamos de los cientos de personas que viven en situación de calle en Iquique. Comparamos la ciudad con otras. Volvemos a la migración.  A los tiempos de pandemia. A la desconfianza presente en las relaciones y humanos, y volvemos al arte. “Algunos artistas están trabajando con la inteligencia artificial. Ya no usan pinceles. Las personas que trabajan desde los sentimientos, sensaciones, de las ideas, pueden utilizar las herramientas actuales, pero la filosofía es la misma y funciona”, dice bebiendo el último sorbo de mate de Hierbaluisa.


Trayectoria

María Inés Candia cuenta con estudios en el Centro de Artes y Comunicaciones Visuales Ar.Co, en Lisboa, Portugal. Ha sido encargada de los talleres de la Unión Nacional de Padres y Amigos de Personas con Discapacidad Mental en Alto Hospicio y también profesora de la Escuela Artística Violeta Parra de Iquique. Con incontables exposiciones y trabajos a su haber es una de las personalidades más representativas del arte de Tarapacá.

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