
La ofrenda de estatuillas en el rito de la capacocha y su relación con el mito del origen de los Incas

La qhapaq hucha o capacocha correspondía al principal rito inca de ofrenda a las huacas o divinidades, ya que incluía el sacrificio de niños, niñas y jóvenes, y se celebraba en condiciones especiales o de crisis, tanto positivas como negativas (triunfo en conquista territorial, nacimiento del hijo del Inca gobernante, calamidad climática, catástrofe natural, etc.; Duviols 1976). Desde la etnohistoria destaca el aporte de Duviols (1967, 1976), quien toma como base el registro cronístico para plantear su tesis de la importancia de la capacocha en los movimientos redistributivos en la época imperial.
La qhapaq hucha o capacocha correspondía al principal rito inca de ofrenda a las huacas o divinidades, ya que incluía el sacrificio de niños, niñas y jóvenes, y se celebraba en condiciones especiales o de crisis.
A su vez, este autor remarcó el rol jugado por tal rito en las políticas integracionistas de los incas, cuestión retomada posteriormente por Gentile (1996, 2001) y Schobinger (1998) para proponer a la capacocha como un acto asociado a la conquista de territorios en el Contisuyu y el Collasuyu. Según dichos autores, con la realización de estas ceremonias se habría afianzado simbólicamente el dominio incaico en parajes tan alejados de la capital cuzqueña como el nevado Ampato, el volcán Llullaillaco, el nevado Aconcagua, o el cerro El Plomo.
ESTATUILLAS
He abordado la investigación de la ofrenda de estatuillas antropomorfas desde el estudio de su vestimenta y atuendos, entendidos éstos como elementos claves en la definición de la identidad étnica prehispánica, cuestión ampliamente documentada por las fuentes históricas —y sobre la cual la información arqueológica también está en condiciones de hacer aportes sustanciales—, con el fin de establecer los elementos claves para la comprensión de lo simbólico en la religión incaica.

De esta forma, los detalles de la vestimenta y los atuendos estandarizados de las miniaturas conocidas, así como las reseñas de fuentes documentales, son los elementos que permiten plantear a las estatuillas antropomorfas como réplicas de los Incas en cuanto grupo étnico. En la literatura especializada ya se ha planteado la tesis de que éstas representarían a hombres y mujeres nobles en miniatura, cuyos atavíos y deformación de orejas denotaban su alto rango (Abal de Russo 2010; Reinhard y Ceruti 2010).
En este punto conviene recordar el correlato que hemos establecido aquí entre la información cronística —la cual describe la vestimenta noble— con los restos arqueológicos de vestimenta y adornos personales, tanto de tamaño natural (víctimas sacrificadas) como miniatura (estatuillas ofrendadas). A ello hay que agregar la presencia ya mencionada de acullicu de coca en la mejilla de las estatuillas masculinas, que en suma, son todas expresiones de los privilegios de la nobleza incaica.
PRIMER REY
Hemos visto que Cobo menciona plumajes redondos llamados purupuru que no sólo eran usados como divisa e insignia del “primer rey”, sino además por los miembros de su parcialidad y linaje: ¿podrían, quizás, estos remitir al gorro recamado de plumas que mujeres jóvenes y estatuillas femeninas portaban para los sacrificios realizados durante la fase expansiva del Tawantinsuyu?

Asimismo, es de especial importancia la evidencia aportada por el Llullaillaco en relación con la escena descubierta in situ compuesta por dos estatuillas masculinas (ambas con la insignia trapezoidal sobre el llautu) que —abriendo una especie de cortejo— guían a tres camélidos. Esta asociación entre figurilla masculina e insignia canipu es muy relevante, ya que su presencia constituye un argumento más a favor de que las estatuillas habrían operado como réplicas de la pareja fundadora, en sentido estricto, y de la élite incaica, por extensión.
Es de especial importancia la evidencia aportada por el Llullaillaco en relación con la escena descubierta in situ compuesta por dos estatuillas masculinas (ambas con la insignia trapezoidal sobre el llautu).
Conviene recordar que esta escena congelada en el tiempo cuenta con el hecho adicional de ser enmarcada por un collar de placas de Spondylus dispuesto en semicírculo a su alrededor, lo cual realza aún más su significado simbólico si consideramos al mullu como indispensable para rogar por lluvia (Murra 1975; Reinhard 1983).

A ello hay que agregar, que Martín de Murúa mientras reseña los distintos obsequios que el Inca podía hacer a curacas locales (camisetas de oro y plata, queros de oro y plata, piezas de ropa cumbi, chipanas, collar de turquesas, entre otros), menciona la palabra “barcates” —palabra muy distorsionada, por cierto, que no se encuentra en los diccionarios— dando el siguiente significado: “un gorjal de unas veneras coloradas”. A la vez, y gracias al relato de Sarmiento, logramos saber que dicho collar de mullu era la insignia que llevaban los camélidos napa cuando irrumpieron desde la cueva mítica.
CAMÉLIDOS
Igualmente sugerente es el pasaje de Molina que vimos en relación con la presentación de nobles incaicos portando en andas las estatuas de los camélidos de oro (corinapa) y de plata (colquenapa), con la explicación de que lo hacían “en memoria de los carneros que salieron del tambo con ellos”. Réplicas simbólicas de estos “carneros” serían precisamente las miniaturas de camélidos que aparecen acompañando a las figuras antropomorfas, tanto masculinas como femeninas. Así, con el mito de origen cobraría sentido la aparición conjunta de estatuillas antropomorfas y zoomorfas.

La mención de Albornoz comentada más arriba decía que el Inca gobernante ofrecía “sus propias personas en figuras de oro y plata y otras figuras de carneros”. De acuerdo con ello, los incas aparecerían representados por estatuillas con el atributo exclusivo del linaje real o capac ayllu a través de la insignia canipu. Planteo adicionalmente, que los dos tipos de uncus miniatura con diseños tocapu que suelen vestir a las estatuillas masculinas (uncu ajedrezado blanco/negro y uncu con “llave Inca”) podrían corresponder a la vestimenta propia del linaje real con sus variantes jerárquicas de hanan y hurin, para uno y otro tipo de uncu decorado; si esta propuesta fuese correcta, significaría un avance en la comprensión de ambos tipos básicos de tocapu como expresión simbólica del origen sanguíneo o linaje referido al capac ayllu.

Al mismo tiempo, la escena mencionada presenta una implicancia más: la referida a la calidad civilizatoria de los Incas como grupo étnico, quienes —según los registros de varios cronistas— habrían aflorado desde la ventana Capac toco dando inicio a la era inca formando dos “familias” o linajes desde un tronco común, al tiempo que hacían gala de vestimentas finas hasta ese entonces desconocidas, y que habrían aparecido guiando sus hatos de camélidos domesticados y en poder de semillas de maíz.

En suma, el cortejo descubierto en la cima del volcán Llullaillaco sería la metáfora visual de los Incas como agentes civilizadores trayendo a los Andes el conocimiento del cultivo de la tierra y los sistemas de irrigación en terrazas, así como el tejido a telar en fibra de camélido, tal como es señalado por diferentes cronistas.
OFRENDAS
Por otra parte, planteo que las estatuillas depositadas como ofrendas (asociadas o no a sacrificio humano) representaban a la etnia inca misma, en tanto grupo étnico conquistador que irrumpe en el escenario local de los valles del Cuzco como invasor extranjero, de claro origen divino y nacidos para crear un vasto imperio. La élite inca requería de un discurso legitimador que reforzara su derecho a ejercer el poder, avalara el establecimiento de la nueva jerarquía y línea dinástica implantadas. Bauer nos recuerda acertadamente que en los estados antiguos la élite gobernante mantenía sus privilegios de estatus mediante “referencias a su descendencia a partir de una figura mítica considerada creadora del orden social”. Por otra parte, en su esencia el rito es un acto político, y tal como expresa Schroedl, se encuentra en la frontera entre lo religioso y lo político: en el caso de los incas contribuía a establecer la legitimidad del acto mismo y “la legalidad del derecho al poder” al autodefinirse como hijos del Sol.

En base a todo lo anterior, propongo a las estatuillas humanas y de camélidos como réplicas simbólicas de aquella mítica aparición de los primeros incas desde la cueva situada en el cerro Pacaritambo. Es plausible además plantear que, eventualmente los nichos de piedras que en ciertos casos han sido registrados rodeando a estatuillas (Llullaillaco y Sara Sara), podrían haber simbolizado dicha cueva-pacarina. De este modo, acompañando a niños y jóvenes entregados en sacrificio, las figurillas eran ofrecidas como réplicas de dichos incas primigenios; con su inclusión —en tanto representaciones de la pareja fundadora del capac ayllu y sus animales domesticados— los incas habrían rememorado su propia génesis, junto con proclamar a todo lo largo de los Andes la legitimidad del dominio que ejercían, puesto “que el Viracocha los había criado para ser señores”.


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