EL DESIERTO SORPRENDE TODOS LOS DÍAS A LA CIENCIA

Ciencia y Medio Ambiente 03 de mayo de 2019
Un encuentro fortuito, en los estudios de postgrado en Santiago, tiene a dos científicos chilenos en la cúspide de la investigación sobre vida en el desierto nortino y, además, en la mira para lo que –eventualmente- podría ser el descubrimiento de vida en Marte.
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Carlos González Silva, profesor de la Universidad de Tarapacá y Armando Azúa-Bustos, del Centro de Astrobiología, de España, han contribuido con una serie de hallazgos al conocimiento científico mundial, gracias a una colaboración que comenzó en el año 2009, cuando publicaron su primer “paper” sobre microbiología ambiental. “Esta investigación comenzó en una cueva en la costa, en las cercanías de Antofagasta, que nos llamó la atención porque en su interior las paredes estaban verdes. En un principio pensamos que se trataba de cianobacterias, lo cual no tiene mucha relevancia científica, porque estas células tienen una distribución muy amplia”, dice González.

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Pero un análisis más detallado, agrega, les permitió descubrir que se trataba de una especie de microalga llamada Cianidium, de lo cual “lo único que se sabía es que habita principalmente en aguas termales. Esto nos permitió –agrega- realizar la primera descripción de Cianidium en un ambiente diferente. Además, pudimos constatar que es muy eficiente, ya que con la poca luminosidad que llega dentro de la cueva, es capaz de hacer fotosíntesis y mantenerse viva”.

OTROS HALLAZGOS

Continuando con estas salidas a terreno, señala el profesor González, también en la costa de nuestra región y casi al llegar a la desembocadura del río Loa, encontraron otra caverna muy interesante. En esta había mucha tela de araña, la que estaba de color verde. “También pensamos que se trataba de microalgas del tipo cianobacterias, pero al analizarla, encontramos que era una microalga llamada Dunaliella, que tiene importancia biotecnológica. Esto también fue una sorpresa, ya que era la primera vez que se describía una Dunaliella fuera del agua”. De acá salió un  segundo “paper”.

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Esta microalga sobrevive gracias a las gotas de agua tipo rocío que se pega a la tela de araña, señala. “En esta cueva, a la parte inicial le llega un poco de luz pasado el mediodía, lo que le permite a la Dunaliella hacer algo de fotosíntesis y mantenerse”. Con esta investigación, señala, “propusimos una forma alternativa de la evolución de los árboles, ya que se piensa que las plantas terrestres provienen de algas marinas. Con este descubrimiento podemos pensar en otra alternativa: que los árboles terrestres se formaron a partir de estas microalgas. O por lo menos, pensar en una forma de colonización de los microorganismos desde el ambiente marino al terrestre”.

CUARZO TRANSPARENTE

Siguiendo con estas campañas en terreno, cuenta el profesor González, “nos encontramos con una curiosidad que ocurre en el desierto costero. En Antofagasta hay un cerro con mucho cuarzo y debajo de esas rocas (del tamaño de una mano) hay una variedad de microorganismos y microalgas vivas. Esto ocurre porque, como el cuarzo es transparente, al pasar la luz, lo que está debajo puede hacer fotosíntesis. Además, como está expuesta a la radiación solar, el cuarzo se calienta menos que una roca normal y puede condensar el agua de la niebla que ocurre en esos cerros costeros”.

Una nueva publicación científica, en el año 2011, siguió aportando al conocimiento mundial, gracias a la curiosidad de estos investigadores nortinos. “Esta curiosidad tiene implicancias muy importantes, ya que en el marco de la investigación en el planeta Marte, aprendimos que no hay que buscar vida en la superficie, sino que debajo de las rocas. Es decir, si un robot llega a marte, debe saber tomar una roca, voltearla y ver lo que hay debajo de ella, porque por encima no encontrará nada, tal como ocurre en el desierto de Atacama”.

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Hay más investigaciones al respecto, dice, pero de menor relevancia. “Sin embargo, con todos estos años de estar monitoreando la microbiología del desierto, más o manos sabíamos lo que hay desde el punto de vista microbiológico”. No obstante, otro hallazgo los sorprendió hace apenas un par de años: “En los años 2015 y 2017 hubo precipitaciones en las zonas de híper aridez del desierto. Tanto, que se formaron algunas lagunas salinas. Estas lluvias no ocurrían hacía décadas, y se produjeron justo en los sectores en que hemos trabajado y que, por lo mismo, estábamos monitoreado constantemente”.

Específicamente en el sector de Yungay, al sur este de Antofagasta, que se ha señalado es el punto más árido de la Tierra, hicieron otro descubrimiento científico. “Después de estas lluvias ocurrió algo inesperado: la flora bacteriana existente y adaptada a la aridez, no pudo adaptarse a la alta cantidad de agua y entre el 70 y 80 % de la flora microbiana normal desapareció. Imagínate: ¡Cuando todos pensamos que el agua es vida!”.

Gracias a que lo que sabíamos, agrega, se pudo escribir un “paper” muy interesante, que apareció en la prestigiosa revista Nature. En esta publicación se analiza la posibilidad de que en Marte pudo haber ocurrido un evento de este tipo, que terminó con la vida en el planeta.

En el “paper” se destaca que “el núcleo hiperárido del desierto de Atacama, el más seco y antiguo desierto en la Tierra, ha sufrido un número inusualmente alto de eventos de lluvia durante los últimos tres años, resultando en la formación de lagunas hipersalinas previamente no registradas, las cuales duraron varios meses”.

“Nuestros resultados muestran que la ya baja biodiversidad microbiana en regiones en extremo áridas disminuye enormemente cuando agua es suministrada rápidamente y en grandes volúmenes. Concluimos poniendo nuestros descubrimientos en el contexto de la exploración astrobiológica de Marte, un planeta hiperárido que experimentó inundaciones catastróficas en tiempos antiguos”.


“ESTOY REDESCUBRIENDO EL DESIERTO”

En una entrevista publicada hace poco, en el diario La Segunda, Armando Azua-Bustos, quien nació en la oficina Pedro de Valdivia y después vivió su etapa escolar en Chuquicamata,  señala que cuando se fue a la Universidad Católica, en Santiago, quiso estudiar biología, pero acabó haciendo carrera en agronomía con mención en enología “para no morirse de hambre” como le habían advertido sus profesores, porque la industria del vino estaba subiendo como la espuma en Chile. “Cuando me fui de Chuquicamata, me acuerdo que en el avión de la compañía minera iba mirando por la ventana y pensando, ‘¿Cuándo voy a volver yo por acá si no hay nada que hacer?’ Yo no lo sabía, pero ese iba a ser mi mayor potencial en el futuro. Y ahora cada vez que puedo, vuelvo porque hay tanto que hacer. Yo estoy redescubriendo el desierto”.


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