Nueva museología regional propone restituir al CERRO ESMERALDA su sacralidad

Arquitectura y Patrimonio 30 de mayo de 2021 Por Luis Pérez (*)
Devolver las jóvenes doncellas entregadas en el ceremonial del Qhapaq Cocha. El Qhapaq Cocha del Cerro Esmeralda ha sido maltratado en el tiempo. Urge un proyecto que permita restituirle su sacralidad, y devuelva a las jóvenes entregadas al Inti, a su lugar de descanso. Eso es lo que propone la nueva museología regional, que comenta en este artículo el actual director del Museo Regional, Luis Pérez. Se trata de un acto de “re” dignificación, no solo de los restos sensibles, sino que además de los pueblos originarios cuya descendencia constituye gran parte de la sociedad, no solo tarapaqueña, sino de Chile.
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La imagen muestra la forma en que se interpretó como estaban las niñas sacrificadas en el Qhapaq Cocha del Cerro Esmeralda. (Foto de Wikipedia)

Un Cerro Sagrado Inca contempla nuestra ciudad puerto. Son las 6:40 am, y como de costumbre hago mi monitoreo informal, pero sagrado, como primera actividad del día: salgo al balcón y observo el majestuoso farallón costero de más de 600 metros. Mi vista es privilegiada: al cerro, y vaya que lo es. Se despliega la ciudad a sus faldas, techos humedecidos de garúa, colores cargados y vívidos. Un Iquique de lento arranque comienza a sacudir su sueño con un frío cada vez más acentuado. El cambio climático hoy se asoma en nuestro perpetuo desierto como una realidad enrarecida. 

Tomo el celular. Capturo la increíble postal del Cerro Esmeralda y el amanecer. Posteo en Instagram: “Majestuoso amanecer tras el Gran Apo Sagrado Cerro Esmeralda”. Su altura domina el farallón, se proyectan imponente, visible incluso desde la pampa. Cubierta de nubes casi todo el año, su cumbre luce un tocado blanco de camanchaca. Esas características son el ambiente ideal que generó y a la vez conservó por medio milenio la mayor expresión religiosa de ofrenda sagrada para el Inca: un Qhapaq cocha, ofrenda de vidas humanas en sacrificio, en este caso compuesta por una joven muchacha y una niña pequeña. 

El proyecto deberá abordar las medidas ambientales de conservación y preservación biológica, además de una estricta pertinencia cultural en la presentación de contenidos para su valoración, y la posibilidad de acceso a la comunidad a un espacio de profunda significación, con la franca posibilidad de que puedan incluso reactivar costumbres ceremoniales.

Allí, en la más alta cumbre al borde del acantilado costero, la temperatura baja a cero, los vientos con agua atmosférica se impulsan al ascender por la ladera enfriando el suelo. Esto, sumado a un ambiente seco durante el día con alta radiación solar, genera condiciones de momificación únicas. Un conocimiento prehispánico aplicado para la eternidad de un ofrendatorio ceremonial.

QHAPAQ COCHA

En cada ofrendatorio Qhapaq cocha, los cuerpos sacrificados eran depositados en posiciones sentadas como dormidas, dentro de un foso de roca que mantiene la baja temperatura, un ofrendatorio amplio para depositar cuerpos y ajuares funerarios con cientos de piezas textiles de fina factura tipo cumbi, ornamentos plumarios, fajas chumpi con tocapos (símbolos), warakas (lazos), llicllas e inkuñas (textil ceremonial), cerámicas Inca como aríbalos, escudillas, ollas pedunculadas y keros (vasos), illas de plata u oro (figuritas humanas y llamos) con sus respectivas vestimentas, estas últimas saqueadas del Apo Esmeralda al momento del hallazgo en 1976.

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La Aclla, nombre dado a las jóvenes adolescentes (18 años) que vivián para ser destinadas al servicio ceremonial, o tal vez una ñusta (mujer de realeza), y su acompañante una pequeña niña mucho menor (8 años), tuvieron allí en el Apo Esmeralda un rol ceremonial, ecológico y político, como ofrenda para el cerro y las deidades adoradas por la sociedad prehispánica del siglo XV. Sin duda que esta ofrenda sagrada, venida desde el Cuzco, fue preponderante en la necesidad estratégica de dominio y buen desarrollo de la administración Inca de la región.

Heredar un caso complejo de gestión patrimonial desacertada. A ojos de los y las especialistas del Museo Regional de Iquique hoy, con una especial sensibilidad cultural que caracteriza a la nueva museología, el antiguo manejo del Qhapaq cocha es ética y técnicamente insostenible en la actualidad. El hallazgo fortuito y su retiro para destinar la cima a antenas de telecomunicación, en febrero de 1976, hace ya casi medio siglo, despojó al Apo de su sacralidad a la vez que transformó el contexto arqueológico ofrendatorio, abandonado en bolsas a las puertas del Museo, en una colección cosificada para la exhibición ante el ojo ya occidentalizado de la población regional de los 80’s.

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Si bien fue un descubrimiento fortuito y violento durante las obras de construcción de un camino a la cima, a punta de detonaciones de TNT, no cabe duda de que es uno de los hallazgos más importantes y deslumbrantes de la arqueología andina. La oportuna investigación liderada por Jorge Checura, director del Museo Regional de Iquique (1966 - 1979), en la que junto a su equipo logró recuperar gran parte de la colección, nos permite hoy poder dialogar y reflexionar sobre el interés del Inca en nuestra región, teniendo como base la importancia de un Qhapaq cocha. 

El relato, que acompañó en el ‘86 la exposición del Museo, se centró en las jóvenes acllas y la riqueza material del ajuar funerario. La sociedad iquiqueña verá en el sacrificio humano, algo muy acorde a la imagen sanguinaria que por décadas se dio a los pueblos americanos antes de la llegada hispana, desde una visión evolucionista y de mesianismo civilizatorio occidental.

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Si bien fue un descubrimiento fortuito y violento durante las obras de construcción de un camino a la cima, a punta de detonaciones de TNT, no cabe duda de que es uno de los hallazgos más importantes y deslumbrantes de la arqueología andina.

TAWANTINSUYO

Esta serie de situaciones llevó a invisibilizar la sacralidad del Apo Esmeralda, y su particularidad como único santuario de altura en la costa del Tawantinsuyo. La descontextualización y relato en que la complejidad cultural de las sociedades prehispánicas son reducidas a la bestialidad del sacrificio, desechó las complejas relaciones que se despliegan en las convicciones de sus pueblos y sus creencias. Un ejemplo de ello en la actualidad podría ser la destinación total de la vida de miles de mujeres a claustros para el servicio religioso. Si bien es cierto, no hay un acto extremo de quitar o quitarse la vida, la condición de libertad se diluye tras la convicción de dar la vida a un fin religioso, sin embargo, es aceptado como una opción de vida. 

Restituir la sacralidad, las posibilidades ciertas en un Chile plurinacional y multicultural. En la actualidad, para muchas personas que trabajamos en patrimonio, su investigación y gestión, consideramos de plena coherencia que se restituyan los órdenes de significación profunda que perviven en las comunidades originarias hoy, una visión en que la naturaleza era y aún es una autoridad de ineludible referencia y veneración con la cual se asocia el ser humano. 

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Los profesionales del Museo Regional de Iquique han realizado un exhaustivo trabajo para rescatar las piezas encontradas en el Cerro Esmeralda.

A ello se suma que -técnicamente- el lugar óptimo de conservación del material arqueológico es su lugar de origen. La restitución no es solo un tema de pertinencia y respeto cultural, signo de una sociedad sabia, que se acepta y reconoce entre pueblos, sino que también es necesario y coherente con los requerimientos de conservación del contexto ambiental.

En la actualidad muchos sitios arqueológicos de significación cultural son recuperados y puestos en valor con interesantes proyectos arquitectónicos integrales, permitiendo a las comunidades y la sociedad acceder a ellos comprendiendo el valor del espacio sagrado y las culturas prehispánicas, a la vez que implementan modernos centros de conservación que dan resguardo a los bienes arqueológicos. 

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Es un tema que requiere una urgente discusión, que responda a las diferentes aristas tanto de conservación, restitución, sensibilidad, espiritualidad y factibilidad técnica, y que conforme avanzamos como sociedad sobre una visión inclusiva de los pueblos, debe convocar a los pueblos originarios, a la sociedad y la institucionalidad atingente al patrimonio y la gestión territorial, específicamente en lo comunal.


Como Arqueólogo, pienso en la necesidad de co-diseñar un Centro Arquitectónico que permita restituir al Cerro Esmeralda su sacralidad, y devuelva a las jóvenes entregadas al Inti, a su lugar de descanso. Es un acto de “re” dignificación no solo de los restos sensibles, sino que además de los pueblos originarios cuya descendencia constituye gran parte de la sociedad no solo tarapaqueña, sino de Chile. Este proyecto deberá abordar las medidas ambientales de conservación y preservación biológica, además de una estricta pertinencia cultural en la presentación de contenidos para su valoración, y la posibilidad de acceso a la comunidad a un espacio de profunda significación, con la franca posibilidad de que puedan incluso reactivar costumbres ceremoniales.

PERÍODO INCA

El Inca en Tarapacá. Durante el periodo prehispánico Tardío, -denominado también como periodo Inca- desde la segunda mitad del siglo XV al XVI, la dominación Inca irrumpirá en Tarapacá, con nuevos sistemas políticos, económicos, sociales y culturales (Rivera, 2002; Adán et Al., 2005; Adán et Al., 2007; Uribe et Al., 2007; Urbina, S. 2009). Por ejemplo, en la vida espiritual y política, un rito tan importante y simbólico como la inhumación de autoridades locales que define el espacio sagrado donde habitan los ancestros y que guían a la comunidad, será intervenida con tumbas incaicas denominadas cistas, como una dominación que llega al mundo espiritual y a la vez como una ocupación de los espacios sagrados (Sanhueza & Olmos, 1981; Pérez & Sandoval, 2017). 

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Por otra parte, muchos cerros y espacios ceremoniales locales denominados huacas por la arqueología local, serán intervenidos con mejoras constructivas hacia lo monumental de la expresión Inca, estableciéndose como Ushnos (Pino, 2005; Pérez & Sandoval, 2017), que permiten además la observación y lectura de los astros, y definir el tiempo futuro en el afán de asegurar la buena producción agrícola-ganadera y la satisfacción de las deidades (Pérez & Sandoval, 2018). Únicos en su tipo y propios del avance tecnológico Inca importado a la región serán los Intiwatana, o relojes solares donde se controlaba el calendario y la producción agrícola, en la actualidad nuestra región solo conserva dos casi intactos, el resto se ha perdido irremediablemente. 

Estos elementos culturales marcarán inequívocamente el periodo y el paso de la dominación de señoríos locales, a la coadministración territorial con el Inca. En efecto esta característica de administración Inca, lleva a la investigadora peruana María Rostworowski (1999) a utilizar el concepto de Tawantinsuyo (Gobierno de los cuatro suyos o parcialidades), y desechar el concepto de Imperio Inca, dado los sistemas de reciprocidad en la producción y coexistencia en diversos aspectos con cada etnia integrada, por la fuerza o la vía diplomática.

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Por décadas se consideró que el escaso y casi nulo registro de arquitectura monumental Inca (elemento característico de su presencia) en Tarapacá, conllevó a que se le considere como un área periférica al desarrollo incaico (Llagostera, 1976), de bajo interés productivo por su desolación desértica, con escasos centros ceremoniales e infraestructura generalmente asociada a la trama vial principal del Tawantinsuyo, el Qhapaq ñan (Núñez, 1981; Hyslop & Rivera, 1984; Berenguer et Al., 2011).

Esta tesis de la periferia precaria, era sostenida por lo que solemos denominar un “silencio arqueológico”, que es sencillamente la ausencia de antecedentes investigativos en un área geográfica, cronológica (periodo), o temática específica, como sucedía en las décadas de 1970 y 1980, en que no existía mayor reconocimiento sistemático en los territorios de las comunidades originarias de las sierras tarapaqueñas, en parte producto de la ausencia de diálogos con sus comunidades actuales, la compleja accesibilidad al accidentado paisaje de altura de nuestra región, y la abrumadora extensión del hinterland, nuestra pampa del Tamarugal. 

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En la actualidad, podemos definir que la presencia Inca en nuestra región fue mucho mayor y de importancia para el Tawantinsuyo, y no está exenta de estos sitios de vital importancia para el incanato, más allá de lo monumental de sus obras, de las cuales hemos descubierto y registrado más de una decena en la última década, y más de medio centenar de sitios propios de la administración Inca, que también se expresan en una sutilidad humilde que muchas veces se expresa en los espacios de significación en el plano religioso y ceremonial pasando desapercibidos en el paisaje pero que revisten una importancia vital en la compleja trama orgánica que reunía lo sagrado con la geografía, como lo es el Qhapaq Cocha de Cerro Esmeralda en la ciudad puerto de Iquique (Checura, 1977). 

Único en su tipo por su ubicación, está íntimamente ligado al mineral de Huantajaya, este último conectado directamente según Risopatrón (1924:423) con el camino del Inca que bordea el río Loa. “el Loa se ve un camino a 350 m de la orilla del mar, que atraviesa encañadas o recorre otras en toda su longitud, sigue rectamente al N hasta llegar a Guantajaya”.

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Antecedentes como el citado nos lleva a cuestionar los postulados que den poca importancia a nuestra región hiper árida de Tarapacá para el Tawantinsuyo, en su condición de periferia. En términos de investigación, el camino del Inca ha sido uno de los ejes de interés general, Hyslop (1974; 1978), denunciaba en las últimas décadas del siglo pasado la escasa información arqueológica referente al camino del Inca en la región de Tarapacá, el cual era analizado mayoritariamente a través de los registros documentales y etnohistóricos, haciendo especial hincapié en los estudios complementarios entre regiones que unieran la información de esta compleja e inmensa trama vial. 

Si bien las fuentes históricas (como crónicas, relaciones y archivos administrativos) no han sido lo suficientemente analizadas en relación al Inca en Tarapacá, se tiene certeza de que la región se anexa a la administración Inca en el período de Tupac Yupanqui, hijo de Pachacutec Inca, y será durante su período de gobierno en la segunda mitad del siglo XV, cuando la región verá el impulso ordenador y productivo del Tawantinsuyu. 

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El Qhapaq Cocha del Cerro Esmeralda es el único que se ha descubierto en la zona de la cordillera de la costa.

Obras como el Qhapaq ñan o camino principal Inca, los asentamientos reticulados tipo llactas (poblados administrativos), tambos (paraderos o postas de descanso a lo largo del camino), Kallankas (o almacenes de depósito producción agrícola) y qollcas (silos o graneros subterráneos), así como espacios ceremoniales ushnu (Cerros ceremoniales o plataformas de adoratorios) e Intiwatana (relojes o calendarios solares), y las obras asociadas a la dominación en los diferentes planos del mundo andino, como la inhumación en cistas asociadas a las torres funerarias o chullpa de los antiguos señoríos locales, marcarán la evidente presencia del Inca en la región. 

Será en este contexto en que los registros arqueológicos monumentales, así como la sutil presencia de la delicada cerámica Inca entre los registros de desarrollo local podrán ser identificados en una abrumadora cantidad de sitios arqueológicos, y aún en los propios pueblos actualmente habitados de toda la región tanto en la costa, la pampa, los oasis, las quebradas, los valles y el altiplano.

Los nuevos paradigmas que levantan nuestros pueblos y sociedad en un mundo de crisis social y revitalización identitaria y cultural, esencialmente generada en respuesta a una economía voraz, que ha depredado las regiones con escasa protección no solo de la ecología, el paisaje, y las comunidades, sino que involucrando también la destrucción irreversible del patrimonio prehispánico y arqueológico de profunda significación cultural y espiritual, y debemos entender que estas demandas de reconocimiento ancestral que no darán pie atrás.

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Los profesionales del Museo Regional en terreno, buscando nuevos vestigios del período inca en Tarapacá.


(*) Arqueólogo. Mg Paleontólogo. Actual director del Museo Regional de Iquique.


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