
FIESTA DE LA TIRANA enfrentó y sufrió por tercer año los rigores de la pandemia
Fotos: Franco Miranda
Como nunca este año la Fiesta de La Tirana tensionó a los habitantes de Tarapacá, entre otras razones, por la indefinición de algunos de los actores más relevantes, partiendo por las propias autoridades de la región. Hasta hace algunos meses, podríamos decir abril pasado, parecía que la fiesta retornaría al poblado en gloria y majestad. Pero, a medida que el calendario avanzaba inexorable hacia el 16 de julio, la incertidumbre comenzó a ganar terreno.
Mientras los bailes religiosos preparaban sus mejores galas para volver a sus mudanzas en el pueblo, las autoridades se enfrascaban en una retahíla de declaraciones que, más que aclarar, confundieron a la población. Hubo, por cierto, muchos que quisieron allegar agua a su molino, tratando de congraciarse con la opinión mayoritaria que abogaba por realizar la fiesta contra viento y marea.
Más que factores objetivos relacionados con la pandemia, lo que había detrás de estas posturas era la manifiesta intención de congraciarse con la grey, obviando el riesgo que conllevaba asumir su realización. El frío, las aglomeraciones, la posibilidad evidente de contagio, pasaron a segundo plano entre quienes intentaban por todos los medios presionar para torcer la mano de la autoridad.


Finalmente se impuso la cordura: las autoridades adoptaron la decisión de disminuir al máximo el riesgo de contagio, suspendiendo la celebración. No obstante la decisión oficial, hubo mucha gente -alrededor de nueve mil personas- que hicieron caso omiso a las instrucciones de la autoridad y se desplazaron hasta La Tirana para celebrar la fiesta a su amaño.
Más allá de estas marchas y contramarchas en relación a la naturaleza de la festividad, los bailarines en nuestra ciudad se las ingeniaron para ocupar el espacio público y realizar, por tercera vez, una versión iquiqueña de la ansiada celebración, demostrando que lo importante era manifestarse, más allá de si debía o no hacerse en el poblado. El ingenio permitió engalanar las casas, compartir entre vecinos y familiares, disfrutar los bailes, sin el riesgo del contagio que llevó a la autoridad a adoptar la decisión de la suspensión.
En palabras de Bernardo Guerrero, la fiesta de La Tirana es el máximo marcaje identitario y patrimonial del Norte Grande. Se sostiene con el apoyo de la sociedad civil organizada en asociaciones y federaciones de bailes religiosos, tradición que proviene de la fortaleza organizacional del movimiento obrero salitrero. No es una fiesta anclada en el pasado: en él se inspira, pero se va refrescando gracias a la innovación y creatividad de los peregrinos.




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