WILLKA KUTI Ensayo de historia andina en las estrellas

Desde tiempos remotos los pueblos originarios del actual norte chileno han observado e interpretado las constelaciones como parte de una compleja cosmovisión que releva un profundo conocimiento aquilatado por milenios. El 21 de junio, cuando en la región de Tarapacá celebramos el Machaq Mara (año nuevo) o Mara t’aqa (un nuevo ciclo) en sus diferentes acepciones en lengua aymara, festejamos el cambio de ciclo anual.

Arquitectura y Patrimonio 20/07/2023 Alberto Díaz Araya (*)
Machaq mara geoglifos aymara
En las quebradas y en la pampa del Tamarugal, varios petroglifos y geoglifos tienen motivos iconográficos del Sol, como es posible apreciar en el panel del geoglifo de ex Aura.

Desde tiempos remotos los pueblos originarios del actual norte chileno han observado e interpretado las constelaciones como parte de una compleja cosmovisión que releva un profundo conocimiento aquilatado por milenios. El 21 de junio, cuando en la región de Tarapacá celebramos el Machaq Mara (año nuevo) o Mara t’aqa (un nuevo ciclo) en sus diferentes acepciones en lengua aymara, festejamos el cambio de ciclo anual. 

Se trata de un ritual agroastronómico relacionado con el momento estacional del solsticio de invierno (21 de junio), donde ocurre el fenómeno de la noche más larga y fría del año, lo que se manifestaría como el fin e inicio de un nuevo tiempo. Se asocia dicho rito a un antiguo calendario registrado por los conquistadores hispanos en el siglo XVI con referencia a 13 meses durante el año Inca y las ceremonias al Willka Kuti (Regreso del Sol) e Inti Raymi (fiesta del Sol) para las festividades del Tahuantinsuyu. El aymarista Ludovico Bertonio apuntó en su lexicón del año 1612 que: “Villca Adoratorio dedicado al sol, u otros ídolos”, subrayando “Villca: El sol como antiguamente decían, y agora dicen Inti” en la expresión en lengua quechua. 

“Dicho rito se asocia a un antiguo calendario registrado por los conquistadores hispanos en el siglo XVI con referencia a 13 meses durante el año Inca y las ceremonias al Willka Kuti (Regreso del Sol) e Inti Raymi (fiesta del Sol) para las festividades del Tahuantinsuyu”.

Sabemos que los ritos indígenas en torno al Willka Kuti contenían en sus prácticas cúlticas la evocación del Kuti, etnocategoría andina que revelaba el regreso, vuelta al punto de origen o el tiempo de caos. Se enaltecía un nuevo tiempo que traía consigo el ciclo solar, retornando el Sol después de una larga noche invernal. Los rayos del sol, a decir del etnohistoriador Tom Zuidema, marchaban imaginariamente hacia todos los confines del incario, iluminando a las wak´as que dibujaban la geografía del tiempo de la siembra del maíz, de su florecimiento y de la maduración de las mazorcas. En las quebradas y en la pampa del Tamarugal, varios petroglifos y geoglifos tienen motivos iconográficos del Sol, como es posible apreciar en el panel del geoglifo de ex Aura, en uno de los cerros de la cordillera de la costa, representado un sol frente al cerro tutelar Tata Jachura.

EVANGELIZACIÓN

Sin embargo, en una época de imposición forzada de las creencias católicas propiciadas por la pastoral colonial, existían aún comunidades indígenas que invocaban al amanecer del 21 de junio el retorno de sus antiguas wak´as para reestablecer el imperio de los incas, los hijos del Sol. Empero, el culto a los ancestros no era tolerable por la curia, por lo que programaron campañas de evangelización, establecimiento de doctrinas, acciones punitivas sobre los amautas y la violenta  “extirpación de idolatrías”. Los dispositivos sinodales prohibieron las celebraciones indígenas e impusieron la festividad de San Juan cada 24 de junio, buscando erradicar todos los ritos nativos de este periodo del año. Aunque en las noches cordilleranas, las llamaradas y fogones en los cerros mallkus siguieron iluminando los paisajes tutelares, resemantizando la fiesta patronal, tal como sucede en Cotasaya, Huaviña o Timar. 

Machaq mara cultura aymara

En diversos cerros ceremoniales de nuestra región se realizan ceremonias que recuerdan el inicio de un nuevo ciclo de vida.

Aunque la fiesta patronal a San Juan, con vísperas, misas y procesiones por los poblados fue la síntesis de la religiosidad católica sincretizada, e incluso el tributo indigenal se cancelaba durante el semestre de San Juan, en los sectores de cultivos o pastoreo alejados del panóptico de los frailes, sirvieron para mantener chacras o ayllus “collana” (kollana), que aludían a chacras destinadas para la ofrenda al inca, al Inti o tal vez, a mitmacunas cusqueños. En la precordillera de Tarapacá hasta el siglo XVIII los ayllus collana se asociaban a la parcialidad de arajj saya, mientras que en el altiplano de Isluga el ayllu collana es del sector de manqha saya. Tras una evangelización colonial compulsiva y con el advenimiento de las repúblicas peruana y chilena respectivamente, dichos sectores fueron rotulados como terrenos fiscales o se vincularon a la iglesia, perdiendo la vigencia identitaria de la presencia inca. Dicho sea de paso, la expresión collana también indicaba la puesta de la Cruz del Sur.

Ahora, siguiendo esta línea del argumento, consignemos que el solsticio de verano, el 21 de diciembre, es la fecha en la cual se celebra a Santo Tomás en la marka de Isluga en el altiplano y en Camiña en la precordillera de la región, ceremonias que poseen una serie de significados asociados a los cultivos, al ciclo del ganado, a los cerros protectores uywiris.

En las noches cordilleranas, las llamaradas y fogones en los cerros mallkus siguieron iluminando los paisajes tutelares, resemantizando la fiesta patronal, tal como sucede en Cotasaya, Huaviña o Timar.

Pero, los conquistadores no comprendieron que entre los indígenas había sabios que durante las noches sabían “leer” e interpretar las pléyades y estrellas (Huara) que actuaban como relojes celestiales y podían pronosticar las cosechas “tempestades, vientos… por el sol y luna y por otros animales sabían que había de suceder… guerra, hambre, sed, pestilencias y mucha muerte que había de enviar Dios del cielo, Runa Camne” (Guaman Poma, año 1615). Los antiguos sabios andinos “decían al eclipse solar, que el sol estaba enojado por algún delito que habían hecho… y pronosticaban, a semejanza de los astrólogos, que les había de venir un grave castigo” (Garcilaso, año 1609).

“HECHICEROS”

Para el caso de Tarapacá, en las cercanías del que posteriormente será el mineral de Huantajaya, el primer encomendero español, Lucas Martínez Vegazo, hacia inicios de la década de 1540, obligó a los abuelos indígenas de las quebradas, a quienes trató de “hechiceros”, que le mostraran las minas del Sol. Así, “estando los caciques determinados un día antes hubo un eclipse del Sol” por lo cual le señalaron a Lucas que el Sol “se había enojado y por eso se había parado de aquella manera” (Pizarro, año 1571). Recientemente, el arqueólogo Mariusz Ziółkowski determinó junto a un astrofísico que entre 1540 y 1544, fueron visibles en el Tahuantinsuyu dos eclipses de Sol, registrando para nuestra región uno fechado el 31 de julio de 1543. Sin lugar a dudas, los sabios tarapaqueños ya habían anticipado el eclipse avistado junto al encomendero. Ellos ciertamente preservaban un conocimiento acumulado por centurias en los umbrales de sus ayllus puneños y comarcas serranas.

Machaq mara cultura aymara bailes

En Iquique, con una tradicional pawa y un pasacalle, la comunidad celebró el Machaq Mara 5.531.

Años después, los jilakatas de las quebradas de Camiña, Aroma, Tarapacá o el oasis de Pica mostraron sus quipus al cura doctrinero, informando sobre las chacras y su producción. Poseían un calendario en sus quipus con “cuenta en los años, meses, y luna de tal suerte que no avía herrar luna” (Molina año 1574). La luna de invierno, “quilla” en lengua quechua, era motivo de cultos/ocultos en la antípoda de la conquista. La toponimia regional como Quillahuasa o Quillagua encierran en sus definiciones esas legendarias voces aún silenciadas. Del mismo modo, registraron en cada “nudo” de los quipus los acontecimientos de la invasión en una memoria indígena que se articulaba en cada ciclo anual. 

Era el 21 de junio de 1571. En aquel momento durante la pawa, conjeturamos, los jilakatas sacaron de entre sus ponchos multicolores los viejos quipus en el amanecer quebradeño, justo cuando el Sol retornaba alumbrando a los antiguos mallkus y cerros tarapaqueños, tal como se reactualizan aquellas ceremonias con la pomposidad de nuestros días.

(*) Dr. Alberto Díaz Araya. Depto. Cs. Históricas y Geográficas, UTA.

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