
La experiencia estética como un gesto afectivo con el mundo más-que-humano

En primer lugar, hay que entender el punto de partida de todo esto: somos holobiontes. En Todos somos líquenes: Una visión simbiótica de la vida, Gilbert, Sapp y Tauber (2012) argumentan que, en realidad, la noción biológica de “individuo” no es precisamente correcta, ni en términos anatómicos, ni de desarrollo, ni fisiológicos, ni inmunes, ni tampoco en términos evolutivos. Por el contrario, los autores presentan un nuevo paradigma para la biología, una de procesos, de organismos interpenetrados y en simbiosis, en un co-metabolismo y co-desarrollo entre especies.
Así, sostienen que posiblemente casi todo el desarrollo sea un codesarrollo, donde existe la capacidad de las células de una especie de contribuir a la construcción normal del organismo de otra especie. “Este concepto transforma la unidad de la evolución, aludiendo con ello al complejo de los organismos y sus simbiontes como una unidad evolutiva: el holobionte” (p. 197, Gilbert et al., 2012 en Tsing, 2021).
Asimismo, cada vez más, la simbiosis parece ser la regla y no la excepción, siendo la simbiopoiesis el concepto y tal vez paradigma que alude al co-desarrollo del holobionte. Este es el punto de partida de los planteamientos de Morton (2022), quien va a hacer hincapié en que los seres humanos somos seres plenamente encarnados que nunca se han separado de otros seres biológicos tanto dentro como fuera del cuerpo, ni por un segundo.
El arte es importante para comprender nuestra relación con los no humanos. El arte que muestra grandes cantidades de datos falla (aunque son necesarios para comprender muchas cosas en otras áreas), porque la experiencia estética no se trata realmente de datos.
Para Morton, la conciencia ecológica significa darse cuenta de que todos los seres estamos interconectados de alguna forma. Las relaciones ecológicas se describen mejor en términos de simbiosis, que es muy interesante porque supone siempre una contingencia frágil, inestable, en la que es imposible determinar cuál es la entidad dominante. “Nosotros humanos contenemos simbiontes no humanos como parte de la forma que tenemos de ser humanos; no podríamos vivir sin estos. No somos humanos solamente. Nosotros y otras formas de vida existimos en un ambiguo espacio entre categorías rígidas” (23).
El autor alega que la idea impuesta de conciencia ecológica se traduce en los mandatos de manejar menos, no enchufar tantos electrodomésticos, comprar local, y todos los “deberías” que escuchamos una y otra vez. Pero Morton plantea que la conciencia de que existen múltiples formas de vida no tiene por qué implicar grandes ideas y acciones. “Qué tal solo visitar un jardín local y oler las plantas?” (40) .
La ecología como experiencia estética implica esta sensibilización simbiótica. En este sentido, el arte es importante para comprender nuestra relación con los no humanos. El arte que muestra grandes cantidades de datos falla (aunque son necesarios para comprender muchas cosas en otras áreas), porque la experiencia estética no se trata realmente de datos. “Se trata de no-datos, lo cualitativo de nuestra experiencia cuando aprehendemos algo (…) La experiencia estética se trata de la solidaridad con lo dado” (58).
Los holobiontes son organismos interpenetrados y en simbiosis, en un co-metabolismo y co-desarrollo entre especies.
Hay una obra que Morton utiliza como ejemplo: Ice Watch de Olafur Eliasson y Minik Rosing. Doce grandes bloques de hielo desprendidos de la capa de hielo de Groenlandia se recolectan de un fiordo en las afueras de Nuuk y se presentan en forma de reloj en un lugar público destacado, como la plaza del Parthenon de París. Es un absurdo de cierta forma, y es parte de la misma crítica a la que apuntan; el hecho de que sea posible tal hazaña muestra cómo hemos construido sociedades en que, nosotros, como seres humanos que formamos leyes para organizarnos, no consideramos a la naturaleza como sujeta de derechos y permitimos su destrucción y explotación constantemente.
La parte evidente de Ice Watch es mostrar visualmente que el hielo se derrite y el tiempo se agota. Son también interesantes las formas en que las personas accedían al hielo. Podían caminar entre medio, ignorarlo, tocarlo, abrazarlo o hablar sobre ello. Pero hay algo más interesante. No solo los humanos accedemos al hielo. “Los relojes son cosas que los humanos leen. Sin embargo, también son cosas sobre las que se posan las moscas, cosas que los lagartos ignoran, cosas que el sol refleja” (56). En esta obra, el sol derrite el hielo. Así, el sol también está accediendo al hielo. El pavimento accede al hielo. El clima de París también está accediendo al hielo. Y, el hielo se nos iba acercando, es un diálogo conjunto y multidireccional. Morton destaca que hemos estado teniendo ese tipo de conversación con cosas no humanas durante miles de años.
Una obra de arte es en sí misma un ser no humano. Esta solidaridad en el ámbito artístico ya es solidaridad con lo más-que-humano, sea o no el arte explícitamente ecológico. El arte ecológicamente explícito es simplemente arte que pone en primer plano esta solidaridad con lo no humano. Pero, bajo el paraguas de esta solidaridad, todo arte es ecológico. El arte no es sólo decoración. Nos hace algo, nos afecta. Cuando experimento la “belleza”, estoy coexistiendo con al menos una cosa que no soy yo. Coexistimos; somos solidarios.
(*) Este texto in extenso se puede leer en www.endemico.org


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