EL CINE NO VOLVERÁ A SER EL MISMO

Para quienes entramos al cine a tientas, siguiendo la luz de la linterna del acomodador, sin palomitas de maíz ni vasos de gaseosas gigantes; para quienes el cine era lo más cerca que podíamos estar de nuestros sueños, la música de Ennio Morricone constituyó -sin duda- una experiencia inolvidable. El prolífico compositor ya no estará más en los créditos de nuestras películas favoritas, pero seguirá encantando -sin duda- a los fanáticos del cine de todo el mundo.

Arte y Cultura 07/08/2020
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Foto: Meeting Rimini desde Flickr

Premunidos de un pequeño boleto, mal impreso y con un pretencioso timbre de agua, subíamos los escalones que separaban la pequeña oficina de administración del “teatro”, ubicada a un costado de la entrada principal, para entrar en un mundo que prometía aventuras inolvidables. Una vez en la “galería” (tercer nivel de butacas, casi siempre de madera), esperábamos que los ojos ajustaran el diafragma y se acostumbraran a la oscuridad. Caminábamos a tropezones, hasta alcanzar un asiento que nunca fue numerado y nos entregábamos al rito: el potente foco del proyector impactaba la gran pantalla y el cine hacía su magia.

En esa liturgia, más entretenida y prometedora que la de los domingos en la misa de mediodía, tuvimos nuestro primer encuentro con el músico. Aunque recién, 30 o 40 años después supimos de quién se trataba. Era el señor que aparecía en los créditos al final de la película, donde decía “Music by Ennio Morricone”. 

Sin Ennio Morricone el incendio de “Cinema Paradiso” no habría roto tantos corazones; La leyenda del pianista en el océano sería la desoladora historia de un huérfano en un trasatlántico; y Clint Eastwood no habría alcanzado tremenda dimensión como pistolero fronterizo en “Por un puñado de dólares”. Es responsable de buena parte del resultado final del secuestro ideado por Pedro Almodóvar en Átame y sin él, “Novecento”, “Érase una vez en América” y “La misión” serían películas inofensivas.

A lo largo de seis décadas y más de 500 partituras firmadas, compuso también para otros directores importantes, en Italia y el mundo. “Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha”, de Elio Petri; Sacco y Vanzetti, de Giuliano Montaldo; “La cosa”, de John Carpenter; “Los intocables”, de Brian De Palma; “Bugsy”, de Barry Levinson; “Lobo”, de Mike Nichols; “U Turn”, de Oliver Stone, son algunos de los títulos que tienen sus bandas sonoras. 

La gente acude al arte, a las películas, para encontrar allí lo que la religión no les brinda, asegura Christopher Frayling, voz experta en el cine y la vida de Sergio Leone. Entre los muchos títulos que guardan una relación intensa con el público, destaca “El bueno, el malo y el feo”, película que cierra la denominada “trilogía del dólar” del director italiano. Y donde la música de Morricone juega un rol esencial; esa película no sería lo mismo, sin la melodía inmortal que todos silbamos alguna vez.

El músico había nacido en Roma el 10 de noviembre de 1928. Se formó en la Academia de Santa Cecilia, donde se graduó en trompeta, composición, instrumentación, dirección de banda y música coral. Comenzó a trabajar para el cine en 1961, con la banda sonora para la película “IlFederale”, de Luciano Salce. Por esa época trabajó también como arreglador de algunos de los nombres importantes de la canción italiana, como Mina y Gianni Morandi. En 1970 fue el arreglador y director musical de Per un pugno di samba, un disco italiano de Chico Buarque y en 1978 compuso la canción oficial del Mundial de fútbol que se jugó en la Argentina.

Acaso temeroso de poner en juego su estatus de músico “de conservatorio”, utilizó el seudónimo de Dan Savio en las primeras películas de “spaghetti western” en las que colaboró. Más tarde, sin embargo, asumió su nombre real y enseguida se convirtió en uno de los compositores de música de cine más prestigiosos de su tiempo. La intuición melódica –para la que utilizó con frecuencia la voz humana– y la maestría orquestal puestas al servicio de la imagen y el clima expresivo de la película lo distinguieron en una época de relaciones grandiosas entre sonido y celuloide.

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Foto: ZioWoody desde Flickr

OBRAS DIGNAS

“He sufrido mucho cuando he hecho cine, porque tenía que escribir una música que estuviera bien para mí y para el filme, el público, el director o el productor. Es un ejercicio de dificultad tremenda, mis obras tenían que mantener la dignidad”, dijo en una entrevista. Tampoco creía en la inspiración. “Es un concepto viejo y romántico para seducir mujeres del ochocientos. En la música el uno por ciento es la inspiración y el 99 por ciento restante la transpiración, la fatiga y el sudor”. 

De él se dice mucho: que no sólo no despreciaba el fútbol sino que se declaraba abiertamente fanático; que no ahondaba en su vida privada más allá de las ocasiones en las que recordaba cómo la música lo había salvado de la guerra en la Italia fascista; que su recelo contra los periodistas era tal que los habría preferido mancos con tal de que no movieran los objetos de su casa durante las entrevistas; y sobre todo, que no fue un emperador, pero sí un romano que conquistó al mismo tiempo el mundo del cine y de la música.

El hombre que estuvo nominado seis veces al Óscar, el cual ganó el 2016 por su pieza musical en “Los odiosos ocho”, es el mismo que casi no escuchaba música porque decía tener suficiente con escuchar la suya como para detenerse en la de otros. Entre Bach, Stravisnky y la canción italiana, Morricone fue un artesano prodigioso, de los que hicieron de la música para cine un género en sí, capaz de sobrevivir a la imagen para instalarse en el imaginario de una época.

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