Gregoria Batallanos: UNA MUJER REBELDE Y PATRIOTA EN TARAPACÁ

Memoria 08 de marzo de 2021 Por Paulo Lanas Castillo (*)
Gregoria Batallanos, una mujer de 19 años que cumplió un rol clave en las rebeliones ocurridas en el sur del Perú, es relevada por las investigaciones de la profesora Esther Ayllón, quien ha demostrado que el rol de dicha mujer no se limitaba simplemente a ser una acompañante o concubina de los revolucionarios masculinos, sino que, por el contrario, adoptaba roles de dirigencia y control frente a los sucesos de saqueos y luchas que se sostendrían en los pueblos de Tarapacá.
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El 28 de Julio, el Perú conmemorará doscientos años de la declaratoria de independencia que hiciera el libertador José de San Martín en la capital limeña. Pero como la historia oficial y centralista tiende a ensombrecer otros hechos que le antecedieron, más todavía si estos ocurrieron en regiones alejadas de las capitales, como es el caso de Tarapacá, se necesita difundir de una vez por todas que en nuestra región para 1821 ya se habían sostenido importantes luchas en la búsqueda de la independencia americana.

Varios años antes que el líder bonaerense José de San Martín entrara a Lima junto a la escuadra libertadora proveniente desde Chile, Tarapacá se había visto cercada por alzamientos, rebeliones y gritos de independencia en sus fronteras, principalmente en Tacna y el Alto Perú (actual Bolivia). Tarapacá se veía así, rodeada en la incertidumbre de no saber qué bando asumir: ya sea por el de los realistas, representados por los mineros de Huantajaya y la elite local, o bien por el grupo de rebeldes patriotas, quienes se encontraban luchando por sus intereses en diferentes territorios cercanos.  

Uno de los años más complejos para Tarapacá en este sentido fue 1815, cuando las tropas de un líder indígena, descolgado desde las alturas de Potosí, asolaron la región hasta las barbas mismas de la administración local española, la cual tenía asiento en los pueblos de Tarapacá, Pica y por supuesto en el mineral de Huantajaya. Por aquel entonces, Huantajaya era un pueblo con una población cercana a los 700 habitantes y congregaba a curas, indígenas, mestizos, españoles y sus esclavos.

El rebelde Julián de Peñaranda, cusqueño y acostumbrado a las revueltas en el Alto Perú, en su afán por expandir y sostener las rebeliones patriotas, decide bajar desde Chuquisaca a los pueblos tarapaqueños, con el objetivo de abastecerse de recursos y alcanzar prontamente la ciudad de Tacna, donde se venía preparado un gran alzamiento para los primeros meses de 1816. Pero como es de imaginar, no venía solo. Lo acompañaba una tropa que se componía de más de cien soldados junto a su mano derecha lugarteniente Manuel Choquehuanca, su amancebada, la joven Gregoria Batallanos, alias “La Goita” o “La Comandanta”.

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“LA GOITA”

Centrándonos en esta última, advertimos que Batallanos, según la documentación presentada por la Dra. Esther Ayllón (2010), es una mujer de 19 años posiblemente originaria de Potosí, quien en promesa de matrimonio, se une a las huestes rebeldes de Peñaranda. Su rol no se limitaría simplemente a ser una acompañante o concubina de los revolucionarios masculinos, sino que, por el contrario, adoptará roles de dirigencia y control frente a los sucesos de saqueos y luchas que se sostendrían en los pueblos por donde avanzaban los revolucionarios. Por ejemplo, en Tarapacá al asaltar la casa del prominente minero Matías de Cossio ubicada en Huantajaya, Batallanos lo despojó de plata labrada, joyas, alhajas de oro y gargantilla de perlas finas, las cuales, en parte, fueron obsequiadas a posterior a ella misma por el líder de la expedición, Julián Peñaranda.  

Cuentan los documentos que “La Goita”, como se le apodaba, sin embargo, también se vio sometida a brutales golpizas por parte del líder de la guerrilla y amante, Julián de Peñaranda, principalmente por pedir clemencia por las víctimas de los juicios públicos que se realizaban en las localidades tarapaqueñas. Según Ayllón (2010), esto no restaba autonomía a Gregoria Batallanos en el campo de batalla, ya que ella lucía ropa de general masculino, cinto y espada, creando una nueva imagen de mujer para la época, abriéndose un espacio propio entre la sociedad.

Este travestismo de roles, entre masculino y femenino, entre la subordinación y la voz de mando, llama la atención y se distingue frente a otras mujeres que han sido destacadas también en la historia de las independencias, como son los casos de Javiera Carrera o Paula Jaraquemada. No obstante, su figura se asemeja un poco más a la de la mítica figura de Juana Azurduy, líder revolucionaria del Alto Perú, quien lideró batallas en Chuquisaca y zonas cercanas. Cabe destacar que Azurduy, a diferencia de Batallanos, era parte de una elite local siendo esposa del hacendado Manuel Padilla.

GUERRILLA

La condición de indígena y/o mestiza de Batallanos, además de movilizarse en una especie de guerrilla (dedicada al saqueo y pillaje), le permitió asumir diferentes roles y obtener réditos de estos. De esta forma, Batallanos acataba las órdenes y golpizas de Peñaranda, pero a su vez definía los cobros y exenciones a quienes se unieran o rehusaran formar parte de sus huestes, mandando a tocar el tambor en Huantajaya para que los vecinos de dicho mineral se formaran en una especie de fila para pedir que expresaran su elección: la de ser traidores o la de ser patriotas. A los primeros los enviaba a la cárcel y a los segundos los premiaba con un abrazo, por ser, según ella, verdaderos americanos.   

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De la misma forma, no dudó en usar sus encantos femeninos para buscar la deserción de los soldados españoles, pero también, al estar vestida de soldado masculino, teatralizaba bailes y saraos invitando a beber por la patria y brindar por ella. Muchos testigos de la época la apuntaban como la responsable de muchas decisiones, como por ejemplo la de repartir las ropas robadas a un barco en Pabellón de Pica. En palabras de Ayllón: “Ella vive en el espacio de libertad que ella misma ha creado, entre la lógica masculina de las formaciones militares y la prepotencia de su compañero. Esto hace que su inversión no sea completa porque ella no busca “convertirse en hombre” sino escenifica una mimetización momentánea con la que tampoco logra salirse realmente de las relaciones institucionalizadas, a juzgar por la violencia de que es objeto en su vida de pareja”. (Ayllon 2010:93)

Esta expedición rebelde en Tarapacá llegaría a su fin cuando en los últimos meses de 1815, José Francisco Reyes, un hábil y zigzagueante realista, quien en un comienzo había jurado lealtad al rebelde Peñaranda, lo traiciona y apresa camino a Tarapacá. Los rebeldes, Peñaranda y Choquehuanca serán conducidos hasta a la ciudad de Arica, donde serían ajusticiados por los españoles. El destino de Batallanos fue incierto, desconociéndose hasta ahora su paradero final.

Como reflexión final, entre los festejos de los bicentenarios en nuestras repúblicas y la enseñanza de la historia, podemos advertir que la llamada historia oficial expresada en el currículum nacional de enseñanza, no ha sido capaz de incluir estos importantes sucesos sobre la independencia nacional en Tarapacá en ninguno de sus libros y planificaciones, principalmente porque no existen los espacios necesarios para flexibilizar la enseñanza de la historia regional, la que se ha visto sobre cargada de hechos como la Guerra del Pacífico o la historia del Salitre.


LA HISTORIA DE NUESTRA REGIÓN 

PENDIENTE EN EL CURRICULUM ESCOLAR

El episodio de la independencia de Tarapacá y su transformación como parte de la república del Perú, es sin duda, un capítulo pendiente para el conocimiento de nuestra propia historia y memoria, como también de nuestro territorio. En este sentido, cabe recordar que la historia no es un elemento inerte y desprovisto de sentido, como por décadas se quiso hacer ver, ni tampoco es una asignatura donde se enseña meros hechos o una ideología nacional de una u otra parte, sino por el contrario, es una herramienta donde los y las estudiantes que asisten a ella, plantean abierta o secretamente una carga identitaria de origen frente a los contenidos oficializados, tensionando permanentemente la enseñanza de la misma. En la escuela, y particularmente en la asignatura de historia, es justamente donde las sociedades se disputan las memorias posibles sobre sí mismas. Y memorias como sociedad regional tenemos muchas, las cuales no pueden ser opacadas por una visión centralista, segregadora y nacionalista. La historia es en definitiva un espacio amplio para construir, también, una mejor sociedad local. Hoy en día, donde se discute mayor autonomía regional, apuntemos también a abrir la enseñanza de nuestro pasado, para reconocernos entre todos y todas y no negar a nadie. 


(*) Máster en Historia del Mundo Hispánico. Universidad de Tarapacá.

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