El país del desierto extremo de la tierra: el NORTE GRANDE EN LA PREHISTORIA

Memoria 22 de abril de 2022 Por José Berenguer Rodríguez (*)
En poco más de cien años de investigación la arqueología ha demostrado que la historia de Chile es casi treinta veces más larga que los cinco siglos transcurridos desde la llegada de los españoles. Los artículos de este libro se concentran, precisamente, en esa historia larga que nos recuerda que todos los que han vivido o viven en el territorio chileno somos, de alguna manera, descendientes de inmigrantes, de gente venida de afuera.
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Reconstrucción de un ambiente lagunar del Pleistoceno final de la región central de Chile. De izquierda a derecha: Glossotherium robustum, Megatherium (Pseudomegatherium) medinae, Notiomastodon platensis, Hippidion saldiasi, Palaeolama cf. P. weddelli, Panthera onca and Macrauchenia patachonica. Fuente: Publicación Ocasional del MNHN N°63/2015

En los más de mil kilómetros que separan a Arica del valle de Copiapó, el altiplano, el desierto y la costa del Norte Grande de Chile reúnen ambientes tan extremos y contrastados, como si estuvieran juntos los Himalayas, el desierto del Sahara y el mar de Bering. Es el desierto, sin embargo, su rasgo geográfico más sobresaliente.

Ningún otro lugar en el mundo es tan seco y desolado. Las lluvias son casi inexistentes y sus pocos ríos son simples riachuelos que apenas llegan al océano, cuando no desaparecen antes, evaporados en la atmósfera o tragados por este enorme territorio de rocas, arenas y sal. No obstante, la investigación arqueológica demuestra que la vida humana floreció allí desde hace casi trece mil años. Jamás la aridez fue un obstáculo insalvable para la gente que se asentó en este territorio. 

Tampoco lo fue el que los recursos para la subsistencia estuvieran tan dispersos, y, a la vez, concentrados en tan pocos lugares. La clave para superar estas limitaciones fue la gran movilidad de los grupos para acceder a esos recursos y una intensa interacción social y económica entre las diversas comunidades que habitaron este territorio.

La clave para superar estas limitaciones fue la gran movilidad de los grupos para acceder a esos recursos y una intensa interacción social y económica.

PLEISTOCENO

A fines del Pleistoceno, el Norte Grande era algo diferente a lo que es hoy en día. El nivel del mar estaba muy por debajo del actual, por lo que la costa era muy distinta a la que conocemos. Las temperaturas eran más bajas y las lluvias en la cordillera eran mucho más frecuentes. Algunos salares eran entonces lagos rodeados de estepas, donde merodeaban manadas de caballos salvajes, megaterios y paleolamas.

Es posible que algunos grupos humanos adaptados a este clima hayan vivido de la caza de esos grandes herbívoros hoy extinguidos, pero los restos de esos cazadores primordiales, conocidos en otras partes de Chile y América como Paleoindios, no han sido aún localizados aquí por los arqueólogos. Desde entonces y a través de gran parte del Holoceno, que es la edad geológica que sigue al Pleistoceno, se fue imponiendo gradualmente en el territorio nortino un clima más cálido y más árido.

El largo período de ocupación humana que comenzó en esta época se conoce como Arcaico y se caracteriza por una economía de simple apropiación de los recursos de subsistencia, ya sea por medio de la caza, la pesca, la recolección o una combinación de estas actividades. En el altiplano de las regiones de Arica y Parinacota y de Tarapacá, las comunidades cordilleranas del Arcaico Temprano basaron su subsistencia en la caza de vicuñas, ciervos cordilleranos como la taruka (huemul nortino), y diversas especies de roedores y aves.

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ALTA PUNA

Entre diez mil y ocho mil años atrás, pequeños grupos de cazadores-recolectores habitaban cuevas y abrigos rocosos, dispersos en la alta puna y en las quebradas adyacentes. Basuras dejadas por estos antiguos nortinos han sido encontradas en los sedimentos más profundos de abrigos rocosos localizados en las tierras altas de Arica, tales como Tojo-Tojones, Las Cuevas, Puxuma, Hakenasa y Patapatane. Esta gente no necesitaba alejarse mucho de sus campamentos para conseguir los recursos que hacían posible su subsistencia. Les bastaba subir a la alta puna en verano y descender a las quebradas vecinas en invierno.

Por mucho tiempo, estos cazadores-recolectores hicieron esporádicas incursiones a la costa, pero solo comenzaron un persistente proceso de adaptación al litoral del Pacífico hacia el 6000 a.C. Se piensa que estos desplazamientos fueron estimulados por la variación del clima altiplánico hacia condiciones más cálidas y secas que las prevalecientes hasta ese entonces, que habría producido una disminución de los recursos en las tierras altas. La fase más temprana de esta etapa cultural, sin embargo, no ha sido aún registrada en el litoral del Pacífico, tal vez porque sus sitios arqueológicos se encuentran hoy bajo el mar.

Varios asentamientos humanos de este período han sido descubiertos en algunos pisos ecológicos intermedios entre la puna y la costa. En Tiliviche, un pequeño oasis situado a unos 40 kilómetros al interior de Pisagua, grupos de cazadores recolectores habitaron el lugar entre los años 8000 y 4000 a. C. En los alrededores recolectaban raíces de totora y vainas de tamarugos y algarrobo, procesándolas mediante artefactos de molienda. Las basuras de Tiliviche contienen corontas y granos de maíz, indicando una temprana disponibilidad de esta planta, posiblemente domesticada en otra parte. Entre los desperdicios, los arqueólogos descubrieron también productos traídos del litoral, de modo que esos cazadores-recolectores perfectamente pueden haber sido oriundos de la costa.

Esta historia larga nos recuerda que todos los que han vivido o viven en el territorio chileno somos, de alguna manera, descendientes de inmigrantes, de gente venida de afuera.

QUIANI

Inicialmente, la explotación del mar se limitaba únicamente a la recolección de mariscos en los roqueríos y a la captura de peces que se internaban en las pozas dejadas por la baja marea. Hacia el 4000 a. C., sin embargo, los grupos asentados en la costa habían desarrollado técnicas para capturar peces desde las profundidades. Utilizaban para ello ingeniosos anzuelos hechos de conchas de choro, provistos de pesas de piedra. Usaban también redes, chopes (instrumentos para

desconchar moluscos) y una serie de objetos elaborados con fibras vegetales. A este período pertenecen sitios como Quiani, un basural localizado en una playa al sur de Arica y Camarones-14, un sitio habitacional y cementerio emplazados sobre una de las terrazas de la desembocadura del valle de Camarones. En los alrededores de este último sitio y a lo largo de varios milenios, diversas familias de pescadores cazaron lobos marinos, atraparon peces y recolectaron mariscos.

Precisamente en este lugar los arqueólogos descubrieron las evidencias más antiguas de momificación artificial encontradas hasta ahora en el mundo. Esta vieja costumbre funeraria y la cultura que la practicaba se conocen como Chinchorro, ya que fue descubierta por primera vez en la playa ariqueña de ese nombre. Un posible antecedente es Acha, un sitio de más de ocho mil años de antigüedad localizado en el valle de Azapa, que aunque no presenta este tipo de momificación, es considerado como los inicios de la tradición Chinchorro.

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A partir del 3500 a. C., esta sofisticada práctica funeraria se extendía por el litoral del Pacífico desde Ilo, en Perú, hasta Iquique. El procedimiento de momificación consistía en la extracción de los músculos y las vísceras del cadáver, que eran sustituidos por vegetales, plumas, trozos de cuero, vellones de lana y otros materiales. Luego, el cuerpo era cubierto con una capa de arcilla. Con pelo humano confeccionaban una peluca que colocaban en la cabeza del difunto. Esta práctica alcanzó sus versiones más complejas hacia el 3000 a. C. y comenzó a simplificarse hacia el 2000 a. C., conservándose en su etapa terminal tan solo el uso de mascarillas de barro.

De este último período perduran anzuelos hechos con espinas de cactus, arpones, cestería, mantas de lana y cuero de guanaco, entre otros objetos. Durante varios milenios la gente de Chinchorro había gozado de un ambiente marino particularmente rico, estable y predecible, pero hacia el 1000 a. C., cambios en esas condiciones condujeron a la desaparición de la distintiva economía marítima especializada que caracterizó a esa cultura.

LAS CONCHAS

Al norte de la ciudad de Antofagasta, en la quebrada de Las Conchas, los arqueólogos descubrieron un gran basural dejado por cazadores-recolectores marinos hace unos diez mil años. Entre los desperdicios, había abundantes conchas de moluscos, así como huesos de peces, lobos de mar, cetáceos, aves, roedores y unos cuantos guanacos. Las basuras incluían instrumentos de piedra para cazar animales y faenarlos, artefactos de molienda y puntas de proyectil hechas en arenisca. Había también unas curiosas piedras discoidales y poligonales, igualmente hechas en areniscas, que son muy parecidas a otras encontradas en Huentelauquén, un sitio del Norte Chico situado junto al río Choapa.

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La función de estos litos geométricos no ha podido ser clarificada, si bien su forma, el que se encuentren junto a extensos fogones, en cercanía a vertientes y que -al igual que otros instrumentos- hayan sido confeccionados en materiales deleznables, sugiere un propósito más ceremonial que utilitario. En el interior de la Región de Antofagasta, al este y sureste de la actual ciudad de Calama, grupos del período Arcaico Temprano, denominados Tuina, vivieron entre los años 10.000 y 7500 a. C., en cuevas como San Lorenzo, Chulqui y Tuina en las proximidades de aguadas y quebradas, cazando camélidos silvestres con dardos provistos de puntas triangulares.

Los cazadores Tuina incursionaban también tanto hacia las orillas de las lagunas de la puna, como hacia los oasis y lugares próximos al salar de Atacama, intentando optimizar el acceso a diferentes recursos. Poco conocida es la siguiente etapa, que se extiende entre los años 7000 y 6000 a. C., y que coincide con una gran aridez en toda la región. Estos cazadores-recolectores ya no ocupaban únicamente las cuevas como lugares de habitación. Construían viviendas semisubterráneas con muros de piedra y planta circular, conformando pequeños campamentos al aire libre. El trabajo que supone construir estos recintos, así como su diseño tendiente a proteger a los moradores de las temperaturas extremas, sugieren cierta estabilidad de estos asentamientos o, al menos, que las viviendas eran reutilizadas periódicamente durante estadías relativamente largas. 


(*) José Berenguer Rodríguez. Este artículo es un extracto del primer capítulo del libro: “Chile Milenario”, editado por el Museo de Arte Precolombino, cuyo PDF está disponible en internet. 

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