SALTAR OBSTÁCULOS AL COMPÁS DE LA MÚSICA: Ximena Valverde

Arte y Cultura 26 de octubre de 2018 Por Reinaldo Berríos
Acaba de terminar su doctorado en musicología, en Barcelona. Y de cumplir uno de sus sueños más queridos. La iquiqueña Ximena Valverde, que de niña era “l’enfant terrible”, expulsada de todos los colegios y de pésimo pronóstico profesional, ha superado todos los obstáculos que le ha puesto la vida, gracias a su perseverancia y su talento. Actualmente es una suerte de “embajadora” de los sonidos tradicionales de Tarapacá en Europa y una convencida de que la música no sólo puede mover montañas, sino también cambiar el mundo.
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Cuando pequeña, confiesa, jugaba sólo con hombres, porque las mujeres escaseaban en la Villa Magisterio, donde vivía. Y porque no temía trenzarse a golpes para defender sus derechos: “Siempre me metía en peleas y pegaba a la par con los niños”. También lo pasaba mal en los colegios, donde duraba poco. “Me echaban de todos lados, porque me portaba fatal; nunca pensé que llegaría a ser profesora”. A pesar de todo, recuerda con nostalgia esa etapa y muy en especial las navidades iquiqueñas: “Perseguíamos todo el día a los camiones pascueros y quemábamos el mono en año nuevo; fue una infancia muy linda, llena de experiencias y de amigos que conservo hasta hoy”.

Esta niña, que era el quebradero de cabeza de la familia, descubrió la magia de la música y cambió radicalmente: “A los 14 años tenía un pololo que tocaba guitarra y empezamos a tocar juntos. Eso me motivó a conocer más; me interesé por el violoncello y me decidí a entrar a la Escuela Artística, que en esos años era una gran escuela. Allí conocí a los profesores que cambiaron mi vida, entre ellos a Bernardo Ilaja, que me invitó a participar en la orquesta. También al profesor Elias Aguilera (que ya falleció) y al profesor Juan Cepeda. Todos ellos me apoyaron en mi sueño de ser profesora de música; me motivaron y creyeron en mí. Fueron claves en mi despertar vocacional y en la forma que he tenido de encarar la vida”. 

PASIÓN POR LA MÚSICA 

Ximena reconoce que la pasión por la música fue un detonante que la transformó: “Estaba tan obsesionada, que me escapaba del colegio y me iba a la Escuela Artística en la mañana a tocar, luego volvía por las tardes, me pasaba los días enteros ahí: era mi segunda casa”.

Contrariando todos los deseos familiares, decidió seguir ahondando en sus conocimientos y estudiar música de manera profesional. “Sin apoyo, ni recursos, ni contactos; sólo con las ganas y con la familia en contra, me fui a La Serena. Estando allí empecé a descubrir que la música no era lo único que me interesaba y surgió en mí la gran vocación por la pedagogía. Y así me fui transformando en lo que soy: una profesora de música feliz; agradecida de hacer lo que amo y que a la vez mi hobby, sea también mi profesión”. 

La época universitaria, recuerda hoy, fue muy difícil. “No sólo porque navegaba contra la corriente, sino también porque la falta de recursos me obligó a inventar mil formas de ganarme la vida. No tenía dinero y mis padres no me pagaron los estudios. Así que, además de estudiar, debía generar dinero trabajando. Fui vendedora ambulante, vendedora de comida en ferias… A veces no tenía ni para pagar arriendo y me quedaba a dormir en las casas de los compañeros. En otras ocasiones dormía en las salas de estudio de la Universidad; me quedaba ahí después de estudiar cello. Fue un período súper duro, pero que al final valió la pena, porque siempre estuve haciendo lo que quería hacer”.

Como si las dificultades que debió enfrentar mientras estudiaba no fueran suficientes, muy joven también se convirtió en madre: “Con un hijo todo es más difícil, pero tuve la suerte de que los abuelos paternos de mi hijo me ayudaron mucho y gracias a ellos pude terminar de estudiar. En esta etapa, además, no sólo aprendí muchas cosas a nivel musical, también descubrí el sentido social de la vida. Me quité la venda de los ojos y me empecé a interesar mucho por la realidad social de Chile. Y cómo, a partir de la música, podíamos generar cambios”.

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EL DIFÍCIL  RETORNO 

Apenas terminó su carrera, Ximena retornó a nuestra ciudad para desarrollar todo lo aprendido, pero no fue fácil. Trabajó en colegios de Iquique y Alto Hospicio, pero se encontró con algunos directores que no entendían la dinámica de la música y la enseñanza musical. “Era difícil lidiar con directores que siempre querían estrujarte, sin pagar, y te pedían continuamente cosas que no estaban en tu contrato. Los últimos cinco años estuve en el colegio Hispano Italiano, la experiencia más enriquecedora que he tenido como profesora: me levantaba cada mañana con una alegría inmensa, mis alumnos me esperaban siempre con una sonrisa y ganas de hacer música; tenía mucho apoyo allí. Los jefes me apoyaban en todas las locuras que hacíamos: nos fuimos de gira por Chile y el extranjero, hicimos encuentros musicales con grupos de otras ciudades, ganamos un montón de proyectos de fondos culturales, traíamos profesores de otros lados a trabajar con los niños”. 

En esa etapa se abrió la carrera de Educación Musical en la Universidad del Mar, así que Ximena aprovechó para enseñar cello. “Pero, luego de que esta quebró y los dueños se arrancaron dejando en la calle a estudiantes y profesores, me vi en una situación personal muy crítica. Me deprimí y, a pesar de que en forma paralela en el colegio todo iba bien, sentía que había que cerrar un ciclo y empezar algo nuevo”. Así fue como postuló a una Beca Conicyt de Magister en Barcelona. Y, tras aprobarlo, a una nueva beca para hacer su doctorado: “Mi investigación fue sobre las músicas tradicionales de la región de Tarapacá y cómo estas pueden aportar al aprendizaje escolar; así que, de esta forma, todo lo que he hecho ha sido con la región en el corazón y con el objetivo de mostrar nuestra cultura en el resto de Chile y el mundo”.


TRABAJAR CON REFUGIADOS 

“En el 2016 estuve como voluntaria en Grecia, trabajando con personas refugiadas. Hacía música con niños y esa experiencia cambió mi vida para siempre: vi tanto sufrimiento, tanto maltrato, tanto dolor; sin embargo, también podía ver en las caritas de alegría de los niños la esperanza, una esperanza inocente, y que yo intentaba prolongar a través de la música. Actualmente estoy enseñando música a niños de uno a cinco años en Berlin, tengo niños de todo el mundo y eso me hace muy feliz, porque la música que enseño es la de mi tierra. Cantamos huaynos, cachimbos, cumbias y canciones infantiles de Latinoamérica. Además, estoy tocando en un grupo de música latinoamericana, lo que nos permite mostrar nuestra cultura a todo el mundo”.

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