NIÑO FIDENCIO: el santo que utiliza lodo para curar a los enfermos

Arte y Cultura 09 de diciembre de 2020 Por Alejandro Mendoza (*)
El Niño Fidencio poseyó, de alguna manera, a David Donado, quien se encontraba con la cara cubierta por una toalla, sentado en la silla que perteneció en vida al Niño mismo. En la habitación, donde está el pequeño altar a este santo popular de Nuevo León y las paredes se encuentran cubiertas por imágenes religiosas y retratos del Niño, los discípulos del Movimiento Fidencista Independiente miraban atentos a su mentor.
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José de Jesús Fidencio Constantino Síntora, fue un hombre que ganó un gran número de seguidores durante la Revolución gracias a su don para curar a las personas. Aunque muchos piensan que su apodo era por su voz aguda, ser lampiño y casto, otros creen que simplemente está relacionado con su inocencia, similar a la de un infante. Él nació en Irámuco, Guanajuato, pero vivió gran parte de su vida en Espinazo, Nuevo León, donde llevó a cabo sus curaciones poco convencionales y ahora es considerado un santo por sus seguidores, aunque no es reconocido por la Iglesia Católica.

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“Hacía cirugías sin ningún tipo de equipo médico, utilizando sólo un vidrio. Rompía una botella y escogía un pedazo filoso. Lo ponía a hervir y con ese vidrio operaba a las personas sin que ellas sintieran dolor, ya que la anestesia era mental. Después tomaba un puñado de tierra y lo ponía sobre la herida. Eso era todo”, me contó David en el patio de su casa. “También hizo que algunas personas minusválidas volvieran a caminar. Él los subía a su columpio y comenzaba a mecerlos. Después los aventaba fuerte y las personas caían paradas”, continuó.

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El Niño Fidencio, a través de David, cura a un niño que no escuchaba bien.

Nunca cobró por las curaciones, lo que aumentó su popularidad por el norte del país y el sur de Estados Unidos. Mucha gente viajó a Espinazo para ser atendidos por el Niño Fidencio. Fue tanta su fama, que los fidencistas cuentan con orgullo que Plutarco Elías Calles, presidente de México de 1924 a 1928, viajó hasta el pequeño pueblo para que el Niño Fidencio lo atendiera. Aunque no se sabe exactamente cuál fue el malestar del presidente, muchas personas aseguran que era lepra. “El niño le untó miel de abeja y lo dejó en un cuarto. El presidente, incrédulo, le dijo que había viajado desde muy lejos como para que sólo le pusiera miel, pero después de unas horas ya estaba curado”, me platicó David antes de que el Niño se manifestara a través de su cuerpo y recibiera a cientos de peregrinos que buscan saludarlo y recibir su bendición.

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Altar al Niño Fidencio en la entrada de Espinazo, Nuevo León.

Espinazo es un pueblo pequeño, con cerca de cuatrocientos habitantes, ubicado justo en la frontera entre Nuevo León y Coahuila. Llegué el jueves 16 de octubre, un día antes del nacimiento espiritual del Niño Fidencio, junto a casi cuarenta mil peregrinos fidencistas, haciendo de estas visitas el único ingreso económico del pueblo. Los autobuses turísticos rentados por los distintos grupos de creyentes se estacionaron a las afueras del pueblo y las personas comenzaron a montar campamentos para pasar los próximos cuatro días ahí.

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Los fidencistas le piden milagros al Niño Fidencio y le prometen una penitencia a cambio. 

Cada año se reúnen miles de fidencistas en Espinazo para celebrar el 17 de octubre, el nacimiento espiritual del niño —cuando Dios le otorgó sus dones curativos— y guardar luto el 19 de octubre por su muerte física. De acuerdo con las creencias del fidencismo, el Niño murió sólo físicamente, pero no espiritualmente. Horas después de su muerte se manifestó a través de una persona, como lo hizo con David. Estas personas son conocidos como “cajitas” o “materias” y canalizan al espíritu del Niño, lo que significa que sirven como cuerpo físico para que el Niño Fidencio siga curando a través de ellos.

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El Charquito es frecuentado por los visitantes debido a las propiedades curativas del lodo.

Durante estas fechas, cientos de materias — que pueden ser de cualquier estado del país o cualquier edad— acuden a Espinazo acompañados de sus seguidores. Realizan curaciones y visitan los puntos importantes en la historia del Niño, como el pirul, el charquito o su tumba. Lo que significa que el Niño Fidencio está presente en el pueblo a través de cientos de materias —hombres y mujeres— curando y conviviendo con la gente por las calles del pueblo. David es una de las materias más conocidas de Espinazo y justo canalizó al Niño para recibir a cientos de peregrinos que buscan pasar a su casa a mostrarle sus respetos, llevándole flores y esperando una bendición de su parte.

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“Cuando el Niño baja a mi cuerpo, yo no sé lo que pasa. No me acuerdo de nada de lo que hace él, sólo sé lo que me cuentan las personas. Ya me acostumbré a esto y es una bendición. Ahora, con tu permiso, ya se me está haciendo tarde y la gente ya viene”, dijo y caminamos hacia el pequeño altar que tiene en una habitación. David se paró de la silla, poseído de alguna manera por el Niño Fidencio. Afuera en el patio estaba llegando el primer grupo de peregrinos, bailando y cantando, con flores para el Niñito, como le dicen de cariño. Los sonidos de los tambores retumbaban en la habitación en la que estábamos nosotros y el Niño sonrió a través del cuerpo de David. “Es una persona que quiere conocerlo, Niñito”, dijo uno de sus discípulos refiriéndose a mí. El Niño se me acercó, tomando mi mano firmemente y dijo: “Mucho gusto, ahora ya me conoces” y caminó hacia el patio, donde la gente lo estaba esperando.


EL FERVOR VISCERAL ESTÁ EN TODAS PARTES

Ni siquiera las religiones tradicionales llegan a inspirar el fervor tan visceral de estas creencias populares. Las características esenciales del catolicismo, por ejemplo, resultan muchas veces coercitivas y excluyentes para con realidades sociales y culturales complejas. No se habla de politeísmo, pero sí de diversificación de deidades, de hibridación. Las cosmogonías ancestrales, prehispánicas, sin ir más lejos, hierven en la multiplicidad de cultos a la tierra, al sol, a los muertos, cultos que a su vez tienen sus propias lógicas carismáticas de santificación que no solo realzan el rol del individuo común, sino también su capacidad de relación –y acción- directa con el dogma. Lo extraordinario radica en la proyección de las atribuciones milagrosas que tienen los líderes, además de la cohesión y seguridad que representan para una o varias comunidades locales, regionales, nacionales y hasta internacionales. Hay métodos de redención y castigo, en los que intervienen supersticiones serias e históricas que la formalidad religiosa anula por considerarlas improcedentes o, básicamente, malignas. En su totalidad estos cultos se llevan a cabo sin sacerdotes, pero con el fervor que otorga la legitimidad de la fe.


(*) Este texto fue publicado originalmente en revista VICE en español. 

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