CHAVÍN DE HUÁNTAR: El origen de la realidad

Arquitectura y Patrimonio 06 de febrero de 2021 Por Rafo León(*)
Aunque todos los viajeros se dirigen a Cuzco y Machu Pichu, como un peregrinaje que se debe hacer alguna vez en la vida, hay otros lugares tan interesantes y fascinantes en Perú, que vale la pena conocer. Chavín de Huántar, un complejo arqueológico construido por la cultura chavín, hace más de 2200 años, corona las imponentes montañas del departamento de Áncash, y debe ser -sin duda- un lugar para anotar en los futuros viajes al vecino país.
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El conjunto arqueológico Chavín de Huántar se comenzó a investigar en el año 1919 y esa misma centena marca el origen de la arqueología peruana. Fue Julio César Tello quien se introdujo en el sitio con una metodología científica, la primera vez que una profesión occidental ingresaba para estudiar un contexto precolombino.

Este doble origen adquiere una relevancia única si se considera que Chavín de Huántar, dado lo inextricable de su arquitectura y de los objetos pétreos que contienen los templos que lo componen, a lo largo de los años ha sido interpretado de diversas maneras, aunque siempre acotando su carácter fundante. La carga simbólica del sitio, su ubicación, la memoria que sobre estos monumentos guardan hoy los pobladores locales, remiten a una construcción que no tenía funciones militares ni administrativas, sino exclusivamente religiosas y rituales.

Chavín está establecido como Patrimonio Mundial de la Humanidad por Unesco desde 1985. Se ubica a 462 km al noroeste de Lima, en la región Ancash, a 3177 m s. n. m, en la zona llamada Conchucos. Entre los años 1500 y 300 a. C, sobre un terreno pantanoso y expuesto a sismos y aluviones frecuentes en la temporada de lluvias, en este lugar se yergue una conjunción de templos y plazas destinados a recibir a peregrinos que llegaban de todos los lugares de los Andes.

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Chavín se emplaza en un punto de confluencia de las costas marinas, las máximas alturas de los nevados de la Cordillera Blanca y la Amazonía. En quechua se denomina tinkuy al lugar de unión de fenómenos que al cruzarse generan una tercera realidad. Chavín se construye en el cruce de los ríos Mosna y Wacheqsa, punto nodal para la reunión de los cultos a las montañas y el agua, como también de la diversidad de grupos humanos que poblaban un vasto territorio plural según las pautas puestas por la naturaleza.

Tello interpretó a Chavín como la matriz de la civilización andina, fundamentalmente por los hallazgos de objetos con iconografía chavinoide en lugares alejados del templo original. La simbología generalizada de los animales antropomorfizados –el puma, el águila, la serpiente-, así como una deidad que lleva dos báculos, repetida en contextos muy distintos, parecía indicar que en Chavín se había gestado una poderosa civilización basada en un componente religioso estructurador, y que desde allá esta se había expandido por el territorio de los Andes.

Descubrimientos posteriores, así como la aplicación de nueva tecnología arqueológica, relativizaron la posición de Tello y acercaron los orígenes de la civilización andina a las arenas secas de la costa peruana. Sin embargo, Chavín seguía desafiando a la ciencia por las mismas razones que llevaron a Tello a diseñar su hipótesis, a la vez que la sobrecogedora simbología plasmada en monolitos, lápidas, columnas, dinteles, acueductos y canales, demandaban una interpretación acorde con la calidad y la profundidad de sus mensajes.

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Las construcciones de Chavín –hechas con piedra y argamasa de barro- se equiparan a caminos de jerarquía social, los templos en forma de pirámide trunca eran de dominio único de la elite sacerdotal, ciertas plazas son más privadas que los espacios mayores establecidos para los peregrinos, y en aquellas abundan las rocas talladas e incisas con representaciones simbólicas que poblaban la mente de los sacerdotes y oficiantes desde el momento en el que bebían el extracto de la huachuma, el cactus San Pedro, alucinógeno representado en figuras presentes en el sitio. Este psicotrópico era el que unía al sacerdote y al hombre común en una visión del universo marcada por los distintos niveles de la existencia, las deidades y sus funciones, así como los rituales necesarios para garantizar prosperidad y abundancia como compensación a la dura actividad agrícola.

En Chavín se han hallado tres piezas de piedra que son únicas en el universo cultural andino. La Estela de Raimondi, el Obelisco Tello y el Lanzón. Las tres son menhires en los que están representados los elementos de la cosmovisión andina encarnados en el felino, el ave y la serpiente y sus equivalencias en la tierra, el aire y el agua, respectivamente, metonimias de los mundos de arriba, el aquí y el subterráneo. Las mencionadas tallas son monumentales y una de ellas, el Lanzón, de cinco metros de altura, se mantiene en su lugar original: un espacio cerrado al que se accede mediante galerías de piedra que doblegan al peregrino hasta que llega a la aterradora imagen de un ser con garras, colmillos, cabellera de serpientes y elementos amazónicos. 

La estela se encuentra en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, situado en Lima. El obelisco está hoy emplazado en el Museo Nacional Chavín, punto indispensable de la visita al sitio. Chavín ha sido visitado e investigado por eminencias como Antonio Raimondi, Charles Wiener y Ernst W. Middendorf en el siglo XIX; pero Julio C. Tello introdujo el enfoque arqueológico/científico. Marino Gonzales, Richard Burger, Federico Kauffman, entre otros arqueólogos, continuaron con los descubrimientos e investigaciones. Fue Luis Guillermo Lumbreras quien en los años setenta del siglo pasado, llevó a cabo el trabajo más orgánico y completo hasta su momento.

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Tallas, monolitos, las fabulosas cabezas clavas, lápidas y columnas son elementos ligados al culto que resultan accesibles hoy para el turista, hace tres milenios para el peregrino. Sin embargo, una red extensa de galerías subterráneas y acueductos fue definiendo el corpus de una nueva investigación iniciada hace veinticinco años por el arqueólogo norteamericano John Rick, profesor de la universidad de Standford. Rick descubre que la función principal de estas rutas subterráneas consistía en conducir sonidos sobrecogedores producidos por la interpretación de ciertos instrumentos, así como el ruido amplificado que produce el agua corriente bajo la superficie. El hallazgo de veinte caracoles marinos gigantes (pututus) con los que el hombre produce sonidos, dio la clave para introducir en las investigaciones de Rick los avances de la Arqueoacústica, disciplina que estudia la producción cultural de sonidos en espacios cerrados. 

(*) Rafo León, periodista viajero peruano. Este artículo, in extenso, fue publicado en la revista Sarañani, de la Fundación Altiplano. Fotos http://www.latinamericanstudies.org

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