Nadando entre alegorías tribales o la crónica del descubrimiento de las PINTURAS DE IZCUÑA

Las reflexiones generadas luego de conocer las pinturas y volver al mar son un insumo y una nueva guía a nuestras futuras investigaciones contribuyendo en la idea general –en la ontología– que nos hacemos acerca de las poblaciones que antiguamente vivieron en este litoral. Ahí radica la importancia de estudiarlas dentro de sus contextos socio-históricos y no como obras singulares, aisladas y pasivas.

Arquitectura y Patrimonio 25/10/2022 Benjamín Ballester (*)
Pintura rupestre izcuña 1
Los motivos pisciformes esquemáticos son trazos lineales en color rojo, que remiten claramente a algunas de las pinturas características del estilo El Médano.

Colaboración: Javier Álvarez

Por mucho que aspiremos a que la Arqueología se vuelva una más de esas rigurosas ciencias basadas en la deducción, es probable que nunca pueda desprenderse por completo de su tradicional y fundacional motor de marcha: los hallazgos fortuitos. Podemos desarrollar cientos de avanzados métodos de búsqueda de sitios arqueológicos basados en preguntas previas, plantear distintas hipótesis de trabajo –negativas, alternativas, contrapuestas– y ponerlas a prueba en el campo y los materiales recuperados, pero siempre el hallazgo fortuito y el descubrimiento inesperado tendrán primeras planas en las revistas de mayor lectura e irán de boca en boca entre quienes sentimos algo especial y nos interesamos por la sociedad humana y su pasado no escrito. Para mí esa es una de sus virtudes, ya que nunca agota la sorpresa.

IZCUÑA

Hace algunos años un grupo de geólogos recorría la zona comprendida entre Paposo y Caleta El Cobre para la confección de un nuevo y más detallado mapa geológico, cuando en una de las tantas quebradas que se formaron por el flujo esporádico pero milenario de aguas lluvias llamada Izcuña, se toparon con algo sobre las rocas completamente ajeno al mundo de la geología: decenas de pinturas en color rojo intenso con motivos aún poco claros, pero con evidente relación al mundo marino. Da la casualidad que uno de estos geólogos, Javier Álvarez –con quien escribo esta crónica–, es un viejo conocido y entendido en el tema arqueológico, por lo que notó de inmediato la relevancia del descubrimiento y no demoró en comunicarse conmigo.

Un mes después y sobre un bus “Ramos Cholele” arribé a Taltal para encontrarme con quienes llevaban varios días en un campamento en la cordillera de la costa. La recepción fue cálida y la luz aún alcanzaba para conocernos cara a cara. La cena fue protagonizada por almejas paposinas, vino tinto y congrio, manjares inimaginables en un paraje tan alejado y desértico, pero que terminarían convirtiéndose en solo un sutil aperitivo luego de los frutos que traería la expedición de los días venideros.

“Se toparon con algo sobre las rocas completamente ajeno al mundo de la geología: decenas de pinturas en color rojo intenso, con evidente relación al mundo marino”. 

El alba bastó para despertar y sacarnos a todos de nuestras carpas. El primer día era de expectativas colectivas y todos queríamos conocer las pinturas. Desde el campamento se podía avanzar únicamente un par de kilómetros quebrada abajo en camioneta hasta un punto en que los enormes bloques de roca impedían el paso. Acordamos bajar todos por la escarpada cañada hasta la zona de pinturas para conocerlas y que luego solo un pequeño grupo descendiera siguiendo su curso para intentar llegar al mar, distante a doce kilómetros en línea recta y bajando desde los 1.550 msnm. La quebrada es irregular, llana en algunos sectores, escarpada en otros, amplia a veces y muy estrecha en ciertas ocasiones. 

PRIMER HALLAZGO

Zigzagueante y nutrida constantemente de nuevos afluentes que le dan más volumen, su forma en V nos dirigió por un cauce natural de descenso lleno de curvas y algunas caídas de agua. Luego de dos kilómetros y medio de caminata Javier Álvarez divisó el primer conjunto de pinturas, el mismo que había descubierto hacía pocas semanas. Se trataba de un gran bloque que contenía siete motivos pisciformes de esquemáticos trazos lineales en color rojo, muy lavada y deteriorada, pero que me recordaron claramente a algunas de las pinturas características del estilo El Médano.

Pintura rupestre izcuña 2

El rojo de las pinturas resalta sobre el gris pálido de las rocas y son tantas que es imposible dar un número apresurado.

Luego de las fotos de rigor continuamos la marcha hasta toparnos con lo que sería el conjunto más grande de pinturas de toda la quebrada. En una caída de agua de un par de metros el cañón se abre levemente dejando dos pequeños aleros a ambos flancos y un amplio espacio central. Desde el centro uno queda rodeado de decenas y tal vez cientos de pinturas. Un anfiteatro digno de los mejores museos de arte del mundo está construido en una quebrada desierta y olvidada desde hace más de quinientos años. 

El rojo de las pinturas resalta sobre el gris pálido de las rocas y son tantas que es imposible dar un número apresurado. Al verlos en conjunto parecía una gran escena que vinculaba todos los motivos en una sola obra magistral que utilizaba como soporte este anfiteatro natural, pero al acercarse vemos que existen escenas e historias diferenciadas sobre la roca, grupos de motivos asociados en actos comunes utilizando una estricta norma estilística de representación. 

El tópico prácticamente no logra salir del mar y los elementos más comunes son las figuras de animales marinos y embarcaciones, acompañados de diseños abstractos y unos pocos camélidos.

EL MAR

El alto número de pinturas contrasta con lo acotado de la temática tratada en las representaciones. En ellas el tópico prácticamente no logra salir del mar y los elementos más comunes son las figuras de animales marinos y embarcaciones, acompañados de diseños abstractos y unos pocos camélidos. La escena más recurrente es la de caza marina con embarcación. Una nave dibujada con un trazo lineal en forma de media luna acostada, a veces con uno o dos tripulantes, dispuesta regularmente por sobre una presa ilustrada de un tamaño notoriamente mayor y unidos entre sí por entre una y cuatro líneas que simbolizan las cuerdas de retención de los arpones. 

Las presas exhiben un detalle acabado y consciente de los elementos anatómicos de cada una de las especies representadas, demostrando un elevado conocimiento morfológico y fisionómico de los animales marinos por parte de los pintores: se distinguen inmediatamente delfines, lobos marinos, tiburones, jibias, albacoras y distintos tipos de ballenas. Quien estuvo detrás del trazo y las figuras debió ser alguien que tuviera constante acceso a lo que estaba dibujando, por la elocuencia y similitud entre la representación y la especie real de carne y hueso. Individuos que debieron estar íntimamente ligados al mar, a la vigilia de sus habitantes submarinos y firmes conocedores de sus conductas cotidianas.

Pintura rupestre izcuña 3

La monotonía temática de estas expresiones rupestres es una alegoría que está lejos de ser trivial y más cerca de tener una razón puramente tribal. Alegorías tribales que ensalzan representacionalmente una actividad por sobre todo el universo de prácticas sociales que realizaban las poblaciones litorales, poniendo como protagonistas en el universo representacional a solo un grupo específico de todo el colectivo social –los cazadores marinos, cumpliendo seguramente un rol ideológico en cuanto mecanismo material de constitución de lo social. El mundo de las representaciones cumple un papel activo en la realidad social y cultural de las personas, por lo que esta alegoría temáticamente restringida debe tener una causa y razón de ser esencialmente social, buscando posicionar a estos personajes sobrerrepresentados en una situación diferencial frente al resto de los individuos del grupo.

(*) Extracto del informe sobre el hallazgo de las pinturas rupestres de la Quebrada de Izcuña.


Surcar los mares sobre cueros inflados en 

busca de albacoras, tiburones y ballenas

Luego del fichaje de los paneles y pinturas del anfiteatro, continuamos caminando quebrada abajo. A los 500 metros nos topamos con otros dos sectores dotados de un reducido número de pinturas, motivos pisciformes esquemáticos similares a los del primer sector. En total logramos contabilizar 12 sectores con concentraciones de pinturas que aparecieron en cuatro kilómetros lineales de quebrada entre los 1.320 y 680 msnm, todos del mismo estilo rupestre compartido con la quebrada de El Médano. 

Justo a la altura en que comienzan a aparecer las cactáceas en los cerros de la cordillera de la costa (600-700 msnm) y en la frontera de penetración hacia el interior de la camanchaca se encuentra el límite inferior de las pinturas, definiendo el territorio rupestre de la quebrada afuera del alcance de la neblina costera. Bajo esta altura el rojo desaparece de las rocas. La senda continúa cada vez menos escarpada y la quebrada se va abriendo lentamente antes de desembocar en la planicie costera.

Pintura rupestre izcuña 3

Aún entre los farellones del cañadón y a unos tres kilómetros de la costa llegamos a un vergel formado por un manantial natural que brota de bajo la tierra. Una vegetación inusitada que debe atraer a toda la fauna de esta sección del desierto, y entre ellos también al ser humano. A uno de los costados de la aguada yace una antigua estructura de piedras que por sus materiales parece ser de la era republicana y en los alrededores del manantial no es difícil divisar en el suelo fragmentos cerámicos y desechos líticos de tiempos prehispánicos. 

La vista me hacía volver a pensar en aquellos animales marinos plasmados con rojo sobre las rocas de la quebrada, en la posibilidad de que quienes habitaron antiguamente estos parajes hayan realmente surcado estos mares sobre cueros inflados en busca de animales tan grandes como las albacoras, tiburones, lobos marinos y ballenas. Desde ahí arriba el mar ocupaba un lugar privilegiado y magnánimo en el cuadro visual, sublime, apreciable en todo momento, amo y señor del poniente y el horizonte. 

Vivir en su margen continental obligó a sus habitantes a mirar en todo momento el océano y con ello a los animales que ahí residían, generando sin lugar a dudas ese cosquilleo prístino y el hábito posterior de internarse a cazarlos. Antes de salir por ellos había que saber embarcarse mar adentro, deambular en el oleaje y observar el movimiento de los distintos tipos de seres que habitaban dentro de esa masa de agua salada, conocer sus conductas, aprender su fisionomía, distinguirlos y entender sus relaciones.

Pintura rupestre izcuña 4

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