SARMENIA: cultivar la paciencia y nadar contra la corriente por 30 años

Innovación y Desarrollo 12 de enero de 2019 Por Mariela Muñoz
En la infancia tenía el mar a sus pies, en el Barrio El Morro. Ahora lo tiene a sus anchas, en el pequeño cabo de Sarmenia, camino al aeropuerto. Desde muy joven dejó la kinesiología de lado para cumplir uno de sus grandes sueños: ser el primer acuicultor del norte. Y lo logró, aunque confiesa que todavía tiene gusto a poco.
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Fotografías: Hernán Pereira

El gringo Bertram Dawson nació en El Morro y, desde que aprendió a caminar, supo que su destino estaría ligado al océano que hacía de jardín en su casa. Compartió con los pobladores del tradicional barrio iquiqueño y preparó –como todos ellos- perol en las rocas, en la playa Bellavista, entre otras cosas. Allí se debe haber incubado su obsesión por sembrar y cultivar el mar. Allí, de seguro, nació su locura: conseguir una concesión marina y dedicarse a la acuicultura. 

Hace treinta años, Bertram Dawson, dueño de Sarmenia Cultivos Marinos, soñaba en grande y vio en la costa regional el potencial para desarrollar la acuicultura de variadas especies, iniciándose con las ostras japonesas, un molusco bivalvo del orden Ostreoida. “Cultivar ostras es relativamente sencillo; compramos las semillas en un laboratorio de Tongoy, y con el agua salobre de esta zona crecen muy bien”, señala. Cuando nadie daba un peso por las “estériles arenas” del sur de Iquique, solicitó una concesión de acuicultura a perpetuidad y la obtuvo. Y así es como se hizo propietario de un kilómetro de playa y con cuatro personas a su cargo mantiene, cuida y cosecha moluscos, aunque en la época de mayor producción contrata “temporeros”. Es el único que se atrevió en el norte grande. Y, además de pionero, sigue siendo un soñador. 

Confiesa que la vida y las instituciones vinculadas con este emprendimiento no le han hecho el camino fácil. Es más, le han puesto todo tipo de obstáculos. Los primeros en mirar con recelo su empresa fueron los propios pescadores de las caletas del sur de la ciudad. “En lugar de sumarse y potenciar este emprendimiento, siempre se manifestaron reacios a apoyarlo; como que le venían a quitar su sustento”. 

En algún momento incursionó en un aspecto más bien turístico del emprendimiento e instaló un restaurant, pero a poco andar le quitaron el permiso, “porque esto era para cultivos marinos, no para hacer turismo”. Señala que quedó de una pieza, pero no bajó los brazos. Intentó otro rubro, que se vislumbraba como de gran demanda en el mercado mundial: el cultivo del “concholepas, concholepas”, más conocido como “loco”. 

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LOCOS A CHINA 

Dawson y sus socios incursionaron en el año 2003 en el cultivo de locos, consiguiendo captar las larvas de este molusco del medio natural y desarrollar una estrategia para su crecimiento. Un proceso único en Chile, que nadie había logrado antes. Sin embargo, desde todos los flancos de la institucionalidad pesquera le lanzaron torpedos y finalmente terminaron echando el proyecto a pique. “Fue prácticamente imposible conseguir los permisos de Sernapesca, a los que se sumó la molestia de los pescadores de las caletas del sur de Iquique, porque pensaban que estábamos blanqueando extracciones ilegales”. 

“Ese fue un proyecto que podría haber salvado al loco de la posible extinción en que se encuentra ahora, porque lo nuestro no era el manejo del loco sino su crianza desde larva”, comenta Dawson, ya resignado. Sobre los alcances que pudo haber tenido esta iniciativa, que duró solo un año y consiguió diez mil locos con una inversión de 30 millones de pesos, expresa su frustración. “Los chinos estaban dispuestos a pagar hasta cinco dólares por unidad; incluso hicimos la prueba de exportarlos vivos y lo logramos. Estuvimos enviando durante un buen tiempo nuestro cargamento, pero en una ocasión los aviones nos dejaron un envío en tierra y por falta de seriedad nos cancelaron los pedidos. Hasta ahí llegó la aventura”. 

Precisamente uno de los problemas que tiene la acuicultura en el norte de Chile, a juicio de este empresario, es la lejanía con el aeropuerto de Santiago. “Los mariscos no se pueden mandar en barcos; necesitan del avión y si los aviones no cumplen con la carga, se pierde todo el esfuerzo. La debilidad de la cadena es muy grande. Hay una frontera: los cultivos llegan hasta Chañaral; a los inversionistas parece que les asusta la distancia, porque efectivamente aumentan los costos y la exportación en el sur está más masificada. No sé qué problema les origina el norte, pero no entran los capitales a esta zona”.

También se confabula en contra, dice, los altos riesgos del negocio. “Este es un negocio riesgoso porque los resultados siempre dependen de las temperaturas marinas, que varían año tras año, debido a la corriente del niño. Hubo un niño muy grande que causó la muerte de toda la flora y fauna marina hace aproximadamente diez años, y recién se está volviendo a su equilibrio, con la repoblación de la costa con algas superficiales que solo viven en aguas frías”.

OSTRAS OTRA VEZ

Por estas razones, Dawson decidió continuar con el cultivo de ostras, y trabajar en conjunto con la Universidad Arturo Prat y la Fundación Chile para sacar adelante otros cultivos. Hoy “Sarmenia Cultivos Marinos” tiene una producción anual de cien mil ostras, que vende desde el terreno de su concesión, donde recibe a los compradores, principalmente extranjeros, quienes se surten para consumo personal o para sus negocios gastronómicos. Pero, según nos explica, todas las cosas tienen su ciclo, y ahora le gustaría realizar el cultivo ideal para esta zona, que son los peces de roca como el Hirame, un lenguado japonés que resiste mucho y tiene buen precio en el mercado. Una vez más el tope es la inversión inicial, que es muy alta, por eso está pensando en generar de a poco esta nueva iniciativa, que tiene un tiempo inicial de inversión de dos años. Y esperar que tenga un resultado tan positivo, como todo lo que ha realizado hasta el momento.

Agradecimientos: para la realización de este reportaje agradecemos la contribución de Hernán Pereira y Pamela Daza.


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