La “Poda de las Viñas”: una fiesta ancestral de MATILLA

Memoria 04 de octubre de 2020 Por Jorge Moya Riveros (*)
Una de las manifestaciones más importantes del influjo hispánico son las fiestas. El pueblo de Matilla celebra fiestas todo el año. Los estudiosos de esta comunidad señalan que, entre otras, destacan la fiesta de San Antonio, el patrono del pueblo, las celebraciones de Navidad y las fiestas que se realizaban para “la poda, la vendimia y los destapes”. El siguiente artículo nos permite dimensionar la importancia que tuvo la actividad vitivinícola en esta zona.
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La poda de las viñas era una actividad en la que se involucraba todo el pueblo.

El Oasis de Matilla, ubicado en la Comuna de Pica, Provincia de El Tamarugal, fue el primer lugar de poblamiento permanente de españoles en esta provincia, los cuales llegaron con un objetivo ya definido desde la capital del Virreinato del Perú: la siembra y cultivo de la vid vinífera. Iniciaron así -en los últimos decenios del siglo XVI- una brillante historia, que se vio interrumpida abruptamente en 1912. Ese año, el Presidente Ramón Barros Luco dispuso la expropiación de las aguas de Chintaguay para ser llevadas a Iquique, con cuya materialización el Oasis prácticamente se secó casi en su totalidad, al igual que la localidad hermana de “El Valle” en la Quebrada de Quisma.

Es en el marco de esta actividad vitivinícola, que se extendió por un período superior a tres siglos en Matilla, que sus fiestas populares giraron a su vez en derredor de esta importante industria. Una de ellas, que se atesora en la memoria de los descendientes de las familias viñateras, es precisamente la de la “Poda” de las viñas, actividad en la que se involucraba todo el pueblo, en la modalidad que tradicionalmente denominaban “faenas”, es decir trabajo comunitario. La poda tiene por objeto controlar el vigor de la vid, que impactará directamente en la calidad del vino a producir.

La “Poda” de las viñas, era una actividad en la que se involucraba todo el pueblo, en la modalidad que tradicionalmente denominaban “faenas”, es decir trabajo comunitario”.

Esta importante actividad en Matilla se desarrollaba generalmente con la luna creciente de agosto (los agricultores matillanos regían sus actividades por el calendario lunar) y el hacendado o propietario de la viña que iniciaba la poda, la anunciaba colocando una bandera blanca en la puerta de ingreso de la misma. Además, invitaba a todos los hombres del pueblo a sumarse a la actividad. Y con el grito de “Alabado…”, que era respondido a coro por los demás jornaleros con un “Alabado sea…” comenzaba el trabajo, que se prolongaba hasta dar término con todas las cepas. 

Durante el desarrollo de esta actividad, el hacendado y su capataz atendían a los partícipes con “cuartillas” de vino, “para refrescarse”, extendiéndose la actividad hasta la hora del almuerzo, el cual era servido en la misma viña. Este consistía -generalmente- en un “chupe” (caldo) y legumbres (pallares con yuyo) y así luego de la consabida siesta continuar, hasta que comenzaba a “entrarse el sol”. Era en ese momento en que el dueño, en agradecimiento al esfuerzo de la jornada, convidaba a todos los asistentes a un gran picante de conejo o de pato y asado de cordero o “machorra” (llamo), actividad a la cual se unían las mujeres del pueblo, formándose una gran algarabía, pues se amenizaba esta comida comunitaria con música de violín, guitarra y bombo, canto y baile.

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Una antigua familia de Matilla posando para una fotografía.

La fiesta se extendía hasta entrada la noche, para luego formar una gran fila y subir al pueblo, iluminándose con faroles de “velas se sebo”, “patos” y/o antorchas, recorriendo sus calles en una alegre caravana de cantos, haciendo “aros” en cada esquina, en donde se bailaba cuecas matillanas y valses, para finalizar en un sector denominado “el Morro”, en donde se bailaban dos pies de cachimbo. Al día siguiente, se continuaba con la poda de otras viñas o Haciendas, repitiendo nuevamente la fiesta y algarabía general, hasta finalizar la labor en todos los predios del Oasis.

El alegre carácter de los(as) matillanos(as), su gusto por las actividades comunitarias, por la música y los festejos compartidos, sin duda tienen raíces profundas en estas actividades que se desarrollaron en derredor de la industria del vino y aguardiente por cientos de años. Y aún marcan la idiosincrasia de sus descendientes, teniendo este trabajo comunitario un gran aporte de la tradición indígena quechua, etnia originaria de las familias fundadoras del Oasis, mestizaje que se expresa no tan solo en esta actividad sino también en el léxico usado en la agricultura y en la división de los horarios de riego, es decir la “Mita de Agua”.

Con la “poda de las viñas” se iniciaba un calendario vitivinícola que continuaba en febrero con la “Vendimia” y luego con los famosos “Destapes”, que concitaban el interés no solo de las familias avecindadas en Matilla, sino que también atraían a mucha gente desde las oficinas salitreras y los puertos de Iquique y Pisagua. Matilla, nos aporta con una historia rica en vivencias ancestrales y tradición, de un Oasis que llegó a producir los más “…afamados vinos del Reyno…”  y que es menester rescatar, conocer y sobre todo difundir, para poner en valor toda su riqueza ancestral.

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La fiesta duraba un buen tiempo, hasta que todas las haciendas hicieran la poda de sus viñas.


LAS VIÑAS DE MATILLA

De las viñas más importantes de fines del siglo XIX y comienzos del XX podemos mencionar a: “Viña Grande” de la familia Zavala; “Viña de Arriba” de Medina hermanos; “Viña Rivas” de la familia Enríquez; “Bodega del Estado” de las familias Rovellat y Orriols; “Bodega Botijería” de Riveros hermanos; “Bodega Santa Teresa” de la familia Loayza y “Bodega Jaramillo” de Contreras, Caucoto y Morales” a las que se sumaban las Haciendas de “El Sauque”, “Comiña”, “La Poroma”, “Sicuya” y otras heredades más pequeñas, de lo que podemos deducir que la fiesta de la poda se extendía por más de quince días.   


(*) Historiador de Matilla.

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